2025

¡Gran faraón de vela!
Quien transmutado en polvo y roca;
mismo que el tiempo creyó destruido,
a quien ahora la ciencia recrea.
¿Podrá nuestra pasión-lógica
reconstruir lo sublime
de la cumbre cretácica?
Aquí te invocaré,
por medio de las ideas que te forman
fuera de tu desierto; ¡tu laguna!
Pero, pobre de la mente:
¿si la grulla esbelta ya nos embriaga,
qué le harías al espíritu?
¡Y aun así invades mi imaginación!
¿Pues sabías que, aunque lejanos,
alardeas de las gracias aviares
que el tiempo nunca aniquiló?
Me remites a lo maravilloso,
al terror atávico en lo silvestre.
Titán de un panteón simpático.
Cuello de garza, hocico de caimán.
Tus patas troncos de madera o musgo,
pero tu vela, de nado o belleza
tentaba al sol, al aire de la vida.
¿Disfrutabas del agua,
elemento vital?
¿Era pensable, a una criatura
poder darle color sin verla?
He aquí tu bienvenida
para intercambiar nuestras ideas!
Desde la hazaña donde
—quizás— te resolvimos vadeador,
seguimos preguntando:
¿Te seguía algún séquito
o eras cazador humilde?
¿Solitario como casuario o fiel
como golondrina roja de amor?
Ya te tengo visto.
Me regreso a tu desierto.
Durante una milésima de siglo
—mientras exiliado de tu laguna,
tus dominios desplazados del plano—
has provocado al humano su afán
de indagar en la imaginación.
¿Estás advertido de la suerte,
tu privilegio de ser moldeado
por el seno mineral del mundo?
E innumerables se asombraron
por tu idea: predecesor de Egipto.
¿A cuántos innumerables artistas
no desbordaste de fino pavor?
Cuan pocos quedaron indiferentes.
Y la ciencia: a la ciencia nunca sentí
tan sugestionada por el arte;
¡el racional goza de imaginar!
Saliste de las preguntas:
monstruo grácil y pesado,
habitante de lagunas
¡tú, faraón de la vela!
Encontraste avatar
en cierta especie animal,
ya sensible al poder
inmensurable y bello del planeta
¡Yo, entre miles de curiosos,
busco el horizonte pálido
otra vez en ti!