Nadie nos dice cuándo termina el evento anterior. Tampoco cuándo empieza el siguiente. El tiempo deja de tener bordes claros y se vuelve algo espeso, difícil de medir. Permanecemos de pie durante lo que podrían ser minutos u horas. Nadie se sienta. Nadie se aleja demasiado. Aprendimos rápido que moverse sin indicación puede ser interpretado como algo más.
El hombre que tembló sigue con nosotros. Respira de forma irregular, como si cada inhalación tuviera que ser aprobada antes de ocurrir. Sus manos no dejan de moverse, buscando algo que no encuentran. Nadie le pregunta cómo está. Yo tampoco.
El bosque no cambia. La luz sigue siendo suficiente. El aire sigue oliendo a hojas húmedas. Esa normalidad constante empieza a sentirse artificial, como un decorado que no reacciona a lo que ocurre dentro.
La vibración vuelve.
—Nueva instrucción —dice la voz—. El grupo deberá avanzar hacia el siguiente punto marcado.
Hace una pausa breve.
—No es obligatorio que todos lleguen.
Algunos levantan la cabeza al mismo tiempo. Nadie pregunta nada. No porque no quieran, sino porque todos entendemos que no habrá aclaraciones.
—Repito —añade la voz—. No es obligatorio que todos lleguen.
El silencio posterior pesa más que cualquier amenaza directa. No hay castigo explícito. No hay condición visible. Solo una posibilidad abierta que nadie quiere nombrar.
Un hombre da el primer paso. Luego otro. El movimiento se contagia sin necesidad de acuerdos. Avanzamos como si ya hubiéramos aceptado algo sin decirlo.
Camino en el medio. No quiero quedarme atrás, pero tampoco quiero ir adelante. El bosque se vuelve un poco más denso. La luz se fragmenta. El sonido de las pisadas se mezcla con respiraciones tensas.
Escucho un tropiezo.
No me detengo.
No es una decisión formulada. El cuerpo sigue adelante antes de que la mente intervenga. El sonido se repite, esta vez acompañado de un gemido ahogado. Alguien murmura algo, una palabra rota que no logro entender.
Miro hacia atrás.
Es la mujer que había tropezado antes. Está en el suelo, apoyada sobre una rodilla, con la otra pierna rígida, como si no respondiera. Intenta levantarse, pero el movimiento se le desarma a mitad de camino. Sus manos tiemblan con el mismo patrón que vi antes en el hombre.
Nadie vuelve.
Yo dudo.
La vibración en mi muñeca se intensifica, no como un castigo, sino como un recordatorio. No hay voz. No hay orden explícita. Solo una urgencia muda instalada en el cuerpo.
Podría ayudarla. No sería difícil. Bastaría con acercarme, ofrecerle el brazo, ajustar el paso del grupo. No parece una decisión grande. No parece heroica. Pero tampoco parece segura.
Doy un paso hacia ella.
El brazalete emite un pitido breve.
Me detengo.
La mujer levanta la vista. No grita. No suplica. No pide nada. Solo me mira, como si ya hubiera entendido cuál es el límite de este lugar y yo recién estuviera rozándolo.
Doy un paso atrás.
Sigo caminando.
No miro de nuevo.
El grupo avanza durante varios minutos más. Nadie comenta lo ocurrido. Nadie pregunta cuántos somos ahora. El silencio ya no es incómodo: es funcional.
Llegamos al punto marcado sin saber exactamente qué estamos cumpliendo. No hay letrero. Solo una leve elevación del terreno, rodeada de árboles más jóvenes, demasiado rectos, demasiado iguales.
La vibración cesa.
—Instrucción completada —dice la voz—. Pueden detenerse.
Algunos se sientan en el suelo con movimientos torpes. Otros se apoyan contra los troncos. Yo permanezco de pie. Siento una presión nueva en la cabeza, como si algo se estuviera acomodando mal detrás de los ojos. Parpadeo varias veces. No desaparece.
La mujer no está.
Tampoco el hombre que temblaba antes. No sé en qué momento dejó de estar con nosotros. No recuerdo haberlo visto caer ni quedarse atrás. Solo sé que ahora no ocupa ningún espacio.
La voz tarda en volver.
Cuando lo hace, su tono no cambia.
—El evento continúa con normalidad —dice—. Les recordamos que la omisión también forma parte del juego.
La palabra omisión se queda conmigo más tiempo del necesario.
Bajo la mirada hacia el brazalete. Está apagado. No duele. No vibra. Aun así, siento que algo ya empezó a desplazarse dentro de mí, lento, constante.
No sé qué les pasó a los que no llegaron.
No necesito saberlo.