Luci se presentó en el centro comercial con su mejor traje negro, el cual había sacudido del polvo del edificio industrial. Doña Marta le había puesto una pinza en el cabello para que se viera "más presentable", algo que Luci aceptó solo para no perder tres minutos de vida en una discusión.
Entró en una oficina pequeña y mal ventilada de una empresa de logística. El gerente, un hombre llamado Roberto que parecía no haber dormido desde el siglo pasado, ni siquiera levantó la vista de sus papeles.
—Nombre —dijo Roberto, arrastrando las palabras.
—Lucifer. Pero para los que no quieren arrodillarse, Luci —respondió él, sentándose con una elegancia que hacía que la silla de plástico pareciera un trono.
—Bien, "Luci". El puesto es para repartidor de alta prioridad. ¿Experiencia? ¿Cualidades? ¿Por qué debería contratarte a ti y no a uno de los otros cien chicos que hay afuera?
Luci entornó sus ojos rojos, que brillaron con una luz peligrosa.
—Soy un Rey —sentenció Luci—. Tengo eones de experiencia comandando legiones de demonios y organizando el caos absoluto en una jerarquía impecable. Soy experto en detectar las debilidades del espíritu humano y en aplicar torturas personalizadas para los pecadores más persistentes.
Mi paciencia es infinita cuando se trata de castigar, y mi voluntad es una ley inquebrantable. Nada se me escapa. Nada se pierde en mi dominio.
Roberto se detuvo. Lentamente, levantó la cabeza y miró a Luci. Hubo un silencio de cinco segundos. Entonces, Roberto soltó una carcajada seca.
—¡Ja! ¡Vaya! "Experto en torturar pecadores", esa es buena. Es justo lo que necesito para lidiar con los clientes que piden comida a las tres de la mañana y no dejan propina. Me gusta tu estilo, chico. Tienes esa... "intensidad gótica" que asusta a la gente lo suficiente como para que no se quejen de que la pizza llegó fría.
—No es una broma, mortal —dijo Luci, inclinándose hacia adelante—. He visto almas suplicar por un segundo de...
—Sí, sí, muy creativo —lo interrumpió Roberto, pasándole un chaleco reflectante naranja que chocaba horriblemente con su traje—. Escucha, "Rey de los Demonios", si puedes comandar una bicicleta por el centro en hora punta y torturar a la competencia llegando antes que ellos, el puesto es tuyo. Toma este teléfono, descarga la App y empieza ahora mismo. Bienvenido al infierno real: el salario mínimo.
Luci miró el chaleco naranja con un asco profundo. Era de un color que no existía en su paleta cromática de sombras y fuego.
—¿Tengo que usar esta piel de animal sintético? —preguntó Luci, sosteniéndolo con dos dedos.
—O eso, o no hay contrato —respondió Roberto, volviendo a sus papeles.
Luci suspiró. Pensó en el reloj de Doña Marta. Un año, dos meses, catorce días y cuarenta y cinco minutos. Con un gruñido, se puso el chaleco sobre su traje de sastre.
—Que conste —murmuró Luci mientras salía de la oficina— que esto cuenta como la mayor humillación de mi existencia. Mi Padre se va a reír de esto durante toda la eternidad.
Y no se equivocaba. Afuera, en el cable del tendido eléctrico, una paloma blanca lo observaba con mucha atención, dando un pequeño salto de júbilo cuando Luci se ajustó el casco de la bicicleta.