Capítulo 7
No la volví a ver al día siguiente.
Ni al otro.
Y, aunque intenté convencerme de que no tenía importancia... no funcionó.
Porque algo ya había cambiado.
El café seguía siendo el mismo de siempre.
La gente también.
Pero mi atención no.
Cada vez que la puerta se abría... mi mirada reaccionaba antes que yo.
Nada.
Siempre nada.
Solté un suspiro, intentando concentrarme en otra cosa.
—Qué absurdo... —murmuré para mí mismo.
Ni siquiera sabía por qué esperaba algo.
Ni siquiera la conocía tanto.
Y aun así...
ahí estaba.
Pasaron los días así. Normales. Demasiado normales.
Hasta que volvió a pasar.
La puerta se abrió.
Y esta vez... no tuve que buscarla.
Ella estaba ahí.
Como si nunca se hubiera ido.
Me quedé quieto.
No fue sorpresa.
Fue algo peor.
Reconocimiento.
Como si una parte de mí ya supiera que iba a aparecer.
Sus ojos recorrieron el lugar... y cuando me vieron, no dudó.
Sonrió.
Y caminó directo hacia mí.
—Hola —dijo
—Hola —respondí.
Se sentó con calma, como si ese lugar ya le perteneciera un poco.
—Pensé que no te volvería a ver —dijo.
—Eso mismo pensé yo —respondí.
Hubo silencio.
Pero no incómodo.
Distinto.
—A veces desaparezco —añadió ella—. No es personal.
Fruncí un poco el ceño.
—Suena raro.
—Lo sé —dijo con una leve sonrisa—. Pero es necesario.
No pregunté más.
Algo en su tono me detuvo.
Nos quedamos hablando de cosas simples.
Pero todo se sentía diferente.
Más cercano.
Más... real.
El tiempo pasó sin darnos cuenta.
—Creo que me tengo que ir —dijo ella al final.
Sentí ese vacío otra vez.
—Sí... yo también —mentí.
Se levantó.
Me miró un segundo.
Como si quisiera decir algo más.
Pero no lo hizo.
—Nos vemos por aquí —dijo.
—Supongo que sí —respondí.
Se fue.
La puerta se cerró.
Y el café volvió a ser el mismo.
Pero yo no.
Porque sobre la mesa había algo.
Un papel.
Lo abrí.
“No es coincidencia”.