La empresa estaba llena, la vuelta del ceo era. Mucha más gente de la que esperábamos. Stands de la empresa, pantallas, banners, sonido impecable… Hernán miraba todo con el pecho hinchado de orgullo.
Yo, en cambio, estaba con el estómago hecho un nudo.
Era el primer evento grande desde que el CEO había vuelto de Madrid.
Y ahí estaba él.
Ernesto, con traje azul noche, camisa blanca, sin corbata —como siempre— y ese porte de empresario experimentado pero amable, alguien que la gente respeta sin que él lo pida.
De lejos logró enfocar la mirada en mí.
Y sonrió.
Yo respiré profundo.
—Estás hermosa —me dijo Hernán al oído, acomodándome un mechón.
—Y vos estás comiéndote la plaza con esa camisa —le dije, tentada.
—Pero yo soy el novio de la jefa, viste —y guiñó un ojo.
Me reí y le di un codazo suave.
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🎤 EL DISCURSO
Ernesto subió al escenario, micrófono en mano. La gente aplaudió. Él agradeció, salpicando chistes, saludando al público, siendo él: amable, suelto, encantador.
Después, cuando el acto entró en la parte formal, dijo:
—Quiero hacer un agradecimiento especial…
—miró hacia mí y me sentí derretirme—
a mi hija, Martina Ferrero.
La gente aplaudió fuerte.
Sentí los ojos aguados. Hernán me tomó la mano sin que nadie lo notara.
—Cuando tuve que viajar por un tema delicado de la empresa en Madrid —continuó Ernesto—, ella se puso al hombro absolutamente todo. No solo mantuvo el barco a flote: lo hizo avanzar.
Martina… —me miró con orgullo— sos mi orgullo más grande.
Tragué saliva.
—A partir de ahora —agregó— vamos a seguir dirigiendo la empresa juntos. La estoy preparando para cuando yo me retire… y sé que será mejor que yo.
Ahí casi lloro.
Hernán directamente me pasó un pañuelito que tenía escondido “por si acaso”.
Todo estaba saliendo perfecto.
Hasta que algo —o mejor dicho, alguien— me desacomodó el alma.
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👗 LA LLEGADA DE BETTY
Vi una figura avanzar entre la gente.
Cabello castaño, rulos suaves, vestido beige claro, maquillaje natural, sonrisa tímida pero luminosa.
Mi mamá.
Beatriz Ferrero, conocida por todos como Betty.
Me quedé helada.
Hernán se quedó mirándola con boca abierta.
Pero el que más se transformó fue mi papá.
Ernesto, desde lo alto del escenario, la vio.
Se le iluminó la cara de una manera que yo no veía desde… décadas.
Se le aflojaron los hombros.
Se le curvó la boca de costado.
Y se quedó mudo un segundo completo.
—Bueno… —dijo finalmente— y también veo que llegó alguien importante.
La gente giró.
Mi mamá levantó una mano tímida, saludando.
El público aplaudió, sin entender bien la historia, pero aplaudió igual.
Y mi papá… se quedó mirándola como quien vuelve a ver lo que nunca dejó de amar.
Hernán me susurró:
—Ay Dios… no puedo creer esto.
Yo tampoco.
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🍽️ ALMUERZO LOS CUATRO
Después del acto, papá se acercó a mamá.
No la tocó.
No la abrazó.
Pero la miró como se mira un milagro inesperado.
Mamá habló suave:
—Ernesto… te quedó hermoso el evento.
—Gracias, Betty. Vos estás… —tosió— muy linda.
Mamá sonrió como una chica de 20.
Hernán me apretó la mano.
—¿Vamos a comer algo? —propuso mi papá, sin quitarle la vista de encima.
—Sí —dijo mamá.
Fuimos los cuatro a un restaurante al frente de la plaza.
Nos sentamos en una mesa redonda, soleada, cálida.
Mamá y papá enfrente; Hernán y yo al costado.
El mozo tomó la comanda y cuando se fue, Hernán —con cero filtro, como siempre— preguntó:
—Betty… ¿es verdad lo del pacto de los 60?
Mi mamá estalló en carcajadas.
—¡Ay, Dios! ¿Ernesto, vos le contaste?
—No, no… —dijo papá— se lo conté yo. Es que ellos están en confianza… —miró a Hernán— son de la familia.
A mí se me aflojaron las piernas de amor.
—Sí, el pacto es real —dijo mamá, divertida—. Si llegamos a los 60 sin pareja oficial… volvemos.
Hernán abrió demasiado los ojos, tentado.
—¿Y cuánto les falta?
Mi papá levantó la mano.
—Tres meses para mí —dijo.
Mi mamá agregó:
—Y cuatro para mí. Siempre fui un mes más chica.
Los dos se miraron.
Y la tensión era TAN obvia que hasta el mozo la hubiera notado.
Yo me llevé una aceituna a la boca para no gritar:
¡¡¡¡VUELVAN YA, POR FAVOR!!!!
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🥂 FINAL DEL ALMUERZO
Comimos, charlamos de trabajo, de la vida, del pasado.
Hernán se comportó como un príncipe.
Mi papá lo miraba orgulloso.
Mi mamá lo miraba enamorándose de él como yerno.
Cuando terminó el almuerzo, papá propuso:
—La próxima… la hacemos en Pergamino. Los cuatro.
Mi mamá agregó:
—Sí… estaría lindo volver… aunque sea un fin de semana.
Se miraron otra vez.
Y yo pensé:
Este pacto se cumple, pero antes de los 60 y sin necesidad de condiciones.
Hernán me abrazó del hombro.
—¿Estás feliz? —me susurró.
Lo miré.
—Mucho. Y vos?
—Con vos… siempre.
Sentí que el mundo estaba cayendo en su lugar.