Varios Entre Rimas

El cuentero de Viña Flor

Te cuento la historia de un cuentero que vivió aquí, en Viña Flor, que, como muchos —o como todos—, apenas sabía narrar o, más bien dicho, copiar esas varias historias que de oídas llegaron solas hasta él.

Sin nombre le llamaremos, pues tal vez a tu lado esté y, sin poder darnos cuenta, le pudiésemos ofender.

La historia de este cuentero no tiene mucho para impresionar; mas osado era aquello que te podría hacer sonrojar. Pues, con la mirada puesta en esa incertidumbre que a la vista está, a las mujeres volvía locas solo con imaginar esas narraciones que, con su picardía, llenaban de envidia a los hombres del lugar.

La historia de este cuentero a veces me da pena contar; pero, ante tal situación vivida por este sin nombre, así como le llamamos, pudiese servir de experiencia para aquellos semejantes a él. Pues terminó a los pies de la Virgen del Cerro, rogando por su salvación. Ante su hombría perdida, causada, quién sabe, por cuál de las muchas que lloraron la pérdida de su amor.

Las tantas experiencias de este sin nombre se esparcieron por todo Viña Flor, y no faltó quien venganza contra su género exigió.

Un día, este cuentero del bar que no nombraré, junto a un grupo de amigos, al cerro de la Virgen se fue a ver la puesta de sol. Este sin nombre, ni más ni menos, sin saber quién lo escuchaba, señaló a sus amigos el hogar de cada musa que su cuerpo conquistó.

Se hizo la noche a su debido tiempo, y el frío viento del cerro espantó a los amigos del cuentero. Mas el error más grande de él, ese día sucedió: resistiendo el viento helado del cerro y, regocijándose ante la vista de sus conquistas, se quedó.

Si recuerdas a la mencionada antes, permanecía callada, cuestionándose su decisión. Pero las risas del desdichado, que tantos corazones rompió, la encorajinaron y, llegando hasta su espalda con rabia y pena, a este hombre no perdonó. Lanzó entonces su tacto directo sobre su "autoproclamada virtud", donde no encontró razón; más pena le dio y entendió que esas alabanzas eran solo ilusión. Puff, pobre de este hombre.




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