Capítulo 6
No volví a verla al día siguiente.
Ni al otro.
Ni en toda la semana.
Y, aunque intenté convencerme de que no tenía importancia...
no pude ignorarlo.
Era extraño.
Ese lugar no había cambiado.
El café seguía siendo el mismo.
La gente también.
Pero algo faltaba.
O mejor dicho...
alguien.
Me senté en la mesa de siempre,
mirando de reojo hacia donde ella solía estar.
Nada.
Suspiré, llevándome la taza a los labios.
—Tranquilo... —murmuré para mí mismo—.
Solo fue una coincidencia.
Pero ni yo mismo me creí.
Me quedé ahí más tiempo de lo normal.
No porque esperara algo...
o eso quería creer.
Pero, de vez en cuando, mis ojos se desviaban hacia la puerta.
Como si, en cualquier momento, fuera a verla otra vez.
No pasó.
Bajé la mirada, soltando una pequeña risa sin humor.
—Qué estupidez... —murmuré.
Pero en el fondo sabía que no era tan simple.
Me recosté un poco en la silla, soltando un suspiro lento.
No tenía sentido.
Ni siquiera la conocía lo suficiente como para estar así.
Había sido solo una conversación...
un momento cualquiera.
Entonces, ¿por qué no podía dejar de pensar en ella?
Fruncí el ceño, incómodo conmigo mismo.
—Ya... basta —murmuré.
Como si decirlo fuera suficiente para apagarlo todo.
Pero no lo fue.
Porque, sin darme cuenta...
Volví a mirar hacia la puerta.
Nada.
Siempre nada.
Me quedé unos segundos más, como esperando que esta vez fuera diferente.
Pero no lo fue.
Desvíe la mirada, aparentando un poco la taza entre mis manos.
En serio... esta chica me está volviendo loco.
Tal vez...
solo había sido eso.
Un momento.
Uno de esos que llegan sin avisar...
y se van igual de rápido.
Pero esta vez...
no se fue.
Se quedó conmigo.
Intenté conectarme en cualquier otra cosa.
En el café.
En el ruido suave del lugar.
En las personas que entraban y salían.
Pero no funcionaba.
Porque, sin importar cuánto lo intentara...
terminaba mirando hacia la puerta.
Como si en cualquier momento fuera a aparecer.
Ridículo.
Ni siquiera la conocía lo suficiente como para estar así.
Y aun así... ahí estaba.
Esperando.
Pasaron unos minutos más.
Nada.
Solté una pequeña risa sin humor, negando con la cabeza.
—Ya... basta —murmuré para mí mismo.
Dejé algo de dinero sobre la mesa y me levanté, dispuesto a irme de una vez.
Pero entonces...
La puerta se abrió.
Y ahí estaba.
Por un segundo... me quedé completamente quieto.
Como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo reaccionar.
No era posible.
O tal vez sí.
Ella estaba ahí.
De pie, justo en la entrada... mirando alrededor como si buscara algo.
O a alguien.
Tragué saliva, sintiendo cómo el pulso empezaba a acelerarse sin permiso.
—Joder... cálmate —murmuré para mí mismo.
—No puede ser... —murmuré apenas.
Y entonces...
Sus ojos se encontraron con los míos.
Esta vez no desvío la mirada.
Se quedó ahí.
Sosteniéndola.
Y, para mi sorpresa...
sonrió.
Dios... su sonrisa.
No fue una sonrisa grande.
Ni exagerada.
Fue pequeña... tranquila...
pero suficiente para desarmarme por completo.
Sentí algo extraño en el pecho.
No era como antes.
No dolía.
Pero tampoco era calma.
Era... otra cosa.
Algo que no sabía nombrar.
Algo que, sin darme cuenta...
ya quería volver a sentir.
Se quedó ahí unos segundos más.
Como si estuviera decidiendo algo.
Como si dudara.
Y por un momento... pensé que simplemente iba a apartar la mirada y seguir su camino.
Que todo se quedaría en eso.
Otra conciencia más.
Pero no.
Bajó la mirada un instante...
respiró hondo...
y luego empezó a caminar.
Directo hacia mí.
Sentí cómo el pecho se me tensaba sin poder evitarlo.
—No... no, no... —murmuré apenas, pasando una mano por mi cabello—.
Pero ya era tarde.
Cada paso que daba...
hacía que mi cabeza se quedara más en blanco.
Hasta que se detuvo frente a la mesa.
Otra vez.
—Hola... —dijo, con esa misma voz tranquila—.
Y juro que algo en mí se desordenó por completo.
—Hola... —respondí, casi por reflejo.
Se quedó de pie un segundo más, como si no supiera muy bien qué hacer.
O como si estuviera esperando algo.
Y entonces lo entendí.
Ah... sí, claro —dije rápido, acomodándome —. Puedes sentarte.
Idiota...
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro antes de hacerlo.
Y, de alguna forma...
todo volvió a empezar.
Se acomodó en la silla con tranquilidad, como si ya hubiera estado ahí antes.
O como si no fuera la primera vez.
—Pensé que no volvería a verte —dijo, apoyando suavemente el brazo sobre la mesa.
Parpadeé, sorprendido.
—¿Ah, sí? —repondí, intentando sonar normal—.
¿Por qué?
Se encogió de hombros, con una leve sonrisa.
—No sé... —dijo—.
A veces las personas solo... coinciden una vez y ya.
Bajé la mirada por un segundo, soltando una pequeña risa.
—Sí... suele pasar.
Hubo un pequeño silencio.
Pero esta vez no era incómodo.
Era distinto.
Más... cercano.
—Aunque —añadió ella después—, creo que me alegra que no haya sido así.
Levanté la mirada de inmediato.
—¿Ah, sí?
—Sí —respondió, sin apartar la vista—.
Este lugar ya no se siente tan aburrido.
No pude evitar sonreír.
—Entonces supongo que tengo que agradecerte por venir hoy.
—O yo a ti —respondió ella—.
Por seguir viniendo.
Y, por alguna razón...
esa simple conversación se sintió más importante de lo que debería.