La madrugada fue una tortura.
Elena había intentado dormir, pero cada vez que cerraba los ojos sentía algo... o a alguien. Como si una presencia invisible la vigilara desde el rincón más oscuro de su habitación. No era una sensación nueva, pero sí más intensa, más urgente. Había dejado la lámpara encendida, la cámara sobre su escritorio, y el celular desbloqueado junto a ella con el mensaje aún abierto.
"Cuidado con Lilith. Ella no viene sola."
Aquel mensaje repetido en su cabeza como un mantra maldito, seguido por la imagen. Aquella fotografía en blanco y negro: ella, Camila... y una sombra al fondo. No era posible. Esa imagen no existía. Nunca la había tomado. Nunca había estado con su hermana en esa posición, con ese ángulo, con esa figura detrás. Y sin embargo, ahí estaba.
La respiración se le había cortado en varias ocasiones durante la noche. Sentía que alguien la observaba desde la ventana, aunque al asomarse no encontraba nada más que la noche y el reflejo de sus propios ojos cansados.
A las 7:00 a. m., estaba de pie. Ojeras marcadas, cabello alborotado, y una expresión tensa en el rostro. Agarró la cámara, el celular y su cuaderno de notas antes de salir. Caminó hacia la escuela como si cada paso pesara el doble. A su lado, Tomás apareció con su mochila al hombro, sonriéndole con el gesto protector de siempre.
—Vaya cara —dijo él—. ¿Dormiste algo?
—No. Tengo que mostrarte algo —respondió ella, sin preámbulo.
Tomás notó la urgencia en su voz y no hizo preguntas hasta que llegaron a un aula apartada del edificio trasero, donde a veces almorzaban cuando querían privacidad. Elena sacó su celular, abrió la galería y le mostró la imagen. Luego el mensaje.
—Esto me llegó anoche. De un número desconocido.
Tomás arqueó las cejas, tomando el teléfono.
—¿Es una broma? Esto parece manipulado, Elena.
—¡No! ¡No lo es! Mira bien —insistió ella, agarrándole la muñeca con fuerza—. Esa soy yo. Y esa es Camila. ¿Ves la figura? ¿Ves la maldita sombra?
Tomás observó la foto con más detenimiento. La figura al fondo era borrosa, pero claramente no pertenecía a la escena. No parecía humana. O al menos no del todo.
—¿Estás segura de que no es una edición? —preguntó, sin malicia—. Tal vez alguien la manipuló para asustarte.
Elena lo soltó con brusquedad.
—¿Tú también? ¿También vas a decirme que estoy loca?
—No he dicho eso —replicó él, bajando el celular—. Solo digo que necesitas dormir, Elena. Estás viendo patrones donde no los hay. No es justo que sospeches de alguien solo por una foto... por muy inquietante que sea.
—¡¿No es justo?! —Elena alzó la voz—. ¿No viste cómo me miró ayer? ¿Cómo sabía tu nombre antes de que se lo dijéramos? ¿Cómo sonrió cuando el director leyó el mensaje de la sala de arte? ¡Ella lo sabía, Tomás! ¡Ella está relacionada con todo esto!
Tomás la miró en silencio. Su rostro se endureció un segundo, pero luego bajó la mirada, respirando hondo.
—Mírate —dijo en voz baja—. Estás al borde del colapso. Me preocupas, Elena. No quiero que te hundas por fantasmas que no sabemos si existen.
—No lo entiendes —susurró ella, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con salir—. Todo esto me está alcanzando. Lilith... ella no es una chica normal. No encaja aquí, no es de aquí. Y ahora me amenaza, nos espía, juega con mi pasado... ¿y tú me dices que duerma?
Tomás la miró, y en sus ojos había pena, preocupación, y algo más difícil de definir.
—Solo digo que no estás sola. Estoy contigo. Pero tienes que calmarte. Vamos a buscar pruebas reales. Algo que no pueda ser negado.
Elena se cruzó de brazos, girando el rostro. Dolía más que él dudara que cualquier otra cosa. Dolía porque confiaba en él más que en nadie.
Lo que ninguno de los dos sabía era que, tras una columna cercana, alguien había estado escuchando todo. Oculta como una sombra entre sombras, Lilith apoyaba una mano en la pared, su rostro iluminado por una media sonrisa torcida. Cuando Tomás se despidió para ir a su entrenamiento, ella esperó unos minutos antes de entrar en acción.
Elena se había quedado sola en el aula, pasando las fotos en su cámara una y otra vez, como si en alguna de ellas pudiera encontrar una respuesta que le devolviera la paz. El sonido de la puerta abriéndose fue apenas perceptible, pero su cuerpo entero se tensó.
—Creí que estarías más fuerte que esto, Elena —dijo una voz suave.
Lilith.
Elena levantó la mirada y la vio allí, junto a la puerta, avanzando con pasos lentos y elegantes. Cerró la puerta detrás de ella con un clic que sonó como un cerrojo.
—¿Qué quieres? —preguntó Elena, su voz más firme de lo que se sentía por dentro.
—Solo conversar —dijo Lilith, sonriendo—. Aunque me divertí mucho escuchando tu pequeña exposición frente a Tomás. Muy convincente. Casi lo logras.
—¿Tú... estabas escuchando?
—Claro que sí. ¿Qué clase de antagonista sería si no lo hiciera?
Lilith se acercó, sin perder su sonrisa. Había algo en su andar que hacía que el aire pareciera más denso, más espeso. Se detuvo frente a ella, inclinándose un poco.
—Bien hecho, Elena. Puedes seguir intentándolo, puedes seguir contándoles a todos lo que crees saber. Pero nadie te creerá. ¿Sabes por qué?
Elena tragó saliva. No respondió.
—Porque pareces inestable. Porque tienes el historial perfecto: hermana desaparecida, trauma infantil, sueños raros... la receta ideal para que todos piensen que te estás inventando todo.
—¿Qué quieres de mí? —susurró Elena.
—Nada por ahora. Solo recordarte tu lugar. No interfieras, Elena. Si lo haces, alguien saldrá herido.
Elena la miró, desafiante.
—¿Me estás amenazando?
—Llámalo una advertencia amistosa. Nosotras nos conocemos desde hace más tiempo del que imaginas. Aunque tú... aún no lo recuerdas.
Lilith se dio la vuelta, caminando hacia la puerta.