Valieth El Origen

Capitulo 7 La fragilidad de la carne

CAPÍTULO 7

LA FRAGILIDAD DE LA CARNE

El regreso al monasterio fue silencioso. Valieth bajó del carruaje con pasos lentos, los dedos aún aferrados al borde de su manto como si se negara a soltar el recuerdo de la noche anterior.

Algo en el mundo había cambiado. El aire parecía más liviano. La luz, más viva. El color de las hojas, más dorado. Los sonidos, más suaves, como si la naturaleza se inclinara ante ella.

Mientras curaba a los enfermos ese día, sus manos se movían con más ternura, sus palabras eran más cálidas. Una anciana le tomó la muñeca y le susurró con ojos llorosos:

—Hoy tienes la luz de alguien que ha sido tocado por el amor.

Valieth sonrió débilmente. Porque sí… cada segundo con Kael ardía aún en su piel. Era una sensación tan suave como la seda y tan feroz como el fuego. Una contradicción viva.

Esa noche, como empujada por un instinto profundo, salió de nuevo al camino. El cielo estaba cubierto, la brisa era fría, pero ella no lo sentía. Solo buscaba una silueta en la oscuridad… pero no estaba.

El corazón se le encogió.

La duda se deslizó como una sombra. ¿Y si no regresaba?
¿Y si solo había sido un instante robado a la eternidad?

Con el alma pesada, dio media vuelta para volver al monasterio. Caminó unos pasos, hasta que algo… un susurro, una vibración sutil… la obligó a girarse.

Y allí estaba él.

De pie bajo la tenue luz de la luna, esperándola.

—Valieth… te necesito. —Su voz era grave, quebrada, vulnerable.

Ella se detuvo, sin aliento.

—Quédate conmigo en el castillo. No puedo dejar de pensarte. Ese lugar… es oscuro y frío sin ti. Ven. Ilumínalo para mí.

Valieth sintió cómo el pecho se le apretaba, su corazón golpeando fuerte.

—Pero antes, dime… ¿quién eres tú, Kael?

Kael bajó la mirada unos segundos. Luego la alzó, y en su rostro no había mentira, solo tristeza.

—Te lo contaré en el castillo. Allí podré hablarte con calma. Si después de saberlo decides marcharte, no te lo impediré. Te lo prometo.

Valieth lo miró largo rato… y entonces, sin una palabra más, subió al carruaje.

El crujir de las ruedas resonó en el silencio de la noche, mientras los caballos se lanzaban al trote. El castillo los esperaba, envuelto en niebla… y secretos.

La lluvia golpeaba con insistencia. El cochero de Kael iba en silencio. Kael solo se aprestó a tomar de la mano a Valieth y llevarla así hasta llegar al castillo.

El cochero paró.

Kael bajó y ayudó a bajar a Valieth.

El castillo estaba tranquilo, apenas iluminado por antorchas. No hablaron. El silencio entre ellos pesaba más que mil palabras.

Llegaron a la sala y pasaron a un lugar secreto escondido detrás de un arco tallado con símbolos extraños y olvidados. Allí, una chimenea crepitaba y una mesa baja estaba dispuesta con vino.

Kael le indicó que se sentara.

Él se mantuvo de pie, mirando las llamas, con los hombros tensos.

—Lo que voy a decirte, Valieth, no tiene marcha atrás.

—Estoy lista —respondió ella con voz serena, aunque por dentro temblaba. Ella, desde pequeña, estaba preparada para estas situaciones; el misticismo, lo inexplicable ya lo conocía por su madre adoptiva. No era ajena a esta situación.

Kael respiró profundo.

—Valieth, me imagino que tienes muchas dudas sobre mí.

—Kael, yo solo quiero saber quién eres tú. Por qué me atraes tanto como eres y no quiero que eso cambie.

—Yo sí quiero que lo sepas todo. Porque no quiero que luego sufras por culpa mía. Quiero contártelo.

Valieth asintió con la cabeza en señal de aceptación.

—Está bien. Cuéntamelo.

Kael. daba vueltas a su mente para saber cómo empezar.

—No soy lo que crees. Valieth.

—Entonces dime ¿que eres?

—Alguien que no debería amarte.

Valieth frunció el ceño, desconcertada.

—¿Qué dices, Kael? ¿De qué estás hablando?

Él no respondió de inmediato. Bajó la mirada, como si las palabras pesaran demasiado.

—El cielo me condenó.

Un silencio breve.

—Por interferir en el destino de los humanos…
y por sentir lo que no me estaba permitido.

Alzó la vista. Había oscuridad en sus ojos.

—algo en mi despertó, por alguien que debía morir.

Valieth contuvo el aliento.

Kael siguió hablando, pero con algo de cautela.

—y desobedecí.

El aire entre ellos se volvió más denso.

—Desde entonces… no pertenezco a ningún lugar.

Miró a su alrededor, como si aquel mundo le resultara ajeno.

—Ni a lo eterno… ni a lo humano.

Hizo una pausa.

—El umbral es solo… un intermedio.

Valieth lo observaba sin apartar la mirada.

Kael dudó apenas un instante antes de continuar.

—Hay cosas en mí que ya no reconozco.

Su voz descendió, casi a un susurro.

—Necesidades que no elegí.

Silencio.

—Aprendí que debo tomar sangre. —hizo un silencio más largo aun— para poder estar en este lugar...

Esa última frase fue firme. Casi una declaración.

Valieth lo sostuvo con la mirada. No había miedo… solo una inquietud profunda.

Un latido.

—¿Por qué yo?

—Porque desde la primera vez que escuché tu voz supe que llevabas algo dentro… algo antiguo. En otra vida. En otro tiempo.

—¿Reencarnación?
¿Destino?
¿Engaño divino?

Él se agachó cerca de ella. El silencio fue largo.

Kael tardó en responder. No porque dudara. Sino porque estaba decidiendo cuánto revelar.

—Te amo, Valieth. Tú enciendes el fuego en mí, pero a veces siento miedo de condenarte a ti también y no sé qué hacer.

Valieth, en un murmullo silencioso:

—Yo también te amo.

Kael le tomó la mano.

—No podré cuidarte todo el tiempo.
No podré ayudarte cuando me necesites.
Por eso no estoy seguro de tenerte a mi lado. Pero te amo tanto que me duele dejarte sola.




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