"No es que no quiera estar con alguien. Es que prefiero estar solo a estar mal acompañado. Y eso no es un defecto. Es una decisión."
Vamos a hablar de algo que no se dice mucho pero que duele en silencio.
Estás en una juntada con amigos. Todos llegan con sus parejas. Se sientan de a dos, se miran con ojos de "te amo", se dan besitos en la mejilla, se toman de la mano. Y vos estás ahí, con tu vaso en la mano, mirando para otro lado, riéndote de chistes que no escuchaste, sintiéndote como el único que no entró al cine cuando ya empezó la película.
Y en algún momento, llega la pregunta. Siempre llega. Puede ser de un amigo bienintencionado, de una tía en una comida familiar, de un compañero del colegio que no ves hace tiempo:
"¿Y vos? ¿Seguís solo?"
"¿Cuándo vas a presentar a alguien?"
"¿No te vas a quedar para vestir santos?"
Y vos sonreís, decís "no, estoy bien", y por dentro sentís que algo te aprieta. Porque aunque estés bien, esa pregunta te hace sentir que algo falta. Que estás incompleto. Que deberías estar haciendo algo que no estás haciendo.
La presión de tener pareja. Vamos a desarmarla.
La presión que viene de afuera
Empecemos por lo más evidente: la sociedad, la familia, los amigos, hasta las películas y las redes, te venden la idea de que estar en pareja es el estado natural del ser humano. Que si estás solo, algo anda mal. Que tenés que buscar, que tenés que encontrar, que tenés que apurarte porque "se te pasa el tren".
Escuchás frases como:
· "Estás muy cómodo solo, después te vas a arrepentir."
· "Ya va a llegar, no te preocupes" (que en realidad es una forma de decir "preocupate").
· "¿Pero cómo es que alguien como vos está solo?"
· "Mi primo conoció a su novia en Tinder, ¿por qué no te hacés uno?"
Todas esas frases, por más bienintencionadas que sean, te meten la idea de que estar solo es un problema por resolver. Y vos te empezás a sentir como un problema.
Pero acá está la verdad que nadie te dice: estar solo no es un problema. Es una situación. Y las situaciones cambian.
La presión que viene de adentro
Lo más heavy no es lo que dicen los demás. Es lo que te decís vos.
Porque después de un tiempo, empezás a compararte. Mirás a tus amigos en pareja y pensás "¿qué tienen ellos que yo no tengo?". Ves historias de Instagram con corazones y pensás "¿por qué a mí no me toca?". Llega el fin de semana y sentís que todos tienen planes con sus parejas menos vos.
Y ahí aparece el monstruo: la sensación de que no sos suficiente. Que algo estás haciendo mal. Que te estás quedando atrás mientras los demás avanzan.
Ese monstruo te carcome por dentro. Te hace dudar de tu valor. Te hace preguntarte si merecés ser amado. Te empuja a aceptar cualquier cosa con tal de no estar solo.
Y ahí es donde hay que poner el freno.
La trampa de estar con cualquiera para no estar solo
El peligro más grande de la presión por tener pareja es que te puede llevar a meterte en cualquier relación, con tal de llenar el vacío.
Conocés a alguien. No te convence del todo, pero te dice que sí. Y pensás "bueno, mejor que nada". O "quizás con el tiempo me termina de gustar". O "total, mientras tanto no estoy solo".
Y ahí empezás una relación que desde el minuto uno sabías que no era para vos. Pero seguís, porque la soledad te pesa más que la incomodidad de estar con alguien que no es.
Y después, meses o años más tarde, terminás. Y te das cuenta de que perdiste el tiempo. Y lo peor: perdiste también un poco de vos, porque te fuiste aceptando menos de lo que merecías.
Moral de la historia: estar mal acompañado es peor que estar solo.
La soledad elegida es poderosa
Acá hay que hacer una diferencia importante.
No es lo mismo estar solo porque no te queda otra, que elegir estar solo porque sabés lo que valés y no vas a aceptar menos.
La soledad elegida es una decisión consciente: "Prefiero estar solo que estar con alguien que no me valora. Prefiero esperar a que llegue la persona indicada que forzar algo que no es. Prefiero usar este tiempo para construirme a mí mismo que gastarlo en relaciones que sé que no van a funcionar."
Esa soledad no es vacía. Es fértil. Es el terreno donde te construís. Donde aprendés quién sos. Donde te volvés más fuerte, más sabio, más vos.
Y cuando llegue la persona que valga la pena, no vas a llegar roto. Vas a llegar entero. Y vas a poder elegir desde la abundancia, no desde la necesidad.
Lo que podés hacer mientras tanto
Mientras esperás, mientras estás en ese proceso, no te quedes quieto. No te duermas. No te conviertas en un espectador de tu propia vida.
Acá van algunas ideas:
1. Construí tu vida. No esperes a tener pareja para hacer cosas. Viajá, estudiá, emprendé, aprendé, crecé. Tu vida no empieza cuando llegue alguien. Tu vida ya empezó.
2. Cultivá amistades profundas. Las amistades también son amor. También sostienen, acompañan, alegran. No menosprecies el poder de un buen amigo.
3. Aprendé a estar solo. Salí a caminar sin celu. Andá al cine solo. Tomate un café en un bar mirando la gente. Cuando aprendés a disfrutar tu propia compañía, dejás de depender de otros para sentirte bien.
4. Seguí trabajando en vos. La persona que va a llegar no merece tus sobras. Merece tu mejor versión. Y esa versión se construye ahora, en la espera.
5. No te compares. Las redes sociales muestran lo lindo, no lo difícil. Esas parejas que ves perfectas también tienen sus problemas. No te midas con la vida editada de los demás.
Señales de que estás manejando bien la espera
Cómo saber que vas por buen camino:
· Podés estar solo sin sentirte vacío.
· No aceptás migajas con tal de tener compañía.
· No te comparás todo el tiempo con los demás.
· Tenés proyectos, hobbies, cosas que te apasionan.
· Sabés que tu valor no depende de estar o no en pareja.
· Confiás en que va a llegar, pero mientras tanto, vivís.