Capítulo 10
El silencio se quedó suspendido en el aire.
Pesado.
Incómodo.
Y, aún así... nadie parecía dispuesto a romperlo.
El hombre seguía de pie cerca de la entrada, observándonos como si ya supiera exactamente cómo iba a terminar todo esto.
Samantha apretó la mandíbula.
Nerviosa.
No... asustada.
Y eso fue lo que más me inquietó.
Porque hasta ahora nunca la había visto así.
—Nicolás, vete —repitió ella, esta vez más seria.
Pero ya era tarde para eso.
Demasiado tarde.
—No pienso irme hasta que alguien me explique qué está pasando —respondí.
El hombre soltó una pequeña risa sin humor.
—Entonces sí eres igual de terco que ella.
Fruncí el ceño.
—¿Quién eres?
Él no respondió enseguida.
Primero miró a Samantha.
Como esperando permiso.
Pero ella negó apenas con la cabeza.
—No tienes derecho a aparecer ahora —dijo ella.
—No tuve opción —respondió él—. Tú tampoco deberías estar aquí.
Otra vez esa frase.
Como si verla conmigo fuera un error.
Como si yo fuera el problema.
O peor...
como si estuviera metiéndome en algo que ni siquiera entendía.
—Estoy cansado de que hablen como si yo no estuviera aquí —dije finalmente—. ¿Alguien piensa decirme qué demonios pasa?
Samantha cerró los ojos un segundo.
Respiró hondo.
Y cuando volvió a mirarme... algo en ella había cambiado.
Como resignación.
—Hay cosas de mí que no conoces, Nicolás.
—Pues dime cuáles son.
Silencio.
El hombre desvío la mirada hacia la ventana.
Como si tampoco quisiera escuchar lo que venía.
—Hace tiempo... yo desaparecí —dijo Samantha finalmente.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Desaparecí —repitió—. Y durante mucho tiempo... nadie supo dónde estaba.
Sentí un escalofrío recorrerme lentamente.
No sabía por qué.
Pero la forma en que lo dijo...
no sonó normal.
—¿Estás diciendo que... te secuestraron o algo así?
Ella soltó una pequeña risa amarga.
—Ojalá hubiera sido tan simple.
El silencio volvió.
Pero esta vez fue diferente.
Más oscuro.
Más pesado.
—Samantha... —murmuré.
Ella bajó la mirada.
Y por primera vez desde que la conocí...
parecía rota.
—Cuando regresé... muchas cosas ya no estaban bien —continuó—. Había cosas que no recordaba. Personas que decían conocerme. Lugares que se sentían extraños.
Sentí el pecho tensarse.
—¿Por eso dijiste “no es coincidencia”?
Ella levantó lentamente la mirada hacia mí.
—Porque desde que te vi por primera vez...
sentí que ya te conocía.
Mi corazón se detuvo un segundo.
—¿Qué...?
—Y eso no debería ser posible.
El hombre dio un paso hacia nosotros.
—Samantha.
—No —dijo ella de inmediato—. Él merece saberlo.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Tal vez estoy cansada de huir.
Otra vez silencio.
Pero ahora todo se sentía distinto.
Ya no era solo curiosidad.
Ya no era solo una chica misteriosa apareciendo en un café.
Había algo más grande detrás de todo esto.
Algo que apenas comenzaba a abrirse frente a mí.
Y, aún así...
lo único en lo que podía pensar era en ella.
En la tristeza de sus ojos.
En cómo, incluso rota...
seguía intentando mantenerse firme.
—Nicolás —dijo Samantha en voz baja—, si sigues cerca de mí... las cosas van a empeorar.
La miré unos segundos.
Y, honestamente...
por primera vez pensé en irme.
En dejar todo ahí.
En fingir que nunca la conocí.
Hubiera sido más fácil.
Más seguro.
Pero entonces recordé algo.
La forma en que me miró aquella primera vez.
La manera en que el café dejó de sentirse vacío desde que apareció.
Y entendí algo que ya no podía negar.
Ya era demasiado tarde para salir de esto.
Porque Samantha ya se había quedado conmigo.
Incluso antes de que lo entendiera.
—No pienso irme —dije finalmente.
Ella me miró sorprendida.
Y el hombre... solo suspiró.
Como si acabara de confirmar algo que temía desde el principio.
—Entonces prepárate —murmuró—. Porque esto apenas está empezando.
Y juro que, en ese momento...
sentí que mi vida acababa de cambiar para siempre.
“Hay personas que llegan a tu vida por casualidad... y otras que parecen haber estado conectadas contigo desde antes de conocerte.” 👀