Valieth El Origen

Capitulo 8. El pueblo arde

CAPITULO 8

EL PUEBLO ARDE

Los días siguientes algo comenzó a cambiar en la villa.
No fue inmediato.
Fue sutil.
Una mujer a la que Valieth había salvado semanas atrás bajó la mirada cuando la vio pasar por la plaza.
Un niño que antes corría a abrazarla se escondió detrás de las faldas de su madre.
Dos hombres susurraban junto al pozo.
Cuando Valieth se acercó, callaron.
La palabra no se dijo en voz alta.
Pero estaba allí.
Bruja.
Y aun así, cuando la muerte se presentó en una casa del pueblo… volvieron a buscarla.
Porque el miedo puede odiar a quien salva vidas.
Pero la desesperación siempre termina llamando a su puerta.

El niño no descendía. La sangre ya comenzaba a escapar demasiado rápido.
Un hombre llegó al castillo, desesperado. Su esposa estaba al borde de la muerte. El parto llevaba horas detenido.
En 1689, aquello era una sentencia final.
Cuando un bebé no nacía, la madre moría con él.
No había alternativa.
No existía el acto de abrir el vientre para salvar una vida.
Era impensable.
Antinatural.
Una abominación.
Pero Valieth no aceptaba sentencias.
Partieron detrás del hombre en el carruaje.
Cuando llegaron a la casa, Kael sostuvo la mirada de la mujer agonizante y luego miró a Valieth.
No necesitaban hablar.
Sabían que cruzarían una línea que el mundo jamás perdonaría.
Encendieron más lámparas.
Hirvieron agua.
Prepararon instrumentos que nadie en la villa había visto jamás.
Kael permitió que Valieth entrara en acción bajo sus indicaciones, como lo habían hecho en prácticas: perfeccionando cortes limpios, suturas firmes, tiempos exactos.
Esa noche no hubo rezos.
Hubo decisión.
Valieth abrió el vientre.

Con precisión.
Con firmeza.
Con una calma que no parecía humana.

El niño nació cubierto de sangre y silencio… hasta que respiró.

La madre no murió.

Vivió.

Ambos vivieron.

Aquello no fue un milagro.

Fue cirugía.

Y eso fue peor.

La noticia se propagó como pólvora. En la villa no se hablaba de ciencia. Se hablaba de transgresión. De un cuerpo abierto que debía permanecer sellado por voluntad divina. De una mujer que cortaba carne viva y desafiaba el designio de Dios.

La palabra comenzó a repetirse: brujería.

Que dormía a las personas para arrancarles el alma.
Que hablaba con fuerzas oscuras.
Que vivía con el demonio en el castillo.

Que ningún humano podía sobrevivir a lo que ellos hacían.

Porque nadie comprendía que Kael no era humano.

Y que Valieth tampoco pertenecía del todo a ese mundo.

Las miradas cambiaron.

Las puertas se cerraron.

Los susurros se volvieron acusaciones.

Toda la villa comenzó a hablar de herejías y demonios que habitaban en el castillo embrujado.

Valieth tuvo que dejar de ir al monasterio. La acusaron de prácticas indebidas, de profanar el cuerpo humano, de estar poseída por el demonio con quien vivía.

La cirugía no salvó solo una vida.

Desató la guerra.

Para ella y para Kael aquello era dolorosamente complejo, porque la medicina exige decisiones que nadie quiere tomar. Hay que hacer lo impensable para salvar una vida.

Extraer un apéndice inflamado significa abrir carne viva para evitar que la infección consuma el cuerpo desde dentro. Amputar una pierna implica aceptar la pérdida para impedir que la gangrena arrastre al paciente a la muerte. Enfrentarse a la encrucijada de salvar a un bebé cuando la madre se desvanece… o intentar salvar a la madre aun sabiendo que el niño podría no resistir.

Abrir el vientre de una mujer para rescatar a su hijo y luego cerrarlo con la esperanza de conservar también su vida.

Eso era medicina.

Eso era responsabilidad.

Pero el pueblo no comprendía esa lógica. No veía ciencia ni conocimiento. Solo veía sangre.

Y Kael, a través de Valieth, se había convertido en el mejor médico que aquella región había conocido jamás.

En la villa, la rabia comenzó a hervir. Estaban encendidos por lo ocurrido: salvar a una mujer y a su hijo después de una escena que muchos describían como apocalíptica en aquel cuarto iluminado por lámparas y sombras. Para ellos no fue cirugía. Fue transgresión.

Pensaban que aquello era una maldición. Que la madre y el bebé no eran humanos, sino criaturas traídas del más allá.

El miedo se transformó en furia.

Se armaron con palos, antorchas, espadas y mosquetes rudimentarios. Hombres que jamás habían sostenido una idea firme ahora sostenían fuego.

Marcharon hacia el castillo.

No buscaban respuestas.

Buscaban culpables.

El mayordomo de Kael fue el primero en advertir lo que se aproximaba.

—Señor, se aproxima una gran asonada. Toda la villa los acusa de herejía, de brujería, de pactos con demonios. Van a incendiar el castillo. Huya, señor, huya con la señora.

Kael sintió algo que rara vez lo visitaba.

Terror.

Buscó a Valieth, que permanecía en el laboratorio, concentrada en sus frascos y mezclas.

—Amor, deja eso. Tenemos que irnos ahora. Vienen por nosotros.

Ella alzó la vista, confundida.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Debimos haberla dejado morir. Ellos no entienden aun lo que es una cirugía… y menos cómo abrimos el vientre, sacamos al bebé y devolvimos todo a su lugar. Creen que soy el demonio. Y tal vez… eso soy.

Valieth dio un paso hacia él.

—¿Qué dices, Kael? Has salvado a mucha gente y puedes seguir haciéndolo. Sabes más que cualquiera. La gente te necesita. Salvaste a una madre y a su hijo.

—No… este no es el momento de enseñarles lo que sé. Estoy aquí precisamente por desobedecer. Y vuelvo a hacerlo. No puedo revelarles lo que conozco.




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