CAPÍTULO 3
DESTINO INEVITABLE
—El bebé no puede existir.
El emperador no levantó la voz.
Aun así, todos dejaron de respirar.
La luz gris del invierno entraba por los ventanales altos del salón imperial, deslizándose sobre mármol pulido, armaduras ceremoniales y rostros que habían aprendido a no reaccionar.
El silencio era una forma de obediencia.
En la corte de los Habsburgo, las decisiones no se discutían. Se ejecutaban.
La princesa Isabel Eleonora —hija menor de Leopoldo I— permaneció inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Había sido educada para sellar alianzas, no para sentir. Para sonreír en banquetes y desaparecer en tratados.
Demasiado hermosa.
Demasiado impulsiva.
Demasiado viva para un mundo que medía el valor en territorios y sangre.
El error no fue amar.
Fue concebir.
Antes del matrimonio pactado con el príncipe de Lombardía —hombre frío, calculador, devoto únicamente del poder—, Eleonora cometió el único acto de libertad que jamás se le perdonaría.
Se enamoró de un músico.
Sin título.
Sin apellido que protegiera.
Pero con fuego en las manos. Y música capaz de silenciar salones enteros.
Entre jardines nocturnos y acordes clandestinos, el deseo se volvió costumbre. La costumbre, refugio; y el refugio… destino.
Quedó encinta.
Él nunca lo supo.
Pero notó su ausencia.
Durante meses, la princesa desapareció del mundo visible. No asistía a conciertos. No caminaba por los jardines. No ocupaba su lugar en los balcones desde donde solía escucharlo.
El músico empezó a sospechar.
Las puertas del palacio no se abrían con facilidad, y la servidumbre no hablaba sin precio. Aun así, preguntó. Observó. Escuchó más de lo que debía.
Había algo en el silencio que no encajaba.
Una enfermedad, decían.
Un retiro forzado.
Pero el tiempo no coincidía.
Y el presentimiento era más fuerte que cualquier versión oficial.
Mientras el músico buscaba respuestas, los rumores tomaron forma. La corte actuó con precisión implacable. Eleonora fue apartada, encerrada en el ala más lejana del palacio.
Y cuando la verdad fue confirmada, la sentencia cayó sin emoción:
El bebé debía morir.
No por odio.
Por estabilidad.
Una bastarda no podía alterar el linaje imperial.
El matrimonio se aceleró.
Firmas.
Soldados.
Territorios.
Silencio.
La princesa dejó de ser hija para convertirse en moneda de cambio.
Meses después, el músico la vio durante el festejo nupcial. Radiante. Intocable. Convertida en esposa de otro hombre.
Aprovechó un descuido.
—Su majestad… necesito saber del bebé.
Eleonora no vaciló.
—Se equivoca de mujer, irrespetuoso.
No hubo desprecio en sus ojos.
Solo supervivencia.
—Si insiste, lo haré fusilar.
El músico comprendió demasiado tarde que el amor no tiene lugar en un imperio.
Esa misma noche, Eleonora entendió que no la castigarían por amar.
La castigarían por parir.
Y recordó aquella trágica noche.
Donde huyó.
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La nieve caía cuando cruzó los jardines traseros del palacio. El frío mordía la piel, pero el miedo empujaba más fuerte. La niña dormía entre sus brazos, ajena al mundo que ya la rechazaba.
Por sus piernas aún corría la sangre del nacimiento.
La dejó en la iglesia.
Esperó.
Nadie la tomó. El alba no llegó.
El frío descendió.
El silencio no respondió.
Y regresó.
Porque el imperio podía arrebatarle el nombre.
Pero no el instinto.
La única puerta que aún podía cruzar era la de la Pitonisa.
La mujer abrió antes de que Eleonora llamara. Como si hubiese escuchado el futuro acercarse por el sendero.
La mujer la recibió sin preguntas.
—Déjala —dijo.
No hubo juicio.
No hubo temor.
Solo aceptación.
Eleonora creyó que la estaba salvando.
No supo que estaba salvando algo más.
Esa noche, el aire vibró apenas.
Nada visible.
Nada audible.
Pero algo cambió.
Y el mundo, cuando cambia, nunca lo hace a medias.
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Editado: 30.03.2026