Veneno

Prologo — Despertar

Despierto caminando.

No recuerdo haberme levantado ni haber decidido avanzar. Simplemente estoy en movimiento. Mis piernas responden con una naturalidad que me resulta sospechosa, como si llevaran más tiempo despiertas que yo. El suelo cede bajo mis pasos: hojas secas, tierra húmeda, raíces apenas visibles. Camino sin tropezar. El cuerpo parece saber exactamente dónde está.

Me detengo.

El bosque guarda silencio. No un silencio absoluto, sino uno funcional: viento leve entre las ramas, un pájaro a lo lejos, el crujido mínimo de algo moviéndose fuera de mi vista. Todo suena correcto. Demasiado correcto.

Intento recordar por qué estoy aquí.

La intención aparece con claridad, pero el recuerdo no. Sé que debería haber una imagen, un motivo, un nombre al que aferrarme, pero no hay nada. Es como extender la mano hacia un objeto que siempre estuvo ahí y encontrar solo aire. La ausencia no duele. Eso es lo que más me inquieta.

Miro a mi alrededor.

Los árboles son altos, sobrios, separados lo justo para que la luz pase sin dificultad. No hay senderos marcados, pero tampoco maleza cerrada. El bosque no parece diseñado para perderse. Tampoco para encontrarse.

Si alguien me preguntara cómo me siento, diría que tranquilo.

La idea me provoca una incomodidad inmediata.

—¿Dónde estoy? —digo en voz alta.

Mi voz suena normal. No tiembla. No se quiebra. No se siente ajena. Escucharla debería calmarme, pero no lo hace. No hay eco. Solo el aire absorbiendo las palabras como si nunca hubieran existido.

Vuelvo a caminar porque no se me ocurre nada mejor.

Avanzo sin prisa. No tengo hambre. No tengo sed. No tengo frío. El cuerpo funciona con una eficiencia sospechosa, como si alguien se hubiera encargado de eliminar cualquier distracción innecesaria. Cada detalle parece orientado a una sola cosa: seguir.

Entonces la escucho.

—Víctor, ¿puedes oírme?

La voz no proviene de ningún punto específico. No rebota entre los árboles ni se superpone al sonido del bosque. Simplemente aparece, clara y limpia, como si siempre hubiera estado ahí. Es mecánica. Neutral. Pronuncia mi nombre sin énfasis, como si fuera un dato que acaba de verificar.

Me detengo.

—Sí —respondo, después de unos segundos—. Puedo oírte.

No pregunto quién es. No pregunto cómo sabe mi nombre. La pregunta correcta no llega a formarse. En su lugar, siento una presión leve en el pecho, una sensación breve y exacta, como una pieza encajando donde no debería.

—Camina en línea recta —dice la voz—. Dentro de poco dejarás de oírme. Si continúas, lograrás comprender algunas cosas que ya no recuerdas.

Quiero preguntar qué cosas. Quiero decir que no recuerdo nada. Pero la voz ya se ha ido. No se apaga: simplemente deja de estar, como si nunca hubiera hablado.

Sigo caminando.

El terreno desciende suavemente y el cielo se abre un poco más entre las copas. La luz no cambia, pero se vuelve más presente. Todo invita a avanzar sin cuestionar nada. Me doy cuenta de que no estoy pensando en huir. La idea ni siquiera aparece.

Empiezo a escuchar otras voces.

Al principio son fragmentos: risas nerviosas, palabras sueltas, sonidos humanos que no encajan del todo con el paisaje. Acelero el paso sin decidirlo conscientemente. Cuando el bosque se abre en un claro, los veo.

Son cuatro personas. Están de pie, mirándose entre sí con una atención incómoda, como si temieran que cualquiera de los otros pudiera desaparecer de un momento a otro.

—¡Oye! —grita uno—. ¡Por aquí!

Me acerco despacio. No porque desconfíe, sino porque no quiero parecer desesperado.

—¿También te perdiste? —pregunta una mujer, sin esperar respuesta.

Asiento. No tengo otra cosa que ofrecer. Ellos tampoco parecen tener más. Nadie recuerda cómo llegó. Nadie sabe por qué está aquí. Compartir esa ignorancia debería tranquilizarme. No lo hace.

Antes de que podamos decir algo más, la voz regresa.

Esta vez no es solo para mí.

—Bienvenidos —dice—. Agradecemos cordialmente su participación en este proyecto.

Nadie se mueve. Nadie habla. El claro se llena de una quietud tensa.

—Por el momento, el nombre del proyecto no será mencionado —continúa—. A continuación, se les explicarán las reglas.

Observo a los otros. Algunos aprietan la mandíbula. Otros bajan la mirada. Yo solo escucho.

—Les pedimos que consideren esta experiencia como un juego —añade la voz—. De ese modo, evitarán ser arrastrados lentamente a la desesperación.

La palabra juego queda suspendida en el aire, fuera de lugar, incompatible con todo lo que siento.

Levanto la vista.

El cielo sigue ahí. Limpio. Indiferente. El bosque no ha cambiado. Nada parece peligroso.

Y sin embargo, por primera vez desde que desperté, tengo la certeza de que algo ya empezó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.