Don Gastón Gastado estaba cansado. Cansado de ser el que lo debe todo; ya no sabía cómo vivir...
Martina le dijo un día:
—Me embargo de pena al ver tus raíces que se hicieron a la tierra, no dejándote caminar. Aún recuerdo esos momentos en que te admiraba como a nadie más. Vuelve, vuelve, querido amigo, a ser el de años atrás, el que bailaba frente a la burla de quien no sabía disfrutar. El cansancio que demuestras pronto te hará desaparecer.
Don Gastón se sentía invisible; ni el pequeño espejo de su baño lo reflejaba, hasta que un día se dijo: basta.
—Basta; no quiero ser al que no ven.
Don Gastón se hizo a la calle. Su cuerpo sudaba por tal hazaña. El exterior fue deslumbrante; la vida nocturna pareció ser de otra dimensión. Acechado y perseguido caminó; por aquellas calles se desorientó y la mano del desconocido, que de pronto a su hombro llegó, lo derrumbó. Sobre el pavimento mostró su terror.
Don Gastón, angustiado, estaba en desesperación hasta que una voz chillona y dulce escuchó:
—No temas, querido amigo; soy yo, la que criticas siempre que ves...
Don Gastón, al instante, abrió sus ojos; sus oídos se agudizaron. Con el alma devuelta al cuerpo, su brazo extendió, sus dedos se alargaron y la mano de aquella apretó.
—Por favor, devuélveme a mi casa —dijo don Gastón, suplicante—. Nunca debí salir...
—No seas tonto, mi amigo —le respondió Martina al instante—. En esta noche, mi camino recién está comenzando, y solo al terminar mis quehaceres te devolveré a tu prisión.
Don Gastón se adentró en la noche. Martina no lo soltó; al mundo de ella se lo llevó. De pronto se hizo el día y, como nunca había hecho antes, don Gastón Gastado su cansancio festejó.
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Editado: 16.08.2026