Valieth El Origen

Capitulo 10 La primera sangre

CAPITULO 10

LA PRIMERA SANGRE

La niebla se volvió más ligera. El suelo ya no estaba cubierto solo de raíces y musgo, sino de senderos marcados por ruedas y pisadas humanas.

El aire también era distinto.

Ya no olía a tierra húmeda y silencio.

Olía a humo.

A leña quemada.

A vida.

Valieth se detuvo.

A lo lejos, entre la bruma que aún se resistía a desaparecer, distinguió siluetas rectas, techos inclinados, una torre pequeña que cortaba el horizonte gris.

Un pueblo.

La villa de Chioggia.

El nombre no le dijo nada. No despertó memoria ni amenaza. Solo significaba algo simple y urgente: comida. Refugio. Calor.

Dudó unos instantes antes de acercarse, pero el hambre pudo más que el miedo.

Robó un abrigo colgado en un tendedero y se lo puso con manos aún temblorosas.

Entró con cautela.

La cantina estaba llena de murmullos bajos, olor a pan endurecido y a vino agrio. El aire era espeso, cargado de humo y conversaciones que se apagaban cuando alguien cruzaba la puerta.

Su aspecto era desaliñado: la capota del abrigo le cubría la cabeza, el rostro sumido en sombras, apenas visibles sus ojos azules, que brillaban con una intensidad que no coincidía con el agotamiento de su cuerpo.

Cuando una joven se acercó con un plato humeante, Valieth no aguardó.

Tomó la comida y la devoró como quien no ha probado bocado en meses.

No alzó la mirada.

No pronunció nada.

La muchacha la observaba en silencio, con una mezcla de curiosidad y recelo.

Al terminar, Valieth se puso de pie. Buscó en el bolsillo y encontró una única moneda. Se la ofreció sin decir palabra.

La joven la aceptó… y de inmediato se la devolvió.

Con un gesto discreto la invitó hacia la esquina más oscura de la cantina y, apretándole la mano, le indicó que guardara el dinero.

El contacto fue breve, pero firme.

Casi una advertencia.

Valieth la observó, desconcertada.

—¿Eres Valieth? —susurró la muchacha, echando un vistazo alrededor con evidente temor.

El nombre cayó como un golpe seco.

Valieth no apartó la vista.

—¿Y qué con el nombre?

—¿Cómo está mi padre? —preguntó la joven, en un hilo de voz.

Valieth sostuvo su expresión unos segundos antes de responder.

—¿Quién es tu padre? —replicó con cautela.

—El mayordomo del señor Kael.

El corazón de Valieth se detuvo un instante.

Por un segundo quiso abrazarla, aferrarse a ese vínculo inesperado… pero no pudo.

Algo en su interior la contuvo.

—Tu padre está bien —afirmó al fin—. Logró escapar.

El alivio cruzó el rostro de la joven… y se extinguió casi de inmediato.

—¿Y el señor Kael?

Valieth bajó la vista.

—Él… está muerto. Lo mataron.

La muchacha cerró los ojos, conteniendo la respiración como si el dolor también le perteneciera.

—Lo siento mucho, Valieth. De verdad. Pero hay algo que debes saber. Mi padre lo sabía… y me lo confió. Es un secreto.

Valieth alzó lentamente la mirada.

—¿De qué hablas?

La joven vaciló.

Luego bajó aún más la voz.

—El señor Kael no era un hombre común. Era… un ser del inframundo. Del más allá. Poseía un poder que nadie aquí comprendería.

Un frío lento recorrió la espalda de Valieth.

—¿Qué estás diciendo? —murmuró apenas.

—Era algo parecido a un vampiro —susurró la joven—. ¿Te mordió?

Instintivamente, Valieth llevó la mano al cuello. Sus dedos encontraron dos pequeñas protuberancias. Al presionarlas, un dolor agudo atravesó la piel y descendió como un eco profundo.

—Sí —respondió en voz baja—. Lo hizo.

La muchacha la observó con una mezcla de miedo y compasión.

—Entonces ya lo sabes —dijo, con la voz quebrada—. Ahora tú eres como él.

—¿Por qué me dices esto?

La joven dio un paso atrás.

—Porque le debo un favor. Y porque él te amó —dijo con una tristeza sincera—. Jamás usó ese poder contra nosotros. Nunca. No lo uses tú tampoco.

—Espera —intentó detenerla Valieth.

—No puedo hablar más —respondió, alejándose—. Ten cuidado. De verdad.

Y se fue.

Valieth quedó sola en la cantina.

Salió a la calle con la cabeza llena de palabras que taladraban su mente, una tras otra.

Kael.

El poder.

La mordida.

El amor.

El legado que no había pedido.

El mundo acababa de volverse más oscuro.

Y ella, más peligrosa.

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Apenas salió de la cantina, no alcanzó a dar más de unos pocos pasos.

Unas manos ásperas la sujetaron con violencia desde atrás.

No tuvo tiempo de gritar.

La arrastraron entre callejones estrechos hasta empujarla dentro de un calabozo húmedo y sombrío.

La puerta se cerró con un golpe seco de hierro.

—Tú vienes de Viena… —escupió uno de los hombres—. Están buscando a una mujer con tus características.

Se inclinó hacia ella con una sonrisa torcida.

—Te van a quemar, preciosa.

El hombre era horripilante: sucio, encorvado, con los dientes negros y la mirada cargada de intención.

Cerró la celda riéndose, dejando tras de sí el eco de su burla.

Valieth se estremeció.

El calabozo estaba lleno de ratas. El olor a orina y humedad era insoportable. El frío se le metió en los huesos.

Sintió, de pronto, una necesidad desesperada de Kael.

De su presencia.

De su voz.

Pero la imagen de aquella noche volvió como un latigazo:

la estaca.

las cadenas.

la multitud.

Se abrazó a sí misma, temblando.

Al tocarse los brazos notó algo distinto.

Algo que ya no estaba igual.

Cerró los ojos y recordó los abrazos de Kael, sus besos, su forma de protegerla, de mirarla como si el mundo no pudiera tocarla mientras él estuviera allí.




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