Variante, Una Historia de la Realeza

10. No digas tonterías, bonita.

Despues de desayunar, decidí arreglarme un poco para salir a apreciar el jardín del palacio antes de tener que irnos. Saludé a la reina en cuando me crucé con ella en un pasillo, recibiendo una sonrisa de su parte que parecía sincera y caminé hacia el gran espacio verde del exterior. Phillipe había indicado que nos iríamos en una hora, tiempo suficiente para yo que pueda pasear al aire libre.

Pude notar que un guardaespaldas me seguía a una distancia prudente, algo que no me terminaba de agradar, sin embargo, no podía saltarme los protocolos.

Tomé asiento alrededor de la pileta blanca que se hallaba en el medio del jardín y respiré el aire fresco que me acariciaba la piel; la paz me albergó, hasta que el sonido de mi celular me obligó a atender la llamada.

—Hola Cris, ¿cómo estás? —pregunté inocentemente a través del teléfono. Con todo el trajín de la nueva faceta de mi vida, casi no había tenido tiempo de hablar con ella.

—Mal. —respondió ella, preocupándome en seguida.

—¿Qué pasó? —pregunté, poniéndome de pie.

—Mi mejor amiga se hizo novia del príncipe del país y ahora ya no se acuerda de los pobres como yo.

Estallé en risa en cuanto la escuché y negué sus acusaciones. Me tomó cinco minutos explicarle lo que había pasado en los últimos días, era un poco difícil de creer que de ser la enfermera del príncipe haya pasado a ser su novia, pero ella pareció complacida con mi relato.

—Esa rubia estirada. —comentó, refiriéndose a la princesa Genevive. —Ten cuidado con las de su tipo; no dejes que te arrebate a tu chico.

“No es mi chico” pensé, al recordar que nuestro noviazgo no era más que una farsa. La figura de la princesa aludida captó mi atención; ella estaba a escasos metros de mí, observándome con una sonrisa fingida.

—Te llamo luego Cris, tengo que colgar. —hablé, para luego poner mi atención en la princesa. —¿ya se va, alteza?

Mi pregunta no le había agradado para nada.

—Tengo cosas importantes que hacer en Inglaterra. —confesó, excusando su repentino cambio de planes.

—Entiendo, ¿a qué se debe su visita? —pregunté, dejando bien en claro mis intenciones de tenerla lejos.

—Sólo venía a despedirme, es lo que una princesa haría. Hasta luego, señorita Casell. —se despidió, aunque un tanto irritada.

—Lo que debería hacer una princesa es disculparse por actitudes tan infantiles. —le dije, refiriéndome a los hechos de la noche anterior. Había sido imprudente de mi parte, pero estaba cansada de su actitud engreída.

—En vez de preocuparte por mi actitud, debes preocuparte por la de Phill. —respondió la rubia, dedicándome una mirada de superioridad. —De no ser porque me negué a dormir con él, nunca te hubiera encontrado, sin embargo, soy decente y sé poner mis límites. No es mi culpa que no haya podido superarme.

Sentenció, para finalmente irse del lugar dejándome ahí parada, confundida y en silencio.

Phillipe no había negado que se encontró con ella en la noche, y Genevive lo había confirmado, pero ¿qué había pasado entre ellos? En parte me tranquilizaba pensar que, de haber pasado algo romántico entre ambos la princesa no estaría yéndose de forma tan repentina, pero no era mentira que Phillipe aún seguía sintiendo algo por ella, o al menos no me había dicho lo contrario.

El camino de regreso a casa fue silencioso, al menos por mi parte. Mis pensamientos divagaban entre el presente y el futuro con Phillipe; el verlo tan cerca, concentrado y con el semblante más sonriente generaba en mí un sentimiento difícil de explicar ¿qué tanto lo quería yo? O mejor dicho ¿qué tanto me quería él? Su actitud un tanto seductora en la mañana había sido algo totalmente nuevo para mí, tanto que me provocaba cierta confusión ¿por qué de pronto sentía celos de su exnovia? o ¿por qué me importaba tanto su bienestar?. La respuesta era sencilla, pero no quería aceptarla.

Lo volví a observar de reojo y sentí una punzada dolorosa en mi corazón. “He predicho mi muerte…” Sus palabras se repetían en mi mente como un eco apagado. No quería que muriera, pero si aquella era la única solución, no había nada que pudiera hacer por él, ni por mí.

—¿Qué quieres almorzar? —me preguntó de pronto, observándome con una leve sonrisa.

—No lo sé. —respondí, tratando de parecer casual. —Algo ligero.

El me observó con el ceño fruncido, quizás había notado que mis ánimos no eran los mismos de la mañana.

—¿Pasó algo?

Negue con la cabeza en silencio, bostezando en un intento de decirle que no tenía muchas ganas de hablar y que prefería el silencio, aunque la verdad era que me sentía un poco triste. Phillipe solo me miró algo preocupado y volvió su vista hacia el frente.

Intenté distraerme, enfocarme en la carretera que se desplegaba ante nosotros, pero la presencia de Phillipe analizándome cada cierto tiempo me resultó abrumadora. Si algo en mi corazón estaba empezando a nacer, debía morir al instante; el príncipe no estaría conmigo por mucho tiempo, y por más amable que fuera él conmigo, no debía confundir sus intenciones, el pasado pesaba mucho para él y el futuro ya lo tenía planeado. Cambiar lo acordado sería una decisión estúpida de mi parte, y finalmente, terminaría por romperme en mil pedazos.

Así que respiré hondo, obligándome a apartar esos pensamientos, a enterrar esas emociones bajo capas de negación. Porque aunque duela, sé que es lo correcto. Nuestro amor—o lo que esto significaba para mí—no era posible, así que me resulto mejor extinguirlo antes de que se convierta en una llama incontrolable que consuma todo a su paso.

Una vez ingresamos a casa, caminé en automático hacia el pasillo que conducía a mi cuarto, dispuesta a darme un duchazo y dormir un rato hasta que el hambre me despertase, sin embargo, el agarre de Phillipe me detuvo en medio del pasillo.

—Ya, basta, Nessa. —me habló, colocándome en frente suyo mientras me sujetaba de los brazos; su rostro se inclinó hacia el mío para inspeccionarme mas de cerca. —Estás rara desde hace un rato ¿me vas a decir que te pasa?




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