El pasillo de la preparatoria Roosevelt olía a marcadores secos, desinfectante barato y ansiedad adolescente. Era lunes por la mañana y, como de costumbre, las filas de casilleros vibraban con ecos de conversaciones, risas nerviosas, quejas por la tarea y el crujido de bolsas de papas fritas.
Elena caminaba por el pasillo central con su cámara colgada del cuello, como si fuera una parte más de su cuerpo. El lente descansaba contra su pecho, pero su dedo índice no dejaba de tocar los botones, jugando con los ajustes. Su cabello, largo y oscuro, caía desordenado sobre sus hombros, y sus gafas grandes se deslizaban cada tanto por su nariz.
Llevaba una camiseta negra con una cámara Polaroid estampada, jeans rasgados y su mochila azul repleta de libretas, filtros de color, y una vieja libreta de tapas rojas donde dibujaba cosas que no siempre entendía del todo. Le gustaba sentarse sola a observar a la gente, capturar momentos sin que lo notaran, como si el mundo real solo ocurriera cuando nadie lo miraba directamente.
—Mira quién llegó con cara de película europea deprimente —dijo una voz conocida a su espalda.
Elena no tuvo que girarse.
—Tomás, ¿cuántas veces te he dicho que no hables así de mi cara?
El chico apareció a su lado, sonriendo con esa media sonrisa suya que siempre parecía esconder algo más. Ahora medía casi un metro ochenta, tenía los hombros anchos y la espalda recta de alguien que entrenaba todos los días. Su cabello seguía siendo rebelde, y sus ojos, aunque más cansados, mantenían ese brillo inquisitivo.
—Lo siento, madame fotógrafa. Prometo que esta vez solo la estaba admirando en silencio.
Elena resopló con una sonrisa.
—Admírame con menos ruido la próxima vez.
—¿Y perderme el privilegio de molestarte? Jamás.
Mientras caminaban juntos por el pasillo, muchos los miraban. No porque fueran la pareja perfecta —no lo eran, y nunca se habían llamado así— sino porque había algo raro en ellos. Ella, la chica brillante que sacaba A+ en literatura y que pasaba horas editando fotos en la biblioteca. Él, el chico popular que metía touchdowns los viernes por la noche y que aún así prefería pasar el recreo con la misma niña que conoció años atrás en un porche trasero.
Tomás saludaba con un movimiento de cabeza. Elena asentía. Pero entre ellos, no había esfuerzo. Solo una sincronía natural.
Llegaron al casillero de ella. Elena lo abrió y sacó su cuaderno de química, un libro de Sylvia Plath y una caja de carretes fotográficos.
—¿Estás lista para la clase del señor Abrams? —preguntó Tomás, apoyándose contra los casilleros.
—Si por "lista" te refieres a que tengo suficientes cosas escritas en mi brazo como para aprobar un examen con trampa... entonces no. Pero sí.
—Siempre tan dramática.
—Siempre tan funcional.
—Siempre tan tú.
Se miraron un segundo. Una de esas pausas en las que nada se dice, pero todo se nota.
—Tengo que pasar por el laboratorio de revelado después de clases —dijo ella, rompiendo el momento.
—¿Quieres que te acompañe?
—Claro. Pero sin intentar tocar nada esta vez. La última vez casi revelas un carrete encima del otro.
—Prometo mantener mis manos lejos de tus químicos mortales.
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La clase de literatura transcurrió como de costumbre. Elena respondía las preguntas antes de que el profesor terminara de hacerlas. Sus compañeras la miraban con una mezcla de admiración y resignación. Ella no lo hacía por presumir. Simplemente no sabía cómo callarse cuando algo le apasionaba.
Mientras el profesor explicaba las metáforas en "La campana de cristal", Elena escribía en su libreta cosas que no tenían relación con la clase. Garabateaba una silueta con ojos negros y un bosque detrás. En la esquina inferior de la hoja, escribió:
"La memoria no es una fotografía: es un cuarto oscuro sin interruptores."
Pensó en eso unos segundos. Luego lo subrayó dos veces.
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En el almuerzo, se sentaron en la mesa más alejada, como siempre. Tomás tenía su bandeja de comida típica —hamburguesa, papas, leche— y Elena su termo de café negro y una empanada que probablemente había preparado su madre el domingo.
—¿No te cansas de tomar café a esta hora? —preguntó Tomás mientras masticaba.
—No me canso de vivir —respondió Elena.
—Y sin embargo llevas la energía de una abuela de 85.
—Y tú la de un perro labrador hiperactivo.
—Gracias. Siempre quise ser descrito como un perro.
Elena sonrió mientras revisaba las fotos que había tomado esa mañana. Había capturado una imagen de una hoja cayendo justo frente a una ventana abierta. La luz la atravesaba como si estuviera hecha de vidrio.
Tomás se inclinó a mirar.
—Te va a llevar lejos tu obsesión con las cosas que nadie más nota.
—Eso o a un psiquiátrico.
—Bueno, mientras tenga buena luz, yo te visito.
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Después del almuerzo, se cruzaron con Sarah Blake, la capitana del equipo de porristas. Saludó a Tomás con una sonrisa blanca perfecta, casi reluciente, y le tocó el brazo mientras hablaba. Elena observó en silencio, sin interrumpir.
Cuando Sarah se fue, Tomás notó su expresión.
—¿Qué?
—Nada —respondió Elena, guardando su cámara.
—No me mires con esos ojos de "estoy analizando tu alma".
—No es tu alma lo que me preocupa.
Tomás arqueó una ceja.
—¿Entonces?
—No todas las luces son buenas, Tomás. Algunas solo ciegan.
Él la miró un momento.
—¿Eso es una metáfora? ¿O una advertencia?
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La última clase del día fue fotografía. Elena entró con una sonrisa auténtica por primera vez. La sala tenía olor a químicos y papel húmedo. Las paredes estaban cubiertas con fotos en blanco y negro: retratos, paisajes, rostros distorsionados. Un santuario para los que veían el mundo en escalas de gris.