La nueva casa olía a pintura fresca, a madera seca y a muebles que no les pertenecían. A Elena le pareció un lugar limpio pero extraño, como un disfraz de hogar. No tenía el crujido familiar del piso de Nivarith, ni el sonido del viento soplando entre los árboles. Tampoco tenía esa luz amarilla que se colaba entre las cortinas viejas por las mañanas. Aquí todo era blanco, nuevo, y demasiado silencioso.
—Este será tu cuarto —dijo su madre, dejando una caja en el piso alfombrado.
Elena no respondió. Caminó hasta la ventana y abrió las persianas. Afuera, una hilera de casas idénticas se alineaba como fichas. Céspedes recortados al milímetro. Autos brillantes en los garajes. Ni rastro del caos vivo del bosque.
Su madre se acercó y le acarició el cabello con torpeza.
—Podemos decorarlo como tú quieras.
Elena asintió, pero su mente estaba lejos. A cientos de kilómetros. En un bosque donde los árboles susurraban.
Los días siguientes pasaron lentos. Su padre salía a trabajar temprano. Su madre apenas hablaba, concentrada en limpiar, ordenar, borrar cualquier rastro de la vida anterior. Elena, en cambio, pasaba horas sentada en el porche trasero, observando. Esperando.
Y fue ahí donde lo vio por primera vez.
Un niño, de su edad o un poco mayor, caminando descalzo por el césped del jardín vecino, con una camiseta rota y el cabello alborotado como si acabara de despertar de una pesadilla.
Se detuvo justo en la línea que dividía los dos patios. La miró sin miedo.
—¿Tú eres la nueva?
Elena asintió.
—¿De dónde vienes?
—De un lugar que ya no existe.
El niño ladeó la cabeza, curioso.
—Eso suena a película de terror.
Elena se encogió de hombros.
—Tal vez lo fue.
Él sonrió.
—Yo soy Tomás —dijo, cruzando la línea del jardín como si nada. Se sentó a su lado en el escalón de cemento, con la naturalidad de alguien que no necesita invitación—. Tu casa es rara. Nadie vivía aquí desde hace años.
—¿Por qué?
—Dicen que los que llegan aquí, siempre se van.
Elena lo miró de reojo.
—¿Y tú? ¿Vas a quedarte?
—No lo sé.
**
Tomás Rivera era un niño difícil de leer. No era ruidoso como los otros chicos del vecindario, ni se vestía con ropa cara. Tenía ojeras profundas para su edad, como si cargara con pensamientos que no le correspondían. Hablaba con pausas largas, como si cada palabra pasara primero por una criba invisible.
Físicamente, era delgado y moreno, con ojos oscuros que parecían demasiado grandes para su cara. Su cabello, casi siempre revuelto, le caía en la frente sin orden. Tenía una cicatriz tenue en la ceja derecha, y un leve temblor en las manos que trataba de disimular.
Psicológicamente, era una mezcla de dureza y ternura. Observador, solitario, algo salvaje. Un niño que aprendió a callar antes de aprender a confiar. Elena lo entendió al instante, porque ella también cargaba con lo no dicho.
**
Pasaron varios días hablando en el porche. Elena apenas salía. La escuela aún no empezaba, y su madre insistía en que era mejor darle tiempo para adaptarse. Pero ella no quería adaptarse. Solo quería recordar. O tal vez olvidar.
—¿Tienes hermanos? —le preguntó Tomás una tarde.
Elena bajó la vista.
—Tenía una hermana.
—¿Y ahora?
—Ya no.
Tomás no preguntó más. Solo se quedó callado un rato. Luego sacó de su bolsillo un trozo de madera tallada, con formas circulares.
—Mi abuela me enseñó a tallar. Esto lo hice para ti.
Elena lo tomó con delicadeza. No era perfecto, pero tenía algo real. Algo hecho con las manos, con el tiempo, con intención.
—Gracias.
—¿Quieres ver mi casa?
Dudó.
Pero asintió.
La casa de Tomás era más antigua, de madera azul gastada y ventanas sin cortinas. Adentro olía a café y a incienso. Su abuela, una mujer pequeña de piel oscura y ojos claros como agua vieja, tejía en silencio en una mecedora junto a la chimenea apagada.
—¿Ella es la niña? —preguntó sin mirar.
—Sí, abuela. Se llama Elena.
La mujer alzó la vista. Sus ojos eran casi transparentes.
—Tienes algo en la espalda —dijo, sin saludar.
Elena frunció el ceño.
—¿Perdón?
—No lo ves. Pero lo cargas. Como una sombra. No es tuya... pero te sigue.
Elena se quedó helada. Tomás no dijo nada. Solo le ofreció una taza de té.
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Esa noche, al regresar a casa, Elena subió lentamente las escaleras y se encerró en su habitación. Cerró la puerta con cuidado, como si temiera que algo —o alguien— pudiera seguirla desde la casa de Tomás.
Se sentó al borde de la cama, con el trozo de madera tallada en la mano. Lo observó bajo la luz del velador: la figura no era exactamente simétrica, pero tenía una forma parecida a un ojo, o quizá a una espiral. Había líneas grabadas que se cruzaban en el centro, como un laberinto incompleto.
Volvió a mirar por la ventana. Afuera, los árboles del vecindario se mecían suavemente con el viento. Eran árboles jóvenes, casi todos plantados por urbanistas, domesticados. Pero esa noche, cuando el viento sopló entre sus hojas, por un instante le pareció oírlo. No el viento en sí... sino la voz.
"Él aún te escucha."
Elena contuvo el aliento.
La frase no era nueva. La había soñado alguna vez. O tal vez no fue un sueño. Era como una palabra antigua que regresaba cuando todo estaba en silencio. Como si alguien, en algún lugar, intentara recordarle algo importante... algo que ella había prometido no olvidar.
Se metió bajo las sábanas sin cambiarse. La casa estaba en completo silencio. Desde el pasillo, podía oír a su madre en la cocina, lavando los platos, y el zumbido del refrigerador que se apagaba y encendía intermitente. Todo parecía en orden. Todo era normal.
Pero Elena no se sentía en casa.
No se sentía en ningún lugar.
Cerró los ojos, intentando dormirse. Pero la imagen de la abuela de Tomás regresó, con sus ojos pálidos y esa voz tan seca como el papel quemado.