La mañana siguiente no trajo el olor a azufre y lamentos que Lucifer tanto extrañaba, sino el aroma a café de olla y canela.
Al abrir los ojos, el Rey del Infierno se incorporó de su incómodo catre. Lo primero que vio fue el destello. Sobre la cabeza blanca de Doña Marta, que ya estaba de pie picando fruta en la cocina, flotaba un resplandor dorado. El marcador **"+ 7 DÍAS"** seguía ahí, flotando como un neón místico que desafiaba las leyes de la física mortal.
Marta se movía con una agilidad que no había mostrado en meses. Sus pasos ya no arrastraban el peso de la vejez; sus manos, antes temblorosas, sostenían el cuchillo con firmeza.
Luci se llevó una mano al pecho, frunciendo el ceño. Sintió una calidez extraña, una ligereza que expandía sus pulmones. Analizó la sensación con detenimiento, buscando en su catálogo de milenios de existencia a qué maldita cosa se parecía ese sentimiento.
—Ya veo —murmuró para sí mismo, convencido—. Es exactamente el mismo vigor que sentía cuando lograba que dos imperios humanos se declararan la guerra antes del desayuno. O cuando diseñé el concepto de las filas de espera en los bancos. Sí, debe ser eso: la satisfacción del trabajo bien hecho.
Sin embargo, en el gran diseño de las cosas, un evento de esa magnitud no pasa desapercibido. En el plano espiritual, el hecho de que el Portador de la Luz hubiera generado un destello de gracia divina a través de una aplicación de entrega de comida provocó un sismo. En el Cielo, los coros angélicos desafinaron por el impacto; en el Infierno, las calderas sufrieron un bajón de presión. ¿El Señor de las Tinieblas haciendo una buena acción de manera voluntaria? Imposible. Tenía que ser un error del sistema.
O una debilidad.
A media mañana, Luci tuvo que salir. La aplicación de delivery, en un despliegue de audacia humana que rozaba la insolencia, lo había suspendido temporalmente por "comportamiento hostil con los clientes" tras los incidentes del día anterior. Tenía que ir a las oficinas centrales a reclamar su herramienta de trabajo.
Fue el momento perfecto.
Doña Marta tarareaba una vieja canción mientras limpiaba la mesa, disfrutando de esa milagrosa energía que sentía en los huesos. De pronto, la atmósfera de la pequeña sala cambió. El aire se volvió denso, pesado, y un olor a humedad y alcantarilla comenzó a filtrarse por debajo de la puerta.
La televisión, que estaba apagada, se encendió sola mostrando estática a un volumen ensordecedor. Las luces parpadearon y, desde las sombras del pasillo, la realidad pareció rasgarse.
No apareció un monstruo con cuernos; el Infierno sabía camuflarse. Apareció bajo la forma de la peor de las desgracias humanas: la decadencia imprevista. El suelo comenzó a agrietarse debajo de sus pies, y las paredes de la casa, recién pintadas por Luci semanas atrás, empezaron a llenarse de un moho negro que avanzaba como veneno.
De la penumbra emergió una figura esquelética, vestida con harapos oscuros. Era Malphas, un demonio menor de la legión del engaño, enviado para confirmar el ridículo rumor.
—Con que es verdad... —siseó el demonio, su voz sonando como uñas rascando una pizarra—. El gran Lucifer, reduciéndose a cuidar de una insignificante bolsa de carne. Qué patético.
Marta, lejos de gritar, se quedó paralizada. El brillo dorado sobre su cabeza comenzó a titilar, amenazado por la pura malevolencia que llenaba la habitación. Los siete días de respiro que Dios le había otorgado parecían estar a punto de ser devorados por la presencia oscura. El demonio estiró una mano garruda hacia el rostro de la anciana, buscando absorber esa energía divina para llevarla como trofeo al inframundo.
—Veamos qué queda de tu milagro cuando tu mascota regrese y solo encuentre cenizas —se burló Malphas, mostrando una hilera de dientes afilados.
La puerta de la entrada no se abrió; saltó en pedazos, convertida en astillas que salieron volando por toda la sala.
En el umbral, recortado contra la luz del día, estaba Lucifer. No traía su bicicleta, ni su mochila de repartidor. Su mirada no era la gélida indiferencia que le había mostrado a la influencer o al gamer. Era el fuego primigenio del abismo.
—Malphas —dijo Luci. Su voz no fue un grito, sino un susurro tan profundo que hizo que las grietas del suelo se detuvieran—. Estás en mi zona de entrega. Y no recuerdo haber aceptado este pedido.
El demonio palideció, dando un paso atrás al recordar instantáneamente por qué ese hombre de aspecto mortal era, después de todo, el Rey.