Vendetta pactada

CAPITULO 18

Estábamos rodeados de agua salada, y solo teníamos algunas botellas de leche para los niños, agua que eran ellos, fruta que estaba por pasarse, no llevábamos muchas cosas, todo se habia quedado por lo pesado, incluso los pañales se estaban escaseando, habia sido muy mala idea embarcarnos así solos.

—Hermana… No me siento bien… — Me dice Asher vomitando, Sebastián lo tomo y me mira con preocupación. Al revisarlo, tenía una herida en su pierna, que supuraba un líquido amarillo, su herida estaba infectada.

No lo habíamos checado, tenía fiebre. Si no recibía ayuda rápida iba a morir en mis brazos, mi hermano iba a morir.

—¿Qué hacemos? — Me pregunta Sebastián, mientras que rompo mi capucha para tomar agua y ponerla en su cabeza, para bajar su temperatura, mientras que con lo demás trato de limpiar la herida. Habia dejado morir a personas inocentes, mi mejor amigo me habia traicionado y ahora mi hermano estaba muriendo.

—¿Qué le paso? — Pregunto al borde de las lágrimas.

—Me caí… Y me corte con una flecha… — Me dice llorando, le comienza a ganar el sueño, cada vez cierra los ojos más, trato de despertarlo, pero era imposible. Grito desesperado.

—Sofía estas asustando a los niños — Sebastián me regaña, pero no podía detenerme, una mano caliente se estrella en mi cara, me quedo pasmada, al reaccionar que Sebastián me acaba de dar una bofetada —. Piensa claro ¿Qué vas a hacer? Si estas así no podrás ayudar a tu hermano.

Me tomo la cara desconcertada, lo tomo de la camisa para sacarle la botella de licor que tenía para dejarla caer sobre su herida, mi hermano reacciona con dolor, mientras succiono todo el veneno que había, la sangre tenía un sabor a cobre normalmente, pero en mi hermano era amarga el sabor era amargo no sabía si era por el güisqui o por el veneno.

Javid comienza a llorar.

—Sebastián no esperes que también me encargue de Javid, ayúdame — Le digo presionada, el agua se mueve dando una gran ola, un barco lleno de hombres nos señala, teníamos 2 niños con nosotros, estos nos apuntan con sus armas rudimentarias.

Eran corsarios, se sabía por la forma que se vestían portaban la parte arriba de los caballeros, pero era diferente en la de abajo.

—Identifíquense — Pide el hombre apuntando a Sebastián —. Príncipe.

Los hombres tiran una soga para ayudar a subir a los demás, me suben rápidamente y es cuando pongo a mi hermano en el piso para intentar salvarlo, no habia forma de salvarlo, pues de pasar a tener fiebre ahora estaba sudando frio.

—¿Qué le paso? — Me pregunta el hombre que reconoció a Sebastián.

—Tiene una herida con veneno, ya está curada, pero aún no reacciona — Le digo al borde de las lágrimas, el hombre toma a mi hermano en brazos, mientras entra a una habitación en la que a mí no me dejan entrar.

—Mi señora, usted se tiene que quedar por aquí — Me indica uno de sus hombres.

—Tengo que ir tras el — Le digo negándome a dejar solo a mi hermano, pero empuñan su espada en mi contra, y es cuando saco mi daga. No serían los últimos ni los primeros.

—Sofía, es una regla de corsarios el hecho de que ninguna mujer sube a un barco hizo una excepción porque eres una noble, pero necesitas calmarte — No podía calmarme mi hermano estaba al borde.

—Venga por aquí mi señora, déjenme curar su herida — Al dar un paso más caigo al piso, y todo se torna más oscuro para mí, después de un tiempo logro incorporarme estaba en una cama, con Sebastián dormido a mi lado izquierdo y del derecho estaba mi hermano, volteo a verlo tocándolo, habia recuperado todo su color como su temperatura normal, siento la garganta seca, por lo que salgo de la habitación a tomar algo de agua, un corsario estaba afuera, el mismo que habia ayudado a mi hermano estaba fumando.

—Buenas — Lo saludo y él lo lanza al agua, para saludarme. Hace una mini reverencia.

—Siento la rudeza con la que mi tripulación la recibió, ya he tratado a su hijo. Él tenía una pequeña infección — Me acerco a él.

—Es mi hermano, yo aún no tengo hijos, señor — Este sonríe.

—Hace mucho no escucha que me decían “Señor”, llámeme, Erick — Este me entrega su chaleco para que me tape pues la brisa del mar era fría. Me quedo recargada en el barandal, se sentía en calma.

—Gracias por salvar a mi hermano y por subirme al barco a pesar de sus reglas estoy en deuda con usted — La saca una botella de un licor transparente.

—Lo hicimos por su alteza real el príncipe Sebastián.

Marcaba la línea entre nosotros, y ese comentario me daba a entender que si hubiera estado sola no me hubieran ayudado.

—Su padre hizo un trato con nosotros, pero al no haber ningún regente a quien rendirle cuentas hemos vagado por el mar, pues no somos bienvenidos en tierra, por nuestros “crímenes” — Bebé el licor como si se tratara de agua —. No si me entienda.

—Usted solo hace su trabajo — Su mirada se queda clavada en mi mano, por un momento pensé que miraba mi anillo, pero la escondo al ver que era la mano con falta de dedo, para mí era una gran inseguridad el mostrarme así.

—¿Cuál fue su delito? — Me dice cambiando su semblante un poco serio.




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