Valieth El Origen

capitulo 1 La que no teme a la peste

CAPÍTULO 1

LA QUE NO TEME A LA PESTE

El monasterio olía a muerte antes de que amaneciera.

No era un olor repentino. Era un olor instalado.

Vivía en la piedra. En la madera. En las telas húmedas que colgaban de los ventanales rotos. Se quedaba atrapado en la piel de quienes respiraban demasiado tiempo allí dentro.

El hedor a podredumbre flotaba en el aire como un presagio eterno.

En la sala baja, las paredes de piedra lloraban humedad. El agua descendía en hilos finos que dejaban rastros oscuros como lágrimas antiguas. Los camastros de paja se alineaban sin orden, ocupando cada rincón disponible, cada espacio donde aún cupiera un cuerpo que respirara… o que hubiera dejado de hacerlo hacía poco.

Sábanas raídas, empapadas en sudor, sangre y vómito, colgaban de los bordes como banderas de rendición.

Afuera, el tañido lúgubre de las campanas anunció otra muerte.

Luego otra.

Luego otra más.

Las campanas no habían dejado de sonar en toda la noche.
Y nadie esperaba que dejaran de hacerlo pronto.

Valieth descendió los peldaños húmedos con una lámpara en la mano.

La llama temblaba.
Pero no por el viento.

No había viento allí dentro.

Solo respiraciones rotas.

El sonido llenaba el espacio: jadeos, tos húmeda, gemidos que nacían y morían en la oscuridad antes de convertirse en palabras.

Los cuerpos ocupaban cada rincón.

Hombres con los ojos vidriosos que miraban sin ver.
Mujeres delirando en lenguas que no recordaban haber aprendido.
Niños demasiado quietos para su edad.

El aire estaba espeso.
Pesado.
Como si cada inspiración fuera una batalla.

Y, sin embargo, ella no dudó.

Se cubrió el rostro con la mascarilla de cuero impregnada en vinagre y menta silvestre. El olor ácido atravesó el hedor de la peste como una barrera frágil pero necesaria. Ajustó el cordón con precisión. La cuerda crujió al tensarse.

Dejó la lámpara sobre una mesa de piedra.

Y comenzó.

Uno por uno.
Sin anunciarse.
Sin rezar primero.

Un joven de no más de quince años jadeaba con un bubón inflamado bajo la axila. La piel ennegrecida se tensaba tanto que parecía a punto de desgarrarse sola.

Valieth vertió agua hervida sobre la cuchilla. El vapor se elevó entre sus manos. Esperó lo justo. Ni un segundo más.

—Mírame.

El muchacho obedeció, aterrado. Sus dedos se aferraron a la paja como si pudiera anclarse al mundo.

Ella no apartó la mirada cuando cortó.

El líquido oscuro salió a presión, espeso, denso, casi vivo. El olor golpeó el aire con violencia: hierro, podredumbre y miedo.

Valieth no parpadeó.

—Respira.

Lavó la herida con miel, ajo triturado, ajenjo y aceite de hipérico. Sus manos se movían con precisión absoluta, como si cada gesto hubiese sido ensayado mil veces.

Sujetó la mano del joven mientras el grito se deshacía en sollozo.

—No mires… Aquí no te llevará la muerte hoy.

Una monja observaba desde la puerta, inmóvil, con los dedos aferrados al rosario.

—Eso es brujería —susurró.

Valieth levantó la vista. Sus ojos azules atravesaron la penumbra, demasiado vivos para aquel lugar.

—No. Es conocimiento. Y el conocimiento no necesita permiso. Si prefieres rezar, reza… yo voy a luchar.

La monja no respondió.

Pero no apartó la mirada de las manos de Valieth.

Aquellas manos que abrían carne viva sin temblar.

Aquellas manos que tocaban la enfermedad como si no temiera contagiarse.

El joven monje que observaba desde el fondo de la sala murmuró algo al oído de otro.

—Dicen que no duerme —susurró—. Que permanece aquí toda la noche.

—Dicen que la peste no la toca.

—Eso no es normal.

La palabra quedó suspendida entre ellos.

No era admiración.

Era algo más antiguo.

Desconfianza.

Valieth lo escuchó.

No dijo nada.

Había aprendido hacía tiempo que el miedo de los hombres no desaparece cuando ven algo que no comprenden.

Solo cambia de forma.

Y cuando el miedo no encuentra explicación…

encuentra culpables.

El niño dejó de gritar.

El silencio que siguió fue pequeño, pero real.

En otra esquina, una mujer embarazada convulsionaba. Las venas se marcaban bajo la piel como raíces violáceas que buscaban escapar del cuerpo.

Dos ayudantes retrocedieron.

Valieth cruzó la sala sin dudar.

Se arrodilló.
Apoyó la mano sobre el vientre.
Cerró los ojos.

El ruido del monasterio se alejó, como si alguien hubiese cerrado una puerta invisible.

Y lo vio.

Una luz pequeña. Persistente. Aferrada.

—Tu hija vivirá si tú sobrevives —susurró.

La mujer abrió los ojos con esfuerzo.

—¿Cómo puedes saberlo?

Valieth no sabía explicarlo.
Solo lo sabía.

—Porque ya la oigo llorar.

Preparó la infusión con manos firmes. Espino blanco, clavo, agua purificada. Sostuvo su cabeza con paciencia infinita y la hizo beber poco a poco.

—No te irás hoy.

Al fondo de la sala, un anciano dejó de moverse.

Valieth no miró hacia él.

Sabía distinguir entre lucha y despedida.
No todos podían salvarse.
Y no todos debían.

Cuando la luz gris del amanecer comenzó a filtrarse por los vitrales rotos, Valieth seguía de pie.

Cubierta de sangre ajena.
Las manos ardiendo.
Los hombros pesando como si cargaran el monasterio entero.

Un monje joven la observaba desde la distancia. Había miedo en sus ojos. Y algo más.

—¿Por qué no tienes miedo?

Valieth miró sus manos manchadas. Firmes. Inquebrantables.

—Porque la muerte no es lo peor que he visto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.