El silencio que siguió al estrépito de la puerta fue absoluto, roto únicamente por el sordo impacto del cuerpo de Doña Marta al caer inconsciente sobre el suelo de la sala. El esfuerzo de resistir la presencia de Malphas y la impresión de ver su hogar convertirse en una pesadilla habían sido demasiados para su gastado corazón.
Lucifer desvió la mirada hacia ella. El brillo dorado de los "+ 7 DÍAS" sobre la cabeza de la anciana parpadeaba débilmente, como una vela a punto de extinguirse por el viento.
En ese instante, algo se rompió dentro del Rey del Infierno.
No fue una molestia calculada, ni la fría arrogancia con la que solía castigar a los condenados. Fue una grieta en su psique. Ver a la única humana que lo había tratado con genuina calidez —sin contratos de por medio, sin pedirle milagros, solo ofreciéndole café de olla— tirada en el suelo como un trapo viejo, desató un brote psicótico de proporciones bíblicas.
—¿Qué... le has... hecho? —susurró Luci.
Las paredes de la casa no solo temblaron; comenzaron a sangrar un lodo negro y ardiente. Las ventanas estallaron hacia afuera, convirtiendo los cristales en polvo. Lucifer ignoró por completo las restricciones del contrato divino que lo ataba a la fragilidad mortal. Las leyes de la Tierra simplemente dejaron de importarle.
Malphas dio un paso atrás, aterrorizado. El cuerpo humano de Lucifer empezó a distorsionarse. De su espalda brotaron, como heridas abiertas, seis alas de una oscuridad tan densa que parecían tragar la luz del sol. Sus ojos se convirtieron en dos pozos de fuego blanco, y la gravedad de la habitación se invirtió: los muebles flotaban en un vacío caótico.
—¡Mi señor, solo quería confirmar...! —alcanzó a aullar el demonio, arrodillándose mientras su propia piel empezaba a ampollarse por la radiación del poder de Lucifer.
—**Silencio** —la voz de Luci no resonó en la habitación, resonó en las almas de toda la cuadra.
Sin tocarlo, Lucifer extendió una mano. Los tendones de su brazo mortal crujieron bajo la presión del poder infinito que canalizaba. Con un movimiento seco, desgarró el espacio tridimensional alrededor de Malphas. Una grieta roja y rugiente se abrió debajo del demonio menor.
No fue un destierro ordinario. Lucifer usó una fuerza tan desmedida y brutal que Malphas fue succionado hacia el Noveno Círculo del Infierno con tal velocidad que su esencia espiritual dejó un rastro de ceniza estelar en el aire. La grieta se cerró de golpe, dejando el olor a azufre flotando en el desastre de la sala.
Lucifer cayó de rodillas, respirando con dificultad. Las alas desaparecieron y sus ojos volvieron a la normalidad, aunque sus manos seguían temblando por la adrenalina del brote de ira. Se arrastró de inmediato hacia Doña Marta y colocó dos dedos en su cuello. Su pulso era débil, pero el marcador dorado sobre ella dejó de parpadear y volvió a brillar con fuerza, estabilizándola. El milagro de Dios la había protegido de lo peor.
Pero un despliegue de poder de esa magnitud, una violación tan flagrante de las reglas del exilio, tenía consecuencias inmediatas.
El tiempo se detuvo. El polvo en el aire quedó estático, las hojas de los árboles afuera se congelaron y el sonido del tráfico de la ciudad desapareció por completo.
Desde el techo destruído de la casa, una luz plateada y majestuosa descendió con una elegancia que rozaba la perfección geométrica. Dos alas de un blanco inmaculado, como la nieve recién caída, se batieron una sola vez antes de recogerse con gracia.
Amenadiel estaba allí. El primer hijo de la creación, el hermano mayor y el ejecutor de la justicia celestial, pisaba el suelo de la humilde casa. Su rostro era severo, desprovisto de cualquier emoción humana, portando una armadura plateada que reflejaba una luz que no pertenecía a este mundo.
Miró el caos de la sala, miró a la anciana desmayada y, finalmente, clavó sus ojos dorados en Lucifer, quien seguía en el suelo, protegiendo el cuerpo de Marta.
—Has roto el pacto, Lucifer —dijo Amenadiel, su voz sonando como el eco de un tribunal supremo—. Viniste aquí a aprender de ellos en silencio, no a usar el poder del Trono para alterar el orden mortal. He bajado a juzgar tus actos... y temo que esta vez has ido demasiado lejos.
Lucifer, sin levantarse, esbozó una sonrisa rota y mordaz, clavándole la mirada a su hermano.El juicio del Cielo acababa de empezar en la sala de una casa de vecindad.