Valieth El Origen

Capitulo 6 El latido del palacio

CAPÍTULO 6

EL LATIDO DEL PALACIO

La noche transcurrió sin noticias. Valieth no preguntó por él. No tenía a quién hacerlo. Trabajó hasta que el cansancio le cerró los párpados y, aun así, durmió poco. Algo le decía que volvería.

Al otro día, Kael regresó ya entrada la noche.

Entró al monasterio como si nada hubiera ocurrido.

Valieth atendía a una mujer cuando lo vio llegar.

Dejó lo que estaba haciendo. Se levantó, sacudió el delantal y caminó hacia él con una mezcla de alivio y firmeza contenida.

—Caballero, buenas noches. ¿Cómo siguió su herida?

—Aún duele mucho.

—¿Me permite revisarlo?

Le dijo ella, guiándolo hacia un lugar para que se acomodara.

Luego comenzó a subirle la camisa mientras observaba la herida.

—Está mejor, pero requiere más medicina.

—Podría quedarse esta noche para seguir revisándola —dijo ella.

—No puedo. Debo irme, señorita. ¿Usted podría ir a mi casa para atenderla?

—¿Disculpe?

—Venir hasta acá no es sencillo y debo regresar pronto.

Valieth sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. No esperaba esa petición, pero, tras un instante de duda, comprendió que era una herida que necesitaba cuidado; ya no moriría por ella.

Respiró hondo y preguntó:

—¿Dónde vive usted, caballero?

—En el bosque, en el Castello di Ombraferma.

Ella no había oído hablar de ese lugar.

—¿Podría acompañarme al castillo? He traído el carruaje. El cochero nos llevará y la traerá de regreso, al momento que usted lo prefiera. No tema; me comprometo a que nada le suceda y a que vuelva al monasterio sin peligro alguno.

Luego de pensarlo, y con la seguridad que ofrecía el carruaje, dijo:

—Está bien, caballero. Termino de atender a dos pacientes e iré a concluir la cura de su herida y regresaré.

—Estaré esperándola afuera.

Al cabo de unos minutos, Valieth salió con sus medicinas en la canasta.

La sostuvo con firmeza, como si el peso no fuera de frascos y vendas, sino de algo más difícil de nombrar.

Kael la recibió en silencio y le ayudó a subir al carruaje. Su mano fue firme, segura, pero no invasiva. Luego él se acomodó frente a ella, manteniendo una distancia que no resultaba fría, solo contenida.

El cochero golpeó las riendas, los caballos relincharon y el vehículo comenzó a internarse en el bosque.

La niebla lo envolvía todo, espesa, densa, como un manto gris que borraba el mundo detrás de ellos. Los aullidos de los lobos resonaban entre los árboles, largos y lejanos, cortando el silencio con una advertencia antigua. Cada sombra parecía desplazarse apenas, como si observara su paso.

Valieth sintió el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. No era miedo. No exactamente. Era conciencia.

El bosque no era un lugar neutro.

Sin embargo, cada vez que sus ojos se encontraban con los de Kael, algo en su interior se aquietaba. Había en su mirada una seguridad inexplicable, una promesa muda de que nada los alcanzaría mientras él estuviera allí.

El carruaje avanzó durante horas.

El traqueteo constante marcaba el tiempo, y el aire se volvía más frío a medida que se adentraban en la espesura.

Hasta que, finalmente, la oscuridad comenzó a abrirse.

El carruaje emergió del bosque.

Frente a ellos se alzaba el castillo.

Oscuro.
Imponente.
Majestuoso.

Sus torres se recortaban contra el cielo nocturno como lanzas de piedra. Las ventanas, altas y estrechas, parecían ojos vigilantes.

Kael descendió primero.

El suelo crujió bajo sus botas.

Luego extendió la mano hacia ella.

Valieth dudó apenas un segundo antes de aceptarla.

Al tocarlo, sintió nuevamente esa mezcla inquietante de calma y vértigo.

Descendió del carruaje.

Juntos cruzaron la puerta pesada y chirriante.

El sonido del hierro contra la piedra retumbó en el interior.

Entraban en un mundo de sombras.

De ecos.

Y de algo más que aún no tenía nombre.

Valieth cruzó el umbral con una cautela que no era miedo, sino asombro.

Desde fuera, el castillo se alzaba como una fortaleza hecha para resistir siglos de tormentas y guerras. Pero al entrar, algo cambiaba. El aire era distinto. Había una calma profunda, casi íntima, como si aquellas piedras hubieran aprendido a guardar silencio.

Se detuvo apenas unos pasos después de atravesar la puerta.

Sus dedos rozaron la pared de piedra pulida. Estaba tibia bajo su piel, como si el castillo conservara el calor de quienes lo habían habitado durante generaciones.

Alzó la mirada lentamente.

Los muros estaban cubiertos de tapices antiguos y retratos de otras épocas: hombres de mirada severa, mujeres vestidas con telas que parecían haber pertenecido a otro mundo. Entre ellos se abrían paisajes pintados que mostraban montañas lejanas y ríos que parecían moverse bajo la luz tenue de las velas.

El pasillo principal se extendía amplio frente a ella. Sobre su cabeza, candelabros de bronce colgaban del techo alto, y la luz de las velas se reflejaba en la piedra del suelo formando destellos cálidos que se desplazaban a cada paso.

Valieth caminó despacio.

Como si temiera despertar algo.

Pasó la mano por el respaldo de uno de los sillones frente a la chimenea. El cuero estaba gastado por el tiempo, suave bajo sus dedos, como si muchas noches hubieran transcurrido allí entre fuego, conversación y silencio.

Se inclinó un poco hacia el fuego.

El calor le acarició el rostro.

Entonces percibió el olor.

Papel antiguo.

Giró la cabeza.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías.

Decenas de ellas.

Libros de todos los tamaños y edades descansaban alineados con una precisión silenciosa. Algunos estaban encuadernados en cuero oscuro; otros conservaban letras doradas que brillaban apenas bajo la luz del fuego.




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