Veneno

Capítulo 1 — El Juego

La voz guarda silencio unos segundos más de los necesarios, como si esperara una reacción que no llega. Nadie interrumpe. Nadie se adelanta. El claro se llena de cuerpos quietos, atentos, contenidos.

—Actualmente hay veinticuatro participantes activos —dice al fin—. Todos se encuentran en condiciones físicas aceptables para el desarrollo del proyecto.

La palabra activos me incomoda. No sé por qué. Miro a mi alrededor. Hay más personas de las que vi al principio. Han ido llegando sin hacer ruido, atraídos por la voz o por la simple necesidad de no estar solos. Nadie destaca. Nadie parece fuera de lugar. Eso, de algún modo, lo vuelve peor.

—Este proyecto fue creado con la finalidad de poner a prueba ciertas capacidades humanas —continúa—. Entre ellas: adaptación, toma de decisiones y supervivencia.

No menciona inteligencia. No menciona fuerza. Tampoco coraje. Me sorprendo sintiendo un alivio breve, casi vergonzoso.

—Para el correcto desarrollo del juego, cada participante porta un dispositivo de control.

Bajo la mirada antes de que termine la frase. El brazalete negro rodea mi muñeca izquierda con una precisión incómoda. No recuerdo haberlo visto antes, pero tampoco puedo recordar un momento sin él. Es liso, sin marcas, sin bordes visibles. Cuando lo toco, vibra apenas, como una respuesta automática.

Algunos reaccionan de inmediato. Una mujer tira del dispositivo con ambas manos. Un hombre intenta girarlo, buscar un cierre, una falla. El brazalete no cede.

—Cualquier intento de manipulación será registrado —dice la voz—. Les recomendamos no hacerlo.

La mujer suelta el dispositivo como si acabara de recordar algo importante.

—El dispositivo administra una cepa diseñada para interactuar con el sistema nervioso —añade—. Su función es garantizar el cumplimiento de las instrucciones.

No dice veneno. No hace falta. El silencio que se instala es denso, incómodo, definitivo.

—El primer evento comenzará de inmediato.

El brazalete vibra con más intensidad. Una luz breve lo recorre y se apaga. Miro a los demás. Algunos observan sus muñecas con pánico abierto. Otros miran el bosque, como si recién ahora comprendieran dónde están.

—Deben dirigirse al punto de partida —dice la voz—. Estará señalado con un letrero rojo. El tiempo ya está corriendo.

—¿Qué pasa si no llegamos? —pregunta alguien.

La voz tarda lo suficiente como para que la pregunta empiece a parecer un error.

—El sistema actuará.

Nada más.

El claro se rompe en movimiento. Nadie corre, pero todos empiezan a desplazarse en distintas direcciones, buscando algo rojo entre el verde. Yo avanzo despacio. No quiero ser el primero ni el último. No quiero destacar. No quiero que me recuerden.

El letrero aparece a los pocos minutos. Una placa metálica, opaca, clavada entre dos árboles. No hay flechas. No hay instrucciones. Solo el color.

Cuando llego, ya hay varias personas esperando. Nadie habla. Todos miran el brazalete cada tanto, como si pudiera revelar algo si se lo observa el tiempo suficiente. Yo hago lo mismo.

Una vibración corta.

—Evento uno completado —dice la voz—. Procedemos a la siguiente instrucción.

Algunos sueltan el aire. Otros permanecen tensos, como si no confiaran del todo en la palabra completado.

—A partir de este momento, deberán dividirse.

Un murmullo recorre el grupo.

—Los participantes cuyos dispositivos se iluminen en verde deberán dirigirse al punto A. Los dispositivos en azul, al punto B.

Miro mi muñeca. El brazalete parpadea una vez y queda en azul.

No sé qué significa. No lo pregunto.

Los colores se reparten sin patrón visible. Personas que llegaron juntas ahora se separan sin protestar. Nadie propone cambiar. Nadie discute la asignación. La posibilidad de desobedecer no parece existir.

Camino con el grupo azul. Somos menos. No sé si eso es bueno o malo. No encuentro una forma correcta de pensarlo.

El trayecto es silencioso. El bosque no cambia. La luz sigue filtrándose entre las ramas con la misma calma. Si no fuera por el brazalete, podría creer que se trata de una caminata organizada, algo inocuo.

Una mujer tropieza delante mío. El sonido es seco, breve. Nadie se detiene. Yo tampoco. Me digo que lo haré si vuelve a caer. No ocurre.

Llegamos al punto B. No hay letrero. Solo un espacio más cerrado, menos luz, árboles más juntos. El grupo verde no está. No sabemos dónde están. Tampoco lo preguntamos.

La espera se vuelve incómoda.

—¿Y ahora qué? —susurra alguien.

Como si hubiera estado esperando ese momento exacto, la voz regresa.

—Permanezcan donde están —dice—. No todos los eventos requieren acción inmediata.

El brazalete vibra de nuevo. Esta vez el estímulo es más largo. Siento un pinchazo breve en el brazo, casi imperceptible. Bajo la manga instintivamente. No hay marca.

Un jadeo rompe el silencio.

Un hombre se lleva la mano al cuello. Sus movimientos son torpes, desordenados, como si el cuerpo hubiera dejado de responderle con precisión. Intenta hablar. No lo logra. No cae. No grita. Solo permanece ahí, temblando.

Nadie se acerca.

Yo tampoco.

Después de unos segundos, el temblor disminuye. El hombre respira con dificultad, pero sigue de pie. El brazalete se apaga.

—El evento continúa —dice la voz—. Les sugerimos no perder tiempo innecesario.

Miro al hombre. Él evita mi mirada.

En ese momento entiendo algo con una claridad incómoda:

No necesito conocer todas las reglas para perder.

Y eso es lo que realmente me da miedo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.