Luci observó la mesa del comedor como si fuera un campo de batalla. Sobre el mantel de hule con estampados de margaritas, mil fragmentos de cartón yacían desparramados.
—¿Qué es este artefacto de tortura, Marta? —preguntó Luci, entornando sus ojos rojos—. ¿A quién intentas castigar con esto?
—Es un rompecabezas, cielo. Un paisaje de la Toscana —respondió ella, dándole un golpecito en el hombro—. Dicen que ayuda a la paciencia. Ayúdame, que mis ojos ya no distinguen bien los verdes de los azules.
Luci soltó un bufido que olió sutilmente a cerilla quemada. Se sentó en la silla de madera, que crujió bajo su peso "humano". Agarró una pieza con dos dedos largos y pálidos. En el Infierno, él desmantelaba almas; esto debería ser pan comido.
—Falta orden. Falta estructura —sentenció Luci—. ¿Por qué los humanos desperdician su limitado tiempo de vida uniendo pedazos de una imagen que ya está impresa en la caja? Es absurdo. Es... decadente.
—Es para pasar el rato, Luci. No todo tiene que tener un propósito oscuro —rio la anciana.
Pasaron treinta minutos. Doña Marta tarareaba una canción antigua mientras buscaba las piezas de los bordes. Luci, por su parte, estaba entrando en un estado de furia gélida. Había intentado encajar una pieza de cielo en un árbol tres veces.
—Esta pieza está defectuosa —declaró Luci, su voz vibrando con un poder que hizo que las luces de la sala parpadearan—. Se resiste a mi voluntad. Debería quemarla para que las otras aprendan la lección.
—¡Ni se te ocurra! —Marta le quitó la pieza de las manos—. Solo tienes que mirar con calma. Mira, esta va aquí, porque el color coincide. ¿Ves?
Cuando la pieza encajó con un suave clic, Luci sintió algo extraño. No era el placer de ver a un pecador arrepentirse, sino una chispa diminuta de... algo más. Una satisfacción pequeña y ridícula.
—Ha encajado —susurró él, casi para sí mismo.
—Se siente bien, ¿verdad? —Marta le sonrió con ternura.
—Es una distracción táctica —mintió él rápidamente, aunque sus dedos ya buscaban la siguiente pieza azul—.
Luci pasó las siguientes tres horas encorvado sobre la mesa. Esa noche, el Rey del Infierno no soñó con tronos de hueso, sino con bordes rectos y gradientes de color verde. Había empezado su primera lección humana: la persistencia.