Vendida al multimilionario cruel

Capitulo 02

De repente, me encontré sola en aquella habitación, con más preguntas que respuestas. Dejé que una lágrima resbalara por mis ojos y pronto me vi desesperada por huir de allí.

¿Cómo podía estar casada con un hombre al que no conocía? Jamás aceptaría esa situación en mi vida. Decidí que no podía permitir que la consumación ocurriera; después de todo, no soportaría que ningún hombre me tocara otra vez.

Me sequé el rostro y, al levantarme, me di cuenta de que llevaba ropa nueva y limpia. Me asusté al toparme con el reflejo de mi rostro en el espejo. Tenía la nariz roja y una hinchazón severa que se extendía hasta uno de mis ojos. Apenas recordaba lo sucedido; con certeza Mason me había pegado con tanta fuerza que me desmayé.

Con cuidado, caminé hacia la puerta, rezando para que no estuviera bajo llave. La brisa nocturna acarició mi rostro en cuanto la abrí. Salí silenciosamente de la habitación, deslizándome por el pasillo ancho y poco iluminado. No tenía idea de hacia dónde iba; aquel lugar era sencillamente enorme.

Divisé una inmensa escalera; mis pasos ligeros me llevaron hasta allí, asegurándome de que nadie me viera escapar. Mi mente inquieta buscaba soluciones. ¿Qué haría en cuanto saliera de esa casa? ¿Adónde iría? ¿Cómo sobreviviría en este mundo cruel, completamente sola? No tenía familia, nadie a quien regresar; mi madre estaba muerta. Pero sabía que no era ese el destino que quería para mí.

Estaba decidida a escapar de un esposo al que no conocía y a evitar el futuro que me aguardaba, el cual presentía que podría ser peor que vivir al lado de Mason.

Bajé el último escalón, lista para huir.

—¿Vas a algún lado? —La voz de Gregory surgió de repente, haciéndome quedar congelada en el tiempo mientras un escalofrío me recorría la espina dorsal.

Me giré para mirarlo y lo vi de pie en medio de la gran sala, con los brazos cruzados y la mirada afilada, como si ya hubiera estado esperando ese momento.

—Te tomó más tiempo del que esperaba intentar escapar —noté el sarcasmo en su voz.

—¿Cómo sabías que iba a escapar?

—Mason me lo advirtió —se encogió de hombros—. Tenía razón cuando afirmó que eras débil y cobarde.

Apreté los dedos contra el camisón que llevaba puesto mientras clavaba la mirada en el rostro frío e indiferente de Gregory, que ahora ocupaba todos mis pensamientos. Apenas conocía a ese hombre, pero lo odiaba con todas mis fuerzas.

—¿Qué clase de hombre eres, capaz de comprar a una mujer para convertirla en su esposa? —Sintiéndome como si me hubiera caído un rayo, lo cuestioné con audacia—: ¿Acaso crees que soy una mercancía?

—¿Eso fue lo que te dijo el maldito de Mason? ¿Que te compré?

Su mirada continuó fría y llena de aversión, solo que esta vez una sonrisa discreta asomó en sus labios. Aquello, de cierta forma, me dejó aturdida.

—Mason le debía mucho dinero a mi empresa y tenía que pagar —abrí los ojos de par en par, sorprendida—. Yo necesitaba una esposa joven y hermosa. Esto no fue una venta, sino un intercambio de favores.

Las palabras gélidas de Gregory resonaron en mi mente.

—Entonces es peor de lo que imaginaba —al terminar de hablar, levanté los ojos y lo vi acercarse. Conviene que sepas que no acepto estas condiciones y que no me quedaré casada contigo.

Gregory me agarró de las muñecas con tanta fuerza que gemí de dolor. Me jaló hacia él y, con la otra mano, apretó con sus dedos helados mi rostro lastimado y dolorido.

—No estoy negociando contigo, Emma, te lo estoy informando. Si no estás de acuerdo, te aseguro que no volverás a ver la luz del día.

Supe en ese instante que Gregory no estaba jugando cuando, al soltarme, me empujó, haciéndome perder el equilibrio y caer de rodillas sobre el suelo frío y oscuro de la casa.

—No estás aquí para cuestionar mis motivos —prosiguió con su discurso infame y despiadado—. Estás aquí para ser mi esposa y hacer todo lo que yo te ordene. Deberías mostrar un poco de gratitud y darte cuenta de que ahora estás libre de tu cruel padrasto.

No fui capaz de levantar el rostro para mirarlo; sus palabras me herían mucho más que cualquier hematoma dejado en mi frágil cuerpo. Gregory parecía saber demasiado sobre mí, mientras que yo no tenía la menor idea de quién era él. La única certeza que tenía era que había salido de una prisión para entrar en otra, una experiencia que ya era suficiente para destrozar mi corazón.

Por tercera vez, la voz de Gregory resonó por la enorme casa, ordenando en esta ocasión que Samanta me llevara de vuelta a la habitación. Ella me ayudó a ponerme de pie mientras sentía que mis piernas temblaban. Respiré hondo, ocultando toda mi frustración, y me tragué el llanto. No le daría a ese hombre el placer de verme sufrir.

Cuando finalmente levanté la vista para mirarlo, ya no estaba allí. Samanta me arrastró hasta el cuarto porque yo no tenía fuerzas ni para moverme. Frente a ella me sentí con la confianza suficiente para llorar, y cuando por fin me acostó en la cama, se acercó a consolarme.

—No te desesperes, niña —me colocó la manta encima—. El señor Gregory será un buen esposo. Mientras estés en esta casa, estarás a salvo.

Me incorporé de golpe, como se me acabara de ocurrir una gran idea. Con los ojos muy abiertos, agarré la mano de Samanta antes de que pudiera apartarse y la interrogué:

—Tú trabajas para él —Samanta se asustó e intentó sueltarse, pero no la dejé escapar—. Dime quién es él y por qué me eligió a mí como esposa.

Se quedó petrificada frente a mí, como si no supiera qué decir, mas yo no pensaba dejarla ir antes de que respondiera a todas mis preguntas.

—No sé por qué la eligió a usted como esposa —su voz salió trémula y pausada—, pero el señor Gregory es el heredero de un imperio multimillonario y necesita tener una esposa para asumir los negocios de la familia.

—¿Multimillonario? —susurré, y fue como si mis fuerzas se evaporaran como un globo que se desinfla—. ¿Me casé con un multimillonario?




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