PRÓLOGO
En una noche oscura, cuando las calles empedradas de Viena parecían absorber la luz y la neblina rozaba las esquinas como un susurro antiguo, una figura femenina avanzaba con sigilo. El aire estaba inmóvil, espeso, y cada paso resonaba más de lo debido, como si la ciudad entera escuchara.
Una joven hermosa caminaba con la mirada velada, con una nostalgia que dolía en el pecho.
En sus brazos cargaba algo pequeño, envuelto con un cuidado casi desesperado, como si aquel frágil peso fuera lo último que la mantenía en pie.
Se detuvo frente a un callejón angosto, junto a una vieja iglesia dedicada a San Juan Bautista. La piedra estaba húmeda, ennegrecida por los años, y las puertas de madera crujían apenas sin que soplara el viento. El lugar parecía abandonado… pero no vacío.
Antes de arrodillarse, la mujer sintió algo.
No fue un sonido.
No fue un movimiento.
Fue una certeza.
Alzó la vista hacia la oscuridad acumulada entre los arcos de la iglesia. Durante un instante creyó ver un destello, breve y frío, como si algo hubiera abierto los ojos dentro de la noche misma. Dos luces apagadas, profundas, observaban desde algún punto imposible de precisar.
El miedo le recorrió la espalda.
Apretó el bulto contra su pecho con una fuerza casi dolorosa. Dio un paso atrás. El silencio se volvió más denso, cargado, como si el mundo hubiese contenido el aliento.
No había nadie.
No debía haberlo.
Y, aun así, la sensación persistía: no estaba sola.
Sus manos temblaban cuando se arrodilló junto al muro de la iglesia. Con una delicadeza casi reverente, dejó el pequeño cuerpo en el suelo y acomodó la tela para protegerlo del frío. Sus dedos se demoraron más de lo necesario, incapaces de soltarse del todo.
La tela se movió apenas.
Un suspiro diminuto rompió la noche.
La mujer cerró los ojos y, por un instante, su respiración se quebró. Se inclinó despacio, rozó la tela con los labios y permaneció allí, inmóvil, como si aquel gesto fuera una despedida imposible de aceptar.
Lo miró por última vez, como quien entrega el alma.
Entonces se obligó a levantarse.
El primer paso fue el más difícil. El segundo, el más cruel.
No volvió la vista atrás, pero su cuerpo entero temblaba de miedo… y de amor. A cada paso, la sensación de ser observada la acompañaba, clavándose entre los omóplatos como una advertencia silenciosa.
Solo cuando dobló la esquina y el callejón quedó fuera de su vista, el aire pareció liberarse de golpe.
Caminó con el corazón latiendo demasiado rápido, demasiado fuerte. Cada paso la alejaba de la iglesia… pero no del peso que llevaba dentro. Se quedó oculta detrás de una columna vieja, esperando que un milagro se diera.
Intentó convencerse de que era lo correcto.
De que alguien la encontraría.
De que sobreviviría.
Pero el silencio de la ciudad no respondió a ninguna de sus plegarias.
Los minutos pasaron.
El frío descendió sin piedad. La neblina se espesó alrededor de la iglesia, envolviendo el pequeño cuerpo abandonado. La noche avanzaba lenta, implacable.
Y desde la oscuridad… algo permanecía despierto.
La mujer no pudo más.
El vacío en sus brazos se volvió insoportable. Cada latido era un recordatorio, cada respiración una herida abierta. El milagro que había deseado no llegó, y su corazón no le permitió seguir esperando.
Regresó.
Corrió sin pensar, sin respirar, guiada únicamente por el miedo de llegar demasiado tarde. Cuando la puerta de la iglesia apareció ante sus ojos, sus piernas cedieron y cayó de rodillas junto al pequeño cuerpo envuelto en tela.
Lo estrechó contra su pecho con una desesperación salvaje, como si el mundo hubiera intentado arrebatárselo.
Aquella noche del año 1659 comprendió que no podía salvarla… pero tampoco podía dejarla morir.
Había una última opción.
Una única persona capaz de recibir a aquella niña sin preguntas, sin juicio y sin temor al destino que la rodeaba.
La Pitonisa.
Y así, con el alba aún lejana y el miedo persiguiéndola como una sombra, la mujer se internó en la ciudad sosteniendo a su hija por última vez.
Sin saber que aquella decisión cambiaría el destino de muchos.
La historia de Valieth apenas comienza.
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Editado: 13.03.2026