Cuando Luci entró al apartamento, el olor a canela y manzana lo golpeó de frente. Era un olor cálido, hogareño, lo opuesto al olor a metal y ozono que había dejado el ángel en la calle.
Doña Marta estaba en la cocina, pero se detuvo en seco al verlo entrar. Luci no caminaba con su habitual arrogancia; sus hombros estaban un poco caídos y su mirada roja parecía perdida en algún punto del suelo.
—Vaya cara traes, hijo —dijo Marta, secándose las manos en el delantal—. ¿Te han vuelto a echar de algún sitio? ¿O es que el sol te ha pegado fuerte en la cabeza?
Luci se desplomó en la silla de la cocina, la misma donde habían armado el rompecabezas.
—He visto a un pequeño mortal —dijo Luci con voz hueca—. Estaba... roto. Por un momento, el vacío de su mirada se sintió como el mío. He cometido un error, Marta. He usado mis recursos para arreglarlo y ahora un mensajero de mi Padre dice que he sido "bueno".
Marta dejó una taza de chocolate caliente frente a él. Luci la miró como si fuera veneno, pero la tomó entre sus manos frías para calentarlas.
—¿Y por qué dices que es un error? —preguntó ella suavemente.
—¡Porque yo no soy bueno! —exclamó Luci, y las tazas de la alacena tintinearon—. Soy el Caído, el Adversario. Mi naturaleza es el incendio, no el bálsamo. Pero cuando vi a ese niño, sentí una presión aquí —se señaló el pecho con fuerza—. Pensé que mi corazón humano estaba fallando, que iba a explotar.
Marta se sentó frente a él y puso su mano arrugada sobre la mano de Luci.
Él, que había pasado eones evitando cualquier contacto que no fuera para infligir tormento, se quedó petrificado. La piel de la anciana estaba tibia, llena de surcos y de una fragilidad que le resultaba aterradora. Pero, por primera vez, no se apartó.
En el momento en que aceptó ese contacto humano, algo crujió en el aire, una vibración invisible que solo él pudo percibir. El contrato en su mente brilló con una luz blanca y un nuevo sello se rompió.
De repente, la visión de Luci cambió. El mundo se tiñó de un matiz grisáceo, excepto por unas cifras digitales que flotaban sobre la cabeza de cada ser vivo. Era una cuenta regresiva, exacta hasta el último segundo.
Luci parpadeó, desconcertado. Miró por la ventana: un hombre paseaba a su perro y sobre él flotaban "42 años, 3 meses, 2 días". Un gato sobre una valla tenía "4 años". Entonces, con un nudo en la garganta que no supo identificar, bajó la mirada hacia la mujer que aún sostenía su mano.
Sobre la cabeza blanca de Doña Marta, los números brillaban con una suavidad cruel: "1 año, 2 meses, 14 días".
Un gato sobre una valla tenía "4 años". Entonces, con un nudo en la garganta que no supo identificar, bajó la mirada hacia la mujer que aún sostenía su mano.
Sobre la cabeza blanca de Doña Marta, los números brillaban con una suavidad cruel: "1 año, 2 meses, 14 días".
El corazón humano de Luci dio un vuelco violento.
—Eso que sientes no es un fallo, Luci —continuó Marta, ajena a los números que sentenciaban su destino frente a los ojos del demonio—. Se llama conmoción. Te has visto reflejado en alguien más y has querido evitarle el dolor.
Luci retiró la mano lentamente, sintiendo que los dedos le quemaban. La habilidad que acababa de desbloquear era un regalo de su Padre, pero se sentía como la peor de las bromas. Ahora no solo tenía que vivir con los humanos, sino que tenía que ver cómo sus vidas se escurrían como arena entre los dedos.
—Es una maldición —susurró Luci, mirando fijamente el cronómetro sobre Marta.
—¿Qué dices, cielo? —preguntó ella, volviendo a su chocolate.
—Nada, anciana —respondió él, esforzándose por recuperar su máscara de frialdad, aunque su voz tembló ligeramente—. Solo que el chocolate está demasiado dulce. Mañana conseguiré ese trabajo. Necesito salir de esta casa... hay demasiados números aquí.
Se levantó y fue hacia su habitación, pero antes de cerrar la puerta, miró a Marta una última vez. El segundero sobre ella seguía bajando: 13 seg, 12 seg, 11 seg... Luci cerró la puerta y se apoyó contra ella en la oscuridad. Había recuperado un poder, pero ahora el tiempo, algo que para él nunca había tenido importancia, se había convertido en su mayor enemigo.