Veneno

Capítulo 3 — El Juego

La noche no llega de golpe. No hay un instante claro en el que el día termine. La luz simplemente pierde fuerza, como si alguien redujera lentamente la intensidad del mundo. El bosque sigue siendo el mismo, pero todo se percibe un poco más distante, menos preciso, como una imagen que empieza a desenfocarse.

Nadie propone moverse. Nadie pregunta qué sigue. Ya entendimos que las preguntas no producen respuestas útiles.

Me siento al fin. El suelo está frío. Apoyo la espalda contra el tronco de un árbol y cierro los ojos un segundo, solo para comprobar si todavía puedo hacerlo sin marearme. No duermo. No creo que pudiera. Hay una presión constante en la sien derecha, un latido irregular que no duele lo suficiente como para alarmar, pero tampoco desaparece.

Cuando abro los ojos, la voz ya está hablando.

—Algunos de ustedes han comenzado a experimentar efectos secundarios —dice—. Esto es normal.

La palabra normal provoca una risa breve en alguien. Se corta enseguida, como si el sonido hubiera sido un error.

—El dispositivo no actúa de la misma manera en todos los participantes —continúa—. Las respuestas varían según factores individuales.

Miro alrededor. Una mujer se frota los brazos como si tuviera frío. Un hombre respira demasiado rápido, contando cada inhalación. Nadie parece bien, pero nadie está lo suficientemente mal como para justificar una reacción. Estamos todos en ese punto incómodo donde todavía es posible fingir que nada grave ocurre.

—Es importante que comprendan algo —añade la voz—. El cumplimiento de las instrucciones no garantiza la supervivencia.

Levanto la cabeza.

—El objetivo del proyecto no es que todos lleguen al final.

El silencio que sigue es distinto. No es tensión. Es asentimiento. Algo se acomoda dentro de mí con una claridad desagradable, como una pieza que por fin deja de resistirse.

—Entonces… ¿para qué es esto? —pregunta alguien.

No hay enojo en la voz. Solo cansancio.

La respuesta tarda más de lo habitual.

—Para observar —dice finalmente.

Nada más.

No explica qué se observa. No dice quién observa. No aclara cuándo termina la observación. El vacío de información es más pesado que cualquier amenaza directa.

La presión en mi cabeza aumenta. Me llevo la mano a la sien. La piel se siente extraña, como si no perteneciera del todo al mismo cuerpo que intenta pensar. Bajo la mano despacio. No quiero llamar la atención.

—A partir de este momento —continúa la voz—, las instrucciones serán menos frecuentes.

Alguien suelta una exhalación larga, casi de alivio. Yo no comparto la sensación. Menos instrucciones no significa menos control. Significa menos margen para equivocarse.

—El proyecto no finaliza con este evento —añade—. Otros grupos se encuentran en fases distintas del mismo proceso.

Eso es todo.

La voz desaparece sin despedirse.

Miro a los que me rodean. Nadie reacciona de inmediato. Algunos bajan la cabeza. Otros miran al bosque, como si esperaran que algo hubiera cambiado ahora que saben la verdad. No cambia nada. Los árboles siguen en su lugar. El viento sigue moviendo las hojas con la misma paciencia.

Me pongo de pie con cuidado. El suelo parece inclinarse apenas. Doy un paso. Luego otro. El mareo es leve, pero real, como si el cuerpo respondiera con un pequeño retraso.

Entiendo entonces que no se trata de si voy a sobrevivir.

Se trata de cuánto tiempo voy a funcionar antes de dejar de hacerlo.

Me alejo unos metros del grupo, lo suficiente como para estar solo sin desaparecer. Apoyo una mano contra un tronco. La corteza es áspera, firme. Real. Me concentro en esa sensación para no pensar en el latido irregular, en la presión constante, en la certeza creciente de que algo dentro de mí ya empezó a fallar.

No rompí ninguna regla.
No me rebelé.
No ayudé a nadie.

Y aun así, el deterioro avanza.

El juego continúa.

Yo también, por ahora.




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