PRÓLOGO
En Viena, la noche no era silencio… era vigilancia.
La neblina se arrastraba entre las calles empedradas como si respirara, y las sombras parecían demasiado densas, demasiado atentas, como si la ciudad entera estuviera esperando algo que aún no ocurría.
Una mujer caminaba sola.
No corría, no huía… pero cada paso llevaba urgencia. Entre sus brazos sostenía un pequeño cuerpo envuelto con un cuidado casi desesperado, como si aquello fuera lo único que la mantenía en pie. Lo apretaba contra su pecho con una fuerza que no era protección… era miedo a soltar.
Se detuvo frente a un callejón angosto, junto a una vieja iglesia dedicada a San Juan Bautista. La piedra estaba húmeda, oscurecida por los años, y las puertas de madera permanecían cerradas, inmóviles… pero el lugar no estaba vacío.
Lo sintió antes de verlo.
No fue un sonido.
No fue un movimiento.
Fue una certeza.
Alzó la mirada hacia los arcos sumidos en la oscuridad… y por un instante, algo respondió. Un destello mínimo, frío, como si unos ojos hubieran parpadeado desde un punto imposible.
El miedo le recorrió la espalda.
Apretó al bebé contra su pecho.
Sus manos temblaban cuando finalmente se arrodilló. Lo hizo despacio, como si el mundo pudiera romperse con cualquier gesto, y dejó el pequeño cuerpo sobre la piedra fría. Acomodó la tela con cuidado, protegiéndolo del aire, del frío… del abandono.
Pero no soltó.
Sus dedos permanecieron allí, aferrados, recorriendo la tela una y otra vez, como si memorizaran su forma.
Entonces…
un movimiento leve.
Un suspiro.
Tan débil que dolía.
La mujer cerró los ojos y todo dentro de ella se quebró en silencio. Se inclinó y besó la tela con una delicadeza que no pertenecía a ese mundo. No era una despedida… era una ruptura.
Se quedó así, inmóvil.
Atrapada entre quedarse… o condenarlo todo.
Sabía que, si no se iba, aquello que la buscaba, terminaría por encontrarla.
Y entonces no habría salvación.
Se obligó a levantarse.
El primer paso la rompió.
El segundo fue peor.
Pero avanzó.
No miró atrás.
Porque que si lo hacía… no podría seguir.
Se ocultó detrás de una columna, temblando, conteniendo la respiración, esperando, que alguien llegara, que alguien lo encontrara, que el mundo hiciera lo que ella no podía.
Pero el mundo no respondió.
El silencio permaneció intacto.
La noche avanzó.
Y el frío descendió.
Entonces lo sintió.
El vacío.
No en sus brazos…
en el alma.
Negó con la cabeza, intentando mantener una decisión que ya no podía sostener.
Y entonces corrió.
Regresó sin pensar, sin medir, sin aire en el pecho. Hasta llegar de nuevo al callejón.
Cayó de rodillas.
Esta vez no por decisión.
Por desesperación.
Sus manos buscaron el pequeño cuerpo, lo encontraron, y lo apretó contra sí con una fuerza salvaje, como si el mundo entero hubiera intentado arrebatárselo.
Y en ese instante lo entendió.
No podía salvarla.
Pero tampoco podía dejarla morir.
Aquella noche del año 1659 comprendió que no había elección fácil.
Solo una posible.
La última.
La Pitonisa.
Se puso de pie con el cuerpo temblando, el rostro empapado, y se internó en la ciudad sosteniendo a su hija con decisión… con miedo… pero sin dudar.
Porque ya no estaba huyendo.
Ahora estaba eligiendo.
Muy por encima de esa ciudad, donde la niebla no alcanzaba y el tiempo no transcurría como en el mundo de los hombres. Vigilaban.
No ojos.
No forma.
Presencia.
El plano celestial se extendía en calma absoluta, una quietud perfecta que no pertenecía a la paz… sino al control.
Un ángel con autoridad estaba allí.
Inmóvil.
Sintiendo.
No veía a la mujer.
No veía al niño.
Pero percibía la alteración.
Un hilo mínimo… casi imperceptible… había cambiado.
Como una pieza que ya no encajaba del todo en la cadena.
—Algo se ha movido… —murmuró.
No era duda.
Era certeza.
Bajo él, la tierra parecía en paz. Las ciudades dormían, los reinos respiraban, el equilibrio se mantenía intacto.
Sabía lo que esa calma ocultaba.
Porque lo que estaba sellado… no estaba muerto.
Solo estaba contenido.
Y todo lo contenido…espera.
Espera un error. Un descuido. Un momento. Un futuro.
Donde alguien… sin saberlo…
encuentre el punto débil.
El eslabón suelto.
Alzó la mirada.
Por un instante, incluso el plano celestial pareció tensarse.
—Si ese hilo se rompe…
No terminó la frase.
No hacía falta.
Porque por primera vez en mucho tiempo…
la paz en la tierra no era garantía.
Era una ilusión.
La historia de Valieth apenas comienza.
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Editado: 30.03.2026