Capítulo 8
El papel seguía en mis manos.
Y no dejaba de pensar en eso.
No es coincidencia.
Esa frase se repetía en mi cabeza como si no quisiera salir.
Al día siguiente volví al café.
No sabía por qué.
O sí... pero no quería admitirlo.
Me senté.
Miré la puerta.
Nada.
Minutos.
Nada.
Hasta que llegó.
Ella.
Como siempre... en el momento exacto.
—Otra vez aquí —dijo sentándose.
—Parece que tú también —respondí.
Silencio.
Pero no era incómodo.
Era extraño.
—Dejaste esto —dije mostrándole el papel.
Su expresión cambió.
No sorpresa.
Más bien... seriedad.
—Ah... ya lo viste —dijo.
—Explícame —respondí.
Ella dudó.
Por primera vez no parecía segura.
—Hay cosas que no pasan por casualidad —dijo.
—Eso ya lo dijiste —respondí.
No contestó.
Porque la puerta se abrió otra vez.
Un hombre entró.
Nos miró.
Pero la miró a ella.
—Ya te encontré —dijo.
El ambiente cambió.
Ella se levantó de inmediato.
—No debiste venir aquí —murmuró.
Yo no entendía nada.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
Pero nadie respondió.
El hombre dio un paso más.
—Sabes que esto no puede seguir así.
Ella me miró.
Solo un segundo.
Y entendí algo.
Esto era más grande de lo que imaginaba.
—Tenemos que hablar —dijo ella.
Pero no conmigo.