Capítulo 3
Decidí que no podía seguir huyendo del silencio.
No porque hubiera dejado de doler, sino porque había llegado el momento de enfrentar la verdad, de abrir los ojos de una vez por todas y recapacitar.
Y la verdad era simple, aunque me costara aceptarla: ella ya no estaba, y yo no podía seguir viviendo como si aún lo estuviera.
Respiré hondo esa mañana, intentando convencerme de que todo iba a estar bien, aunque en el fondo sabía que no era tan sencillo y que no iba a ser nada fácil al final.
Intenté de todo, cambié por completo mi rutina, salí de casa para tomar un poco de aire fresco. Tan solo sentir la suave brisa fría pero agradable a la vez me hacía sentir tan vivo y tan aliviado que era como una especie de medicina para mi corazón y eso me gustaba.
¿Pensaba en ella? Sí, pero intentaba ignorar esos pensamientos y recuerdos que una vez me hicieron sentir vivo.
Sabía que aferrarme a eso no me iba a hacer bien, así que salía, hacía ejercicio, iba al cine...
Y cuando llegaba a casa, me acostaba de una vez.
Al cerrar los ojos, me daba cuenta de que estaba mejorando, que poco a poco volvía a ser yo de nuevo.
Esa sensación de calma no duraba tanto como me gustaría admitir.
A veces, bastaba con algo tan simple...
como una canción.
Esa tarde, mientras caminaba sin rumbo fijo, la escuché. No era especial, no era nuestra canción ni nada parecido, pero tenía algo que me hizo detenerme en seco.
Y sin darme cuenta, ahí estaba otra vez.
Pensando en ella.
Qué estúpido... qué patético soy.
Recordando su risa, su forma de mirarme, esos pequeños detalles que antes parecían tan normales y que ahora dolían como si fueran imposibles de recuperar.
Cerré los ojos por un momento, intentando calmar todo lo que empezaba a removerse dentro de mí.
—No —susurré para mí mismo—. No otra vez.
Pero por más que lo intentara... había recuerdos que simplemente no se podían apagar.
Tal vez estaba avanzando...
pero eso no significaba que la hubiera dejado atrás.
Porque hay amores que no se olvidan...
solo se guardan en silencio.