Vástagos del olimpo

Tres niños especiales

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Tres Niños Especiales

El verano de 2009, en Brooklyn, la vida del historiador y profesor Richard Ordan cambió cuando, de repente, fuertes golpes y ruidos extraños en su entrada lo despertaron. Desorientado y con la almohada aún pegada a la cabeza, decidió bajar por las escaleras.

La noche fría, junto a la inmensa oscuridad, lo ponía a temblar. Algo curioso, ya que recordaba haber cerrado todas las ventanas antes de dormir.

Con una pequeña lámpara se aventuró a averiguar quién —o qué— había provocado el ruido. No encontró nada, solo los susurros del viento, que parecían querer advertirle de algo.

Entonces, un nuevo y fuerte golpe en la puerta lo dejó helado, con el corazón en la garganta. Pero dispuesto a saber qué era lo que golpeaba su entrada, se acercó con sigilo, sujetando un bate de béisbol que tenía cerca. Decidido, abrió la puerta, preparándose para atacar si era necesario. Su rostro recuperó el color al ver que eran solo un par de niños sobre una cesta de ropa, quienes golpeaban la puerta.

Desconfiado, salió a la calle tratando de ver a la persona que los había dejado. Sin embargo, no tuvo éxito. Una densa neblina no le dejaba ver más allá de los faroles cercanos.

Al observar con más claridad a los niños, notó una nota que sobresalía de la cesta. En ella se leía con claridad:

“Cuida de ellos. Nuestro mundo aun es muy peligroso para ellos.”

Richard no entendía lo que sucedía. Su boca entreabierta y su mirada perdida lo delataban con facilidad. Aun así, no podía dejarlos afuera, así que tomó la decisión de dejarlos entrar a su casa. Encendió todas las luces para verlos con claridad y los acomodó sobre el sofá.

Hubo silencio. Richard llevó sus manos a la cara y suspiró antes de decir:

—¿Qué hago ahora? Yo no soy un padre —se dijo a si mismo con las manos postradas sobre su cabeza —. ¿Qué carajo hago?

Frustrado, volvió su mirada hacia ellos. La forma en que jugueteaban entre sí le brindó algo de consuelo y calidez al corazón. Ellos le devolvieron la mirada. En sus rostros no había preocupación, ni miedo, solo una hermosa sonrisa de oreja a oreja.

Richard susurró:

—Supongo que ahora somos familia

Su mirada se enterneció, inclinó la cabeza de lado y una pequeña sonrisa se formó en su rostro.

—Ya es algo tarde, ¿no creen? ¿Les parece si vamos a dormir?

Uno de los pequeños respondió con un gran bostezo que hizo que Richard soltara una pequeña risa, los cargó hasta su cama dejándolos caer con suavidad. Se acurrucaron uno sobre otro. Con el corazón enternecido y los ojos llenos de brillo, Richard suspiró. No era un suspiro cualquiera; era uno de paz, de calma.

Acercó un pequeño mueble a la cama, se sentó a observarlos, pero no por mucho tiempo: él también estaba muerto de sueño.

A la mañana siguiente, la neblina había desaparecido. El frío se convirtió en un calor reconfortante y la luz del sol, tan brillante, despertó a Richard apenas se asomó.

No se movió ni un centímetro durante varios minutos. Seguía observándolos, como si en cualquier momento algo malo pudiera ocurrir.

Y entonces lo comprendió: ahora era padre. Padre de tres niños que llegaron a su vida cubiertos de niebla y misterio. Eso lo asustaba, le erizaba la piel… pero también comprendía que ellos ahora eran su responsabilidad.

Y así fue como se hizo cargo de ellos, cual papá luchón.

Conforme crecían, Richard empezó a preocuparse. Después de todo, no sabía nada sobre ellos. Decidió hacerles exámenes médicos. Como profesor de una prestigiosa universidad, tenía amigos que podían ayudarlo.

Cuando llegaron los resultados, descubrió algo inquietante: los niños no tenían familiares directos, ni registros de nacimiento, ni ningún dato. Era como si hubiesen aparecido por arte de magia. No tenían nada ni a nadie. Estaban solos en el mundo.

Aun así, Richard no le dio demasiada importancia. No iba a abandonarlos. Él sabía lo que era no tener familia, porque no tenía a nadie… hasta que ellos llegaron. Ahora eran una familia y los cuidaría como si fueran sus propios hijos. Y así fue.

Los crio, alimentó, vistió e incluso les dio educación en casa. Lo hizo porque notó que a los chicos les costaba tener amigos y socializar. No porque fueran tímidos —de hecho, dos de ellos no lo eran en absoluto—, sino todo lo contrario: eran intensos, explosivos. Muy diferentes de su hermana menor, quien era más tímida e introvertida, pero también muy inteligente. Siempre iba dos pasos adelante de sus hermanos.

Richard siguió educándolos en casa, pero sin retenerlos. Les permitía explorar, encontrar sus hobbies, sus gustos. Pero ellos querían más: querían amigos, conocer gente más allá del cartero y la tía Minerva (amiga de Richard). Y entonces él accedió, —en parte porque su trabajo requería mucho tiempo— los inscribió en la Academia Kingsbridge, una escuela privada súper prestigiosa para chicos superdotados.

Todo era excelente. Después de tres años en la academia, los chicos al fin habían logrado hacer amigos —aunque solo unos pocos—, y vivían una vida increíble junto a Richard. Todo era increíble… hasta que dejó de serlo.



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En el texto hay: fantasia, accion, mitologiagriega

Editado: 12.01.2026

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