Enero 2020
No fue de un día para el otro. La idea de irme a conocer el mundo había estado conmigo desde siempre. Pero como todo sueño, dormía, flotaba entre los “algún día”, “cuando tenga tiempo”, “cuando junte dinero”.
Pero la vida, a veces, te empuja o te rompe.
No me fui por una sola razón, fue un conjunto se eventos y sensaciones. Sentía que la vida, se me estaba yendo sin vivirla realmente.
Ya no tenía nada ni nadie que me hiciera quedar anclada en esa cuidad de Argentina.
Nunca conocí a mi padre y mi madre... murió de cáncer unos meses antes. Miramar se volvió una cuidad demasiado silenciosa sin su voz. El departamento, solo parecía una caja donde dormía, con olor a medicamentos y recuerdos.
Mi trabajo en la oficina era una secuencia gris de mails, informes y mates tibios.
Y mi pareja... ahora ex, no quiero dedicarle muchas líneas. Pero digamos que era el tipo de hombre que no soporta que una mujer quiera irse de viaje, que sea independiente y menos que se sienta libre. Narcisista, celoso, “protector” a la fuerza. Cada vez que hablaba de viajar sola me respondía con amenazas: “Después no te quejes si te pasa algo”, “Si te vas, te olvidas de mí, no te voy a dejar salir de esta cuidad si no es conmigo”. Yo me callaba…hasta que no pude más.
Me sentía en una jaula, y yo era como un pájaro desando volar.
En resumen, tenía un trabajo que no me gustaba, una relación que me apagaba y una rutina que me hacía sentir que cada día era igual al anterior.
Así que empecé a vaciar mi vida. Vendí todo: los muebles, el auto, ropa, todo lo material que ni iba a necesitar en un viaje tan largo.
Renuncié a mi trabajo, y a él, mi ex. Fue más difícil dejar los libros que a él.
Me despedí de los pocos amigos y familia que tenía, me fui sin mirar atrás.
Tenía 34 años, un pasaporte en vigor y las ganas de un cambio drástico en mi vida.
Mi único plan era moverme, buscar aires nuevos, encontrarme con algo que no fuera esa versión cansada de mí misma.
Con el dinero que junté y una mochila grande, me subí a un avión con pasaje solo de ida.
Mi primera parada fue Madrid, España. La ciudad era más fría de lo que esperaba en esa época del año, aunque las luces de los bares y el murmullo de las calles me abrazaron con una calidez improvisada.
Me alojé en un hostel por la zona de Chueca. Fueron solo tres días, lo justo para caminar por el Retiro con los guantes puestos, visitar el museo del Prado, y sentir que, por primera vez en mucho tiempo, mi cabeza se vaciaba.
Desde ahí tomé un tren a Alicante. El mar Mediterráneo me recibió con calma, parecía una piscina. Me tiraba en la playa desierta, con el abrigo puesto y los pies hundidos en la arena fría.Me subí a un tren que bordeaba la costa, había planeado visitar varias cuidades en poco tiempo.
La primera parada fue en Villajoyosa. Me enamoré de las casas de colores frente al mar, como si alguien hubiera decidido pintar un cuadro con todas las témperas que tenía cerca.
En Calpe, subí al Peñón de Ifach sola, jadeando, como si necesitara demostrarme que mi cuerpo todavía respondía. En Altea, me senté a escribir en un café frente al mar. Me perdí entre las calles del casco antiguo con sus calles empedraras, casas blancas y cúpulas azules.
A fines de enero un bus me dejo en Valencia, para visitar a unos viejos amigos y pasear unos días por la cuidad. Quedé impresionada con el complejo arquitectónico de la Cuidad de las Artes y las Ciencias, también con La Lonja de la Seda, una obra maestra del gótico civil valenciano.
Luego crucé a la isla de Mallorca. El ferry me hizo sentir como si me estuviera alejando de todo lo que conocía, incluso de mí.
En Sóller, el tranvía de madera me llevó por calles que olían a pan y a cáscaras de naranja. En Valldemossa, caminé bajo la lluvia, mientras comía una coca de patata, siguiendo los pasos de Chopin y George Sand, aunque yo iba sola, sin piano y sin amante. En Alcudia, una tormenta me sorprendió en las murallas. Me empapé toda y sentí como si la lluvia me estuviera lavando las tristezas, comenzaba a sentirme cada vez más viva.
En febrero volé a Italia. Primero Milán, donde la moda no me tocaba, pero si la arquitectura impresionante de la cuidad. En Nápoles me encontré con el caos que necesitaba. El tráfico parecía una guerra entre insultos y bocinas, pero las iglesias y la cuidad subterránea me ofrecían un silencio denso, casi místico.
En Pompeya y Herculano, me quedé sin palabras. Caminar por esas ciudades sepultadas bajo las cenizas, intactas en su tragedia, me estremeció. Me detuve frente a los cuerpos petrificados y sentí una extraña reverencia. Como si la muerte también pudiera ser hermosa.
Pescara fue una pausa. Pase a saludar a familiares lejanos, que nunca había visto, pero me recibieron como si me conocieran de toda la vida. Caminábamos por la costa mientras me contaban sus historias de vida, nos acompañaba el aroma a café recién hecho mezclado con mar revuelto.
Luego me llevaron a conocer Rimini. Pase por debajo del arco de Augusto, fue como atravesar por un portal monumental hacia el pasado. Luego pase por el puente de Tiberio, una maravilla de la arquitectura romana que aún sigue en pie.
Lo último de Italia fue Ancona, donde me subí en un ferry hacia Croacia.
En Split recorrí el Palacio de Diocleciano, me pareció una ciudad dentro de otra ciudad, un laberinto de piedra, sombras e historias.
Subí a un pequeño ferry con rumbo a Korčula, la isla natal de Marco Polo (al menos según ellos). Me gustaba imaginarlo partiendo desde esas costas hacia lo desconocido. Me obsesioné con su historia por unos días, leyendo en voz baja sus crónicas en la terraza del hotel, mientras las gaviotas chillaban y me robaban comida. Me sentía como él, aunque en versión moderna, sin mapas y sin rumbo claro.