Luci regresó al apartamento caminando tan rápido que sus pulmones mortales ardían. Al entrar, lo primero que hizo fue fijar la vista sobre la cabeza de la anciana.
"1 año, 2 meses, 14 días... y 45 minutos".
Se quedó petrificado en la entrada. Esos cuarenta y cinco minutos brillaban como diamantes en la oscuridad. El desafío a su Padre y el enfrentamiento con el ángel le habían comprado menos de una hora de vida para ella. La escala era ridícula; la tarea que tenía por delante, monumental.
Marta estaba sentada en el sofá, tejiendo una bufanda de un color verde chillón. Al verlo entrar tan agitado, dejó las agujas a un lado.
—Vuelves pronto, Luci. ¿Has hablado con... quien sea que tenías que hablar? Te ves como si hubieras peleado con un camión.
Luci se acercó y se sentó en el suelo, frente a ella, ignorando el sofá. Necesitaba entender la mecánica de esta "moneda" con la que ahora debía pagar.
—Marta —dijo con urgencia—, necesito que me digas... ¿qué es una buena acción para ti? No me vengas con las definiciones del Códice de Virtudes que estudian los querubines para aburrirse, sino qué se siente. ¿Cómo se genera esa energía?
Marta lo miró con curiosidad, acariciando la lana.
—Vaya pregunta... Pues, una buena acción es algo que haces por otro sin esperar que te devuelvan nada. Es cuando ves una necesidad y decides llenarla solo porque quieres que esa persona sea un poquito más feliz. Es como... poner una manta sobre alguien que tiene frío.
Luci frunció el ceño, procesando la información como si fuera un código informático complejo.
—¿Felicidad? ¿Solo por el hecho de verla? —preguntó él, confundido—. ¿Entonces, una buena acción es como querer que un trozo de carne no desaparezca, Marta? ¿Es el deseo de mantener la luz de alguien encendida aunque no te beneficie?
Marta soltó una carcajada cristalina que hizo que el segundero sobre ella vibrara.
—¡Ay, Luci! —dijo ella entre risas—. Eres el muchacho más extraño que he conocido. "Trozo de carne"... suena tan feo, pero supongo que, en el fondo, sí. Es querer que esa persona se quede un poquito más con nosotros. Es amor, hijo. Aunque tú lo digas de esa manera tan rara.
—Amor... —repitió Luci, probando la palabra en su boca. Le sabía a chocolate amargo—. Es una inversión muy poco rentable, Marta. El tiempo siempre gana.
—Por eso cada minuto cuenta, Luci. Por eso hacemos cosas buenas, para que el tiempo que pasemos aquí valga la pena.
Luci bajó la mirada a sus manos. Si el "amor" era lo que compraba minutos, tendría que aprender a amar a empujones, empezando por los desconocidos que pedían comida a domicilio.
—Mañana saldré a trabajar —sentenció Luci, poniéndose de pie con una determinación renovada—. Conseguiré todos los minutos que este mundo me permita arrebatarle al destino. No me importa cuántas pizzas tenga que entregar.
Luci se retiró a su habitación, pero no para descansar. En su mente, ya estaba trazando rutas, calculando tiempos y planeando cómo forzar la "benevolencia" en cada rincón de la ciudad.
—Mañana —susurró para la oscuridad—, cada entrega será una batalla contra Tu reloj.
Mientras tanto, en el alféizar de la ventana de la cocina, una paloma de plumaje inusualmente blanco y ojos de un brillo inteligente observaba la escena. No se movía, ni buscaba migajas. Simplemente permanecía allí, bajo la luz de la luna, mirando a través del cristal cómo el antiguo Rey del Infierno se obsesionaba con salvar la vida de una anciana que apenas conocía.
La paloma inclinó la cabeza, emitió un arrullo suave que pareció hacer vibrar los cimientos del edificio por un segundo, y luego batió las alas para perderse en el cielo nocturno de la ciudad.
Dios no solo había aceptado el trato; Dios se estaba divirtiendo con el espectáculo.