Después de lo que había pasado esa mañana entre Elena y Tomás las cosas estaban un tanto raras, Tomás quería acercarse a Elena pero ella seguía molesta se sentía traicionada por su mejor amigo por no creer en ella, sabía que lo que pasaba Lilith era una parte clave de todo eso pero para que Tomás la pudiera ayudar tenía que conseguir pruebas de que esa chica era todo lo que estaba mal ahí.
La tarde fue tranquila, no volvió a hablar con Tomás en todo el día solo lo observaba y como Lilith lo miraba, algo en ella se retorcía al verla pero por el día de hoy intentó ignorar todo, solo quería que el día acabara para ir a casa.
El silbato sonó con fuerza, y los jugadores del equipo se dispersaron en el campo cubierto de césped húmedo. Tomás se quitó el casco, empapado de sudor, y caminó hacia la banca mientras se limpiaba la frente con la manga del uniforme. El sol estaba descendiendo, bañando la escuela en tonos ámbar y escarlata. El aire tenía ese aroma particular que solo aparece cuando la tarde empieza a morir.
—Buen trabajo hoy, Rivera —gritó el entrenador desde la línea de fondo—. Estás más rápido que nunca. A ver si eso te dura en el próximo juego.
Tomás solo asintió con una media sonrisa, respirando hondo mientras se dejaba caer en las gradas para tomar un descanso. La mayoría de sus compañeros ya se habían marchado. Se quedó unos minutos solo, mirando el cielo teñido de rojo y sintiendo el crujido de la madera bajo su cuerpo. Fue entonces cuando escuchó pasos suaves subiendo por las gradas detrás de él.
—¿Puedo sentarme? —preguntó una voz femenina, clara y serena.
Tomás volteó sorprendido. Era Lilith. Llevaba un vestido sencillo, azul claro, con una chaqueta de punto beige. Su cabello caía en ondas suaves sobre sus hombros, y en las manos traía una botella de agua y una toalla blanca.
—Ah... claro —dijo él, aún jadeando un poco por el esfuerzo.
Lilith le ofreció la toalla con una sonrisa cálida.
—Pensé que podrías necesitar esto. Me quedé viendo parte del entrenamiento. Fue intenso.
—Gracias —respondió Tomás, tomándola con cierto recelo—. No sabía que te interesaba el fútbol americano.
—La verdad, no mucho —dijo ella con una risita suave—. Pero me interesan las personas. Y se nota que tú te esfuerzas mucho.
Tomás se pasó la toalla por la nuca, mirándola de reojo. Lilith se sentó a su lado, dejando espacio entre ambos. No parecía nerviosa ni forzada. Al contrario, su presencia era... tranquila. Casi reconfortante.
—¿No tienes amigos con los que salir después de clases? —preguntó Tomás, intentando sonar casual.
—Tengo conocidos —dijo ella, mirando al horizonte—. Pero a veces prefiero observar, sentir el ambiente. Me gusta ver cómo las personas se mueven, hablan... son tan diferentes unas de otras.
—Suena un poco solitario.
—No lo siento así —respondió ella con una sonrisa melancólica—. ¿Y tú? ¿Siempre tan popular? Capitán del equipo, simpático, fuerte...
Tomás se rió, sacudiendo la cabeza.
—No soy tan popular como parece. La mayoría solo se acerca por conveniencia. Solo hay una persona con la que realmente hablo.
—¿Elena? —preguntó Lilith, girándose para mirarlo con curiosidad.
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—La he visto contigo. Siempre están juntos. Es lindo —dijo ella, bajando la mirada—. No todos tienen esa suerte.
Tomás se quedó en silencio un momento, analizando sus palabras. Lilith tenía algo en la voz, una mezcla de dulzura y nostalgia que le pareció sincera.
—¿Te mudaste hace poco, verdad? —preguntó él.
—Sí, hace un mes. Mi madre y yo venimos de otro estado. Cambios, ya sabes. A veces necesarios, a veces inevitables.
—¿Y qué opinas del pueblo?
—Es hermoso. Tiene esa calma engañosa que me gusta. Como si escondiera secretos, pero sin gritarlos. Como si sus sombras fueran suaves —dijo ella, entrecerrando los ojos como si viera algo más allá del campo.
—¿Sombras suaves? —repitió Tomás, intrigado.
Lilith sonrió de nuevo, esta vez más luminosa.
—Ya estoy hablando raro, perdón. A veces digo cosas que suenan a metáforas baratas.
—No, no. Me gustó. Es poético.
Pasaron unos segundos en silencio. El viento sopló suave, y Lilith cerró los ojos, dejando que la brisa le acariciara el rostro. Tomás la miró de reojo. Había algo hipnótico en ella. No era solo su belleza, era la manera en que se movía, hablaba, la forma en que hacía sentir que todo era más lento, más leve.
—¿Y tú qué haces cuando no estás entrenando? —preguntó ella con naturalidad.
—Ayudo en casa, estudio... bueno, intento. Y paso tiempo con Elena.
—Debe ser importante para ti.
—Lo es.
—¿Y ella también te ve así?
Tomás se quedó quieto, no supo cómo responder. Lilith no lo dijo con malicia, sino con auténtica curiosidad. Como si de verdad quisiera entender.
—No lo sé —dijo al final—. A veces creo que sí. Otras veces... parece que su mundo es otro.
Lilith lo miró por unos segundos, con una expresión suave.
—Quizá es porque está cargando algo muy grande —susurró—. Algo que no puede soltar todavía. Pero no significa que no te vea.
Tomás se giró hacia ella. Sus palabras eran tan extrañas como certeras.
—¿Tú también cargas con algo? —preguntó.
Ella no respondió enseguida. En su lugar, se levantó con lentitud y caminó unos pasos por la grada, mirando hacia el campo.
—Creo que todos cargamos con algo. La diferencia está en quién lo nota y quién lo esconde.
Tomás asintió, intrigado por su forma de pensar. Lilith parecía una de esas personas que lo sabían todo sin necesidad de preguntar.
—Me alegra haberte encontrado —dijo ella de pronto—. Eres... distinto. Más real. Tal vez podríamos ser amigos, si tú quieres.
Tomás sonrió, genuinamente.
—Me encantaría.
Lilith se acercó de nuevo, extendiéndole la botella de agua que aún llevaba.
—Entonces, amigo mío, prométeme que si un día necesitas hablar con alguien, incluso de las cosas que no sabes cómo explicar, me buscarás.