Uwan, La Hora Del Diablo

Parte 1: El Oscuro Viaje de Azami

"Se considera que los Uwan no tienen cuerpo y viven en los hogares viejos o abandonados.

Su grito puede perforar las orejas de quien lo escuche. No existen físicamente y son solo sonidos que no representan un gran peligro físico."

Sawaki Sūshi
(佐脇嵩之, Japanase, *1707, †1772)
 

×*×

 

4 de Abril de 2021
Chiyoda
Tokio 
 

Era el cuarto día calendario, como siempre de cada mes y por casi ocho años, en que los noticieros de Tokio interrumpían su programación para dar cuenta de un hecho que, usualmente, podría catalogarse como lo más hórrido e inquietante de las últimas décadas, más aún para aquel segmento de la sociedad que miraba su ocurrencia con cierto escepticismo e incredulidad. 

La población de Chiyoda ( 千代田区 ), una región de Tokio con un poco más de 65.000 habitantes, había experimentado en menos de cuatro noches la pérdida de casi la totalidad de sus residentes, dejando como precedente una sensación ciudadana, como en otras regiones de la gran metrópoli, de absoluta vulnerabilidad ante aquello que zigzagueaba matices desconocidos.


Chiyoda, sin embargo, tendría que recuperar algo más que cordura y sueños tranquilizadores. En una exhaustiva investigación, peritos forenses hallaron e incautaron nueva evidencia esparcida sobre sus calles. Se trataba de rastros o caminos de lenguas y falanges ambidiestras (dedos pulgares de ambas manos), acomodadas y distribuidas como quien deja una huella hecha con migas de pan hasta el interior de los intransitados bosques de Chiyoda, o incluso dentro de alguno o que otro inmueble miasmático cultivado por la soledad y el miedo. Cada parte mutilada y pesquisada en estos hallazgos, era cuidadosamente recolectada y guardada al interior de pequeños contenedores portátiles los cuales preservaban su contenido a temperaturas que fluctuaban entre los -10°C a -50°C, para un posterior estudio y análisis.

—Fue el llanto de un bebé, ya se lo he dicho. En el entretecho de la casa dijo la señora Hekima, madre de Azami, la cual fue entrevistada por un detective de la policía de Tokio que tomaba notas de los hechos y de los pocos residentes y testigos de Chiyoda.

—Lamento señora Hekima si mis preguntas son tan reiterativas o incómodas. Solo trato de ayudar —manifestó el joven detective que, tras abanicar su mirada por tercera vez al interior de la casa, se retiraba con la información recopilada haciendo una discreta reverencia en el marco de la puerta de salida.

—¡Azami! ¡Hija! ¡Ya puedes bajar! exclamó la señora Hekima mientras apoyaba una de sus manos en el pasamanos de la escalera, y con la otra, el delantal de cocina.

Aquella tarde, y luego de un poco más de dos horas de interrogatorio, la familia de Azami tuvo que improvisar un rápido almuerzo para no perderse del viaje programado al Foso de Chidorifaguchi; un bello estanque de aguas color esmeralda, rodeado de cerezos en flor que, en tiempos del Edo, adornaban las cercanías del Palacio Imperial.

La pequeña Azami sabía que un viaje en bote no evitaría la ineludible noche. Su padre, el señor Akiyama, se había esforzado para que su familia olvidara en algo la fecha que los convocaba. El cuarto día del mes.

—Me encanta este lugar. Su tranquilidad y la paz que se cierne... ¿Azami? ¿Ocurre algo? No has dicho nada desde que llegamos manifestó preocupada la señora Hekima, mientras observaba abstraida a su hija y al mismo tiempo tomaba el control de uno de los remos del bote junto al señor Akiyama.

—No pasa nada, mamá. Es solo que... No, todo está bien. Despreocúpate respondió Azami asintiendo con la cabeza en señal de afirmación.

El viaje en bote parecía muy tranquilo, la familia de Azami junto a otros nueve botes, eran los únicos que ese día navegaban placenteramente sobre Chidorifaguchi, hasta que un grito ensordecedor, proveniente de una de las pequeñas embarcaciones, quebró todo asiduo de calma.

—¿papá, qué está ocurriendo? preguntó asustada la pequeña Azami, mientras su madre le abrazaba intentando calmar su temblor.

—Creo que me acercaré un poco a ver de qué trata. No sea que necesiten ayuda dijo el señor Akiyama, mientras tomaba con firmeza los remos para ir en dirección a aquella embarcación menor.

—Por favor papá, no. No vayas. Siento que no es buena idea. Mejor vayamos a la orilla y pidamos ayuda. Tal vez necesiten algo más expresó Azami, claramente nerviosa y muy asustada por lo que percibía dentro suyo.

Sin embargo, el señor Akiyama continuó remando a la vista de los demás botes que aguardaban expectantes la ocurrencia de este último.

Tras llegar al lugar, lo primero que pudieron observar, era que la embarcación se hallaba de costado y sin tripulantes. Orillada junto a un gigantesco árbol de cerezo que había deshojado sus pétalos sobre su superficie.

—Querido por favor ten cuidado. No sabemos lo que pudo haber ocurrido manifestó preocupada la señora Hekima tras notar, sobre algunos árboles, ropa en mal estado, incluso en descomposición.

—Descuida querida. Solo me cercioraré de que no haya alguien herido concluyó el papá de Azami, mientras se aferraba a uno de los remos como elemento de protección.

Fue después de aproximarse unos cuantos metros que, justo detrás de unos gigantes arbustos de pequeños frutos rojos, el señor Akiyama dejó caer sin fuerzas el remo que portaba, retrocediendo bruscamente, obligándolo a caer sentado y con la vista fija en lo que había encontrado detrás de los altos pastizales. Su hallazgo, fue sencillamente indigesto y perturbador. Algo de lo cual no estaba preparado ni mucho menos para que su familia se diera por enterado de aquel hórrido descubrimiento. El señor Akiyama, no podía distinguir la grotesca masa de huesos y carne fusionada que se arrastraba y pedía ayuda. Habían alrededor de seis rostros que emergían de aquello; dos correspondían a adultos y los otros a niños de diferentes edades.



Sanctus Liminaris

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En el texto hay: leyendas, terror puro, paranormal suspenso

Editado: 04.10.2020

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