Valieth El Origen

Capitulo 5 Tu aparición

CAPÍTULO 5

TU APARICIÓN

Valieth, cansada luego de meses y meses luchando con la peste, salió a caminar dos bloques fuera del monasterio en la oscuridad. Y es allí cuando observa a un hombre elegante avanzando con paso firme. Pasa por el lado de ella, quitándose el sombrero, haciendo una venia respetuosa con la cabeza en señal de saludo.

—Feliz noche, señorita.

—Feliz noche, caballero.

Qué extraño personaje, no parece de por acá, pensó.

Regresó a su cuarto a descansar, no sin antes recordar a ese caballero que vio.

Al día siguiente aprovechó la noche para volver a salir.

La curiosidad de saber si regresaba y volver a ver a ese hombre misterioso.

Efectivamente estaba ahí, en la muralla, mirando el río. Ella se acercó y lo saludó.

—Buenas noches, caballero. Nuevamente por acá. ¿Qué lo trae a este lugar?

El quitándose el sombrero contesto.

—Buenas noches, señorita. Déjeme presentarme. Mi nombre es Kael Rhéon —dijo él, con una voz baja, grave, que parecía esculpida en mármol y humo.

Ella lo observó más de cerca. Su presencia imponente y elegante, su rostro simétrico y marcada mandíbula, de pómulos definidos y cejas densas que enmarcaban unos ojos grises azulados, penetrantes, llenos de intensidad y curiosidad. Su cabello era oscuro y algo rizado, que caía a sus hombros bajo el sombrero; contrastaba con su piel clara. Tenía un porte fuerte, hombros anchos; su sonrisa iluminaba el rostro. Con un encanto natural, todo un galán que imponía respeto, confianza y calma.

—¿Y usted, señorita? ¿Cómo es su nombre?

—Valieth —respondió ella después de un breve silencio—. Vivo cerca… soy sanadora. O al menos, eso intento.

Esbozó una leve sonrisa.

—¿Una sanadora que camina sola en la noche, entre sombras y peste? Tiene usted más valor que muchos hombres con espada.

Ella sintió un leve escalofrío. No de miedo. Algo más profundo. Algo que tocaba una fibra olvidada.

—Y usted… ¿qué lo trae hasta aquí? Esta ciudad no tiene muchas razones para atraer a forasteros.

Kael bajó la mirada hacia el río oscuro, inmóvil como un cuadro.

—Digamos que… busco algo que perdí hace mucho tiempo. Y a veces, lo que está roto se encuentra entre ruinas.

Valieth se apoyó en la piedra fría de la muralla. El viento le movía el cabello.

—Entonces, quizá ha venido al lugar correcto. Aquí todo está roto.

Kael la miró con una expresión imposible de leer.

—No todo.

Ella bajó la vista, incómoda por una sensación que no comprendía. Algo en ese hombre le recordaba las visiones que tenía en sueños: sombras caminando entre llamas, un corazón enterrado en un jardín seco y una voz que le decía: “El amor es una guerra antigua”.

—¿Vendrá mañana? —preguntó ella, casi sin pensarlo.

Kael hizo una leve reverencia, como si respondiera a una reina invisible.

—Si la noche me concede permiso… sí.

Y desapareció entre las sombras, sin dejar huella en el suelo húmedo.

Valieth volvió a su habitación con el pecho latiéndole extraño, como si una puerta se hubiera abierto dentro de ella. Y por primera vez en meses…

no pensó en la muerte… Pensó en él.

La noche siguiente, Valieth volvió al mismo lugar. No estaba segura de por qué. Tal vez por curiosidad. Tal vez por algo más difícil de nombrar. Kael ya estaba allí, apoyado contra la muralla de piedra, mirando el río. —Pensé que no vendrías —dijo él. —Yo pensé lo mismo de usted. Un perro callejero apareció entre las sombras del camino. Caminó hacia ellos con el lomo erizado. Cuando estuvo a unos pasos de Kael, se detuvo. Un gruñido bajo salió de su garganta. Valieth frunció el ceño. —Qué extraño… El animal retrocedió lentamente, sin dejar de mirarlo. Kael observó al perro alejarse. —Los animales a veces perciben cosas que los hombres prefieren ignorar. Valieth sostuvo su mirada. Por primera vez, no supo si aquello era una broma… o una advertencia.

Aquella noche hablaron poco más. Cuando Valieth regresó al monasterio, el cielo comenzaba a aclararse y el olor de la peste volvía a dominar el aire. El recuerdo de Kael, sin embargo, permaneció con ella durante toda la jornada. La noche siguiente volvió al río. Y la siguiente. Durante algunos días, el encuentro se repitió como una costumbre silenciosa. A veces hablaban. A veces caminaban junto a la muralla sin decir demasiado. Kael parecía conocer historias de lugares que Valieth jamás había visto: ciudades que ardieron y volvieron a levantarse, guerras olvidadas, hombres que cambiaron el curso de reinos enteros. Ella escuchaba. Algo en su voz tenía el peso de quien ha visto demasiado mundo. Pero entonces, una noche… Kael no apareció. Valieth esperó largo rato junto al río. El agua corría oscura y lenta bajo la luna, y el viento movía las ramas desnudas de los árboles. Pensó que quizá había sido solo un encuentro pasajero. Una coincidencia más en una ciudad que moría todos los días. No regresó la noche siguiente. Ni la otra. Y cuando Valieth comenzó a convencerse de que no volvería a verlo…

______________________________________________________________

Una semana después, Kael regreso. Venía tambaleante, pálido, con una herida profunda que sangraba a través de su camisa desgarrada.

—¿Qué le ocurrió? —exclamó Valieth, corriendo hacia él.

—Una trifulca… con unas bestias del bosque —alcanzó a decir entre jadeos. Sus labios apenas sostenían el color.

Ella no lo pensó. Le pasó el brazo por la cintura y lo atrajo hacia sí.

—Apóyese en mí. Vamos…

Kael obedeció en silencio, cediendo su peso sobre el cuerpo de Valieth, que apenas podía sostenerlo, pero lo hizo.

Sus pasos resonaban en el monasterio vacío. Solo se oía su respiración entrecortada y la suya acelerada.

Lo llevó hasta una pequeña área de curación, lo ubicó con delicadeza sobre una de las camas de madera e, inclinándose, abrió su camisa con manos cuidadosas pero firmes.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.