CAPÍTULO 2
EL DISCERNIMIENTO
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Y el recuerdo regresó
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Tenía siete años cuando la Pitonisa la llevó por primera vez al bosque detrás del monasterio.
El aire era distinto allí. Más limpio. Más frío. El olor a tierra húmeda sustituía al de la enfermedad.
No habían ido a recoger hierbas.
No habían ido a aprender.
Habían ido a ver.
Un ciervo yacía atrapado en una trampa de hierro. La nieve alrededor estaba teñida de rojo oscuro. El animal respiraba con violencia; cada bocanada de aire parecía rasgarle el pecho desde dentro.
Sus ojos eran dos lunas abiertas de dolor.
—Míralo —ordenó la Pitonisa.
Valieth quiso apartar la vista.
—No. El mundo no mejora porque cierres los ojos.
La niña dio un paso adelante.
El ciervo la miró.
No había odio.
No había rabia.
Solo miedo… y aceptación.
—¿Lo salvamos?
La Pitonisa sostuvo el cuchillo entre ambas manos. La hoja reflejó la luz blanca de la nieve.
—No todo se salva. Pero todo se honra.
Le entregó el arma.
El peso del cuchillo fue mayor de lo que Valieth esperaba.
No lloró cuando atravesó el corazón del animal.
Esa noche comprendió algo que ningún libro podría enseñarle jamás:
La compasión no es suavidad.
Es decisión.
La Pitonisa limpió la hoja del cuchillo con la nieve.
Luego observó a Valieth durante unos segundos más de lo necesario.
—Algún día —dijo finalmente— vendrá alguien que no pertenece al mundo de los hombres.
La niña frunció el ceño.
—¿Un espíritu?
—Algo más antiguo.
El viento sacudió las ramas desnudas del bosque.
—Y cuando llegue —continuó la anciana— reconocerás su voz antes que su rostro.
—¿Y qué pasará entonces?
La Pitonisa no respondió de inmediato.
—Ese día —murmuró— descubrirás que el amor también puede abrir heridas que nadie sabe cerrar.
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El recuerdo se disipó como humo.
El monasterio volvió a oler a peste.
Y Valieth volvió a ser mujer.
Cuando cayó la noche, su cuerpo cedió por fin. Se dejó caer sobre el suelo de piedra, la espalda contra el muro frío, las manos aún manchadas de sangre seca y pus.
Miró hacia el cielo a través del vitral roto.
—¿Dónde estás, madre?
La Pitonisa había muerto dos años atrás. Una enfermedad lenta, cruel, silenciosa. La había dejado sola en aquella villa de horror y tristeza.
El viento respondió con silencio.
Un silencio piadoso.
Aún era de madrugada cuando volvió a descender con su delantal lleno de frascos, raíces y ramas secas. Encendió un brasero con hojas de romero y eucalipto. El humo se elevó en espirales aromáticas que luchaban contra el hedor de la peste.
La Pitonisa lo llamaba los vapores del olvido.
Antes de sanar, hay que limpiar lo invisible.
Caminó entre los lechos.
Una anciana deliraba abrazando una muñeca de trapo.
Un soldado sin piernas rezaba a un dios que no escuchaba.
Una joven cubierta de sudor temblaba.
—No me dejes… no quiero morir sola…
Valieth drenó el bubón de su cuello con manos firmes y vertió gotas de tónico de ajenjo y miel negra entre sus labios.
—El veneno sale. La vida se queda.
Un monje irrumpió horrorizado.
—¡Esto es impío! No se debe tocar lo que la muerte reclama.
Valieth levantó la vista lentamente.
—No soy Dios. Pero el aún no me ha prohibido luchar por los vivos.
Preparó su elixir más sagrado.
Espino blanco. Clavo. Canela. Vino tinto.
Un rubí sumergido durante tres noches.
—Este es para los que aún creen.
La mujer bebió. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Quién eres tú…?
Valieth dudó un segundo. Solo uno.
—Soy hija del fuego. Y de la medicina.
—Eres un ángel del cielo…
Valieth negó suavemente.
—No lo creo.
Sostuvo su mano hasta que el cuerpo se rindió al descanso.
Y pensó en los ángeles.
En los que aman.
En los que caen.
Eso jamás me pasará a mí. No nací para el cielo.
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Cuando la última respiración de la noche se estabilizó, subió las escaleras lentamente.
En su habitación del ala más alta del monasterio, se sentó en su cama. Debajo de ella sacó una caja de madera oscura que abrió.
Semillas. Pergaminos.
Un camafeo de oro con una serpiente devorando la luna.
Lo abrió.
Un mechón de cabello rubio oscuro.
Un fragmento de carta:
Eres hija del amor… y del secreto. El fuego está en tu sangre.
Valieth cerró el camafeo y lo colgó a su cuello.
No era casualidad.
Afuera, los cuervos comenzaron a alborotarse.
Demasiado temprano.
Demasiado brusco.
Se acercó a la ventana.
En el cielo gris, una línea oscura cruzaba el horizonte. No se movía como aves.
Permanecía.
Por primera vez en semanas, el agotamiento desapareció.
Algo más ocupó su lugar.
Era presagio.
Detrás de ella, la llama de la lámpara se inclinó hacia el norte.
Sin viento.
Sin razón.
Valieth no apartó la mirada del horizonte oscuro.
Entonces lo sintió.
El camafeo contra su pecho se volvió inesperadamente pesado.
No caliente.
Pesado.
Como si el oro hubiera olvidado que era metal y recordara que era carga.
Llevó la mano al collar.
—No ahora…
La presión desapareció.
Pero el presentimiento no.
Y aunque aún no lo sabía,
esa mañana fue la última en que Viena la tendría solo para sí.
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Editado: 30.03.2026