CAPÍTULO 9
DESPERTAR DE SANGRE
El galopar pesado retumbando como un tambor de muerte detrás de ella.
No se detuvo.
Corrió sin pensar, sin sentir el dolor, hasta internarse en lo más profundo del bosque. Allí donde la luz apenas se filtraba. Allí donde el mundo parecía olvidar la existencia humana.
Las piernas finalmente la traicionaron.
Cayó con violencia sobre la tierra húmeda, golpeándose contra raíces ocultas, y la oscuridad volvió a reclamarla.
Desvanecida.
En el sueño, el infierno la aguardaba.
Revivía la muerte de Kael una y otra vez. Cada detalle. Cada instante. El horror intacto, sin misericordia.
Los gritos.
La multitud.
Sus colmillos expuestos en el último acto de resistencia.
Y esa maldita estaca… hundiéndose en su pecho, arrebatándole la vida, arrebatándole todo.
Despertó sobresaltada, empapada en sudor frío, con un gemido contenido en la garganta.
Se incorporó tambaleante y volvió a correr.
No sabía hacia dónde.
Solo sabía que no podía permanecer allí.
Cuando por fin se detuvo, su cuerpo estaba exhausto, fracturado por dentro. Miró a su alrededor: nada más que bosque. Árboles interminables. Un silencio espeso.
Y ella.
Devastada.
El poder no llegó como una iluminación.
Llegó como ruptura.
Valieth cayó de rodillas sobre el pasto empapado.
Algo dentro de su pecho se abrió, como si una fuerza invisible estuviera separando costillas que no eran solo hueso.
Sangró.
No por la piel.
Desde lo más profundo.
Y comprendió, mientras el aire se le escapaba entre los dientes, que ese poder no había sido creado para ser contenido.
Había sido forjado para sobrevivir a cualquiera que intentara dominarlo.
El llanto la atravesó sin freno, torrencial, sacudiéndola desde lo más hondo.
Cuando gritó, lo hizo con la fuerza que aún le quedaba, con un dolor tan puro que pareció desgarrar el aire mismo.
El grito atravesó el bosque.
—¡KAEL!
Los árboles lo oyeron.
La noche lo recibió.
Pero él no respondió.
Se incorporó con esfuerzo, obligándose a avanzar unos pasos más, arrastrando el cuerpo como si ya no le perteneciera.
Cada movimiento era una traición.
No llegó lejos.
Las fuerzas la abandonaron de pronto y volvió a desplomarse, vencida.
El sueño la tomó sin permiso: pesado, denso, como una caída interminable.
Durante ese letargo.
Valieth cambió.
Su cuerpo adoptó otra forma. Los músculos se tensaron y se expandieron bajo la piel. Las piernas adquirieron firmeza, como si estuvieran siendo templadas desde dentro. Los brazos comenzaron a sostener un peso que antes habría resultado imposible.
Su espalda se alineó, se endureció, como si una mano invisible la estuviera moldeando sin delicadeza.
El dolor la arrancó del sueño.
Despertó expulsando sangre.
El aire no entraba. No salía.
Se asfixiaba.
El pecho se le cerró bajo una presión insoportable, como si algo comprimiera sus pulmones desde el interior.
Cada intento de respirar era una punzada que la hacía retorcerse sobre la tierra.
El sufrimiento era absoluto.
Incalculable.
Las piernas ardían sin descanso, consumidas por un fuego interno que no se extinguía.
Era como morir.
Y, al mismo tiempo, como nacer en un cuerpo distinto.
Se lanzó contra el tronco del árbol una y otra vez, intentando distraerse, buscando escapar del tormento, aunque fuera por un instante.
La corteza le rasgó la piel, pero no le importó.
Nada importaba ya.
Gritó.
Y volvió a hacerlo.
Cada vez con más fuerza, hasta que la voz se le quebró, hasta que la garganta comenzó a arderle por dentro.
Clamaba para que alguien la escuchara. Para que alguien la encontrara. Para que alguien, por compasión, la matara.
La sensación era la de arder viva, lenta, despierta, consciente de cada segundo que transcurría sin alivio.
Finalmente, su cuerpo cedió.
Cayó rendida sobre la tierra húmeda, temblando, vacía, sin fuerzas siquiera para llorar.
La penumbra regresó, cerrándose sobre ella como un manto denso.
Y otra vez perdió el conocimiento.
Kael la observaba.
No con forma.
No con cuerpo.
Pero estaba allí.
—No debías ser tú —murmuró.
No se apartó.
—Estaré cerca. Te lo prometo.
El camafeo ardió contra su pecho.
Al día siguiente despertó.
La memoria de la jornada anterior cayó sobre ella como un peso imposible de esquivar. Cada imagen regresó intacta, cruel, nítida.
La muerte.
El fuego.
La huida.
Su cuerpo dolía como si hubiera sido golpeado durante horas. La ropa estaba desgarrada, sucia, marcada por el humo y la tierra.
Aun así, decidió avanzar.
Caminó durante horas, sin rumbo definido, hasta que a lo lejos distinguió indicios de vida.
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Editado: 30.03.2026