Valle De Sombras

Capítulo 4: Ecos en los Pasillos.

El timbre sonó como un chillido metálico que atravesó el pasillo con un escalofrío. Era lunes, y aunque el sol se filtraba cálido por las ventanas del instituto, había algo en el aire que hacía que la piel de Elena se erizara. Tal vez era el silencio inusual con que habían comenzado las clases, o quizá la forma en que algunos estudiantes parecían mirar por encima del hombro, como si esperaran que algo —o alguien— apareciera de la nada.

Elena caminaba junto a Tomás, como cada mañana. Él llevaba una mochila colgada de un solo hombro y una chaqueta del equipo de fútbol. Desde hacía meses, muchas chicas del instituto lo saludaban con sonrisas que buscaban algo más que amistad. Pero Tomás, de forma casi automática, desviaba la mirada o respondía con un asentimiento casual, como si no entendiera lo que esas sonrisas significaban.

—No sé por qué todos parecen tan raros hoy —murmuró Elena, ajustando la correa de su cámara colgada al cuello—. ¿Viste a Samantha? Estaba llorando en el baño, pero no quiso decirme por qué.

—Quizás es otra de esas peleas con su novio. Ya sabes cómo son —respondió Tomás, aunque en su voz había una nota de duda—. Aunque... algo sí se siente raro. Como si alguien nos estuviera observando.

Elena se detuvo un segundo. Esa frase removió algo en su interior. Una imagen, fugaz y lejana, de los bosques de Nivarith, del sonido del viento murmurando su nombre. Sacudió la cabeza.

—No empieces con eso —le dijo, intentando sonar firme—. No aquí.

Entraron al aula de historia. El profesor Ramírez aún no había llegado, lo cual era inusual en él. En su lugar, frente al escritorio, había una chica que Elena no había visto antes. Cabello negro lacio, tan oscuro que parecía absorber la luz. Llevaba un vestido que no era parte del uniforme, aunque nadie se atrevía a corregirla. Su postura era elegante, demasiado segura para alguien nuevo. Y sus ojos... sus ojos eran de un color gris ceniza, como cenizas vivas.

Tomás frunció el ceño.

—¿Quién es ella?

—No lo sé —respondió Elena, aunque algo en su estómago se contrajo—. ¿Estaba aquí antes?

La chica los miró en ese momento. Sonrió, como si ya los conociera. Se levantó del escritorio sin decir palabra y se acercó directamente a Tomás.

—Tú debes ser Tomás Rivera —dijo con voz suave, musical, como una canción que uno creía haber olvidado.

Tomás levantó una ceja, incómodo.

—Sí... ¿y tú eres?

—Lilith Varela —dijo, como si el nombre fuera un secreto delicioso—. Recién llegada. Vine desde el norte. Supongo que ahora estaremos juntos... en más de un sentido.

Elena entrecerró los ojos, sintiendo cómo algo en su interior se encendía. No era celos exactamente. Era una alarma. Algo que no estaba bien.

—¿Cómo sabes su nombre? —preguntó, manteniendo la voz firme.

Lilith giró la mirada hacia Elena, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Me gusta observar. Hay muchas cosas que uno puede aprender... si presta suficiente atención.

Antes de que Elena pudiera responder, la puerta del aula se abrió bruscamente. El director del colegio, un hombre que rara vez se inmiscuía en las aulas, entró acompañado por dos policías.

El murmullo fue inmediato.

—¿Qué está pasando? —susurró Elena.

El director carraspeó. Su rostro estaba pálido.

—Necesito que todos los estudiantes permanezcan en sus salones. Hace una hora, se encontró un mensaje anónimo escrito con sangre falsa en la sala de arte. Dice: Él sigue escuchando. Ella casi recuerda. La hora se acerca.

Un silencio pesado cayó sobre el aula.

Tomás miró a Elena con el ceño fruncido. Y Elena... sintió que su corazón latía con fuerza descontrolada. Porque ella conocía esa frase. No de forma literal, pero... en su sueño recurrente, la voz susurrante solía decirle algo similar. Algo sobre recordar. Sobre alguien que aún la esperaba.

Lilith, sin embargo, sonrió, como si la noticia le resultara divertida.

—Vaya... alguien tiene una imaginación intensa —dijo mientras se sentaba, cruzando las piernas lentamente.

El resto del día transcurrió entre rumores, interrogatorios y tensión. Pero cuando por fin terminó la jornada escolar, Tomás insistió en acompañar a Elena hasta su casa. Aunque, en realidad, no fueron directo allí.

—Tengo que mostrarte algo —dijo él—. Está en el bosque, detrás del campo de fútbol. No se lo he contado a nadie.

Caminaron durante casi veinte minutos por un sendero poco usado, hasta llegar a un claro donde los árboles parecían formar un círculo perfecto. Allí, en el centro, había una estructura de piedra cubierta de musgo. No era grande, pero tenía inscripciones antiguas, talladas con símbolos que a Elena le resultaban dolorosamente familiares.

—Lo encontré hace dos semanas, pero no quise decírtelo —admitió Tomás—. Pensé que eran cosas mías. Pero después de lo de hoy, después de ver a esa tal Lilith...

Elena se acercó lentamente. Sus dedos rozaron uno de los símbolos y un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—Esto es de Nivarith —murmuró—. Es... igual a lo que había cerca del lago, ¿recuerdas?

Tomás asintió en silencio. El viento sopló en ese momento con fuerza, y durante un instante, Elena creyó oírlo otra vez: ese susurro. Esa voz.

ven... escúchalo. Él aún recuerda tu nombre."

Se dio la vuelta, temblando.

—Tenemos que hablar con alguien. Con alguien que entienda qué es esto. No podemos estar solos en esto.

—¿Con quién? —preguntó Tomás—. Nadie va a creernos.

Pero esa noche, mientras Elena editaba unas fotos en su cuarto, recibió un mensaje de un número desconocido. Solo decía:

"Cuidado con Lilith. Ella no viene sola."

Y debajo, una foto que Elena no recordaba haber tomado: ella, de niña, en Nivarith. Junto a su hermana Camila. Y al fondo, muy borroso... alguien más. Una figura entre los árboles. Una sombra.

La cámara tembló en sus manos.




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