La última instrucción no llega como las anteriores. No hay vibración inmediata ni aviso previo. El brazalete permanece en silencio durante un tiempo que no sé medir. El cuerpo, en cambio, no.
El mareo empeora sin brusquedad. Es una pérdida gradual de precisión, como si cada movimiento necesitara una corrección tardía. Camino unos pasos y siento que el equilibrio llega después. Me detengo antes de caer. Respiro despacio. No quiero ser el primero en perder el control.
La voz regresa cuando ya nadie la espera.
—Se ha alcanzado una fase crítica del proyecto —dice—. Algunos participantes no continuarán.
Nadie pregunta quiénes. La pregunta ya no sirve.
—La siguiente instrucción no será repetida —añade—. Escuchen con atención.
Levanto la vista. Enfocar me cuesta más de lo habitual.
—Uno de ustedes deberá permanecer en esta zona —dice—. El resto puede avanzar.
No hay colores. No hay temporizador. No hay puntos visibles. Solo esa frase.
—La permanencia no requiere acción adicional —continúa—. El sistema registrará la decisión.
El silencio que sigue no es confusión. Es comprensión inmediata. Permanecer es quedarse atrás. Avanzar es irse. No hay forma de disimularlo.
Miro a las personas que me rodean. Ya no somos muchos. Algunos evitan cualquier contacto visual. Otros observan el suelo con una concentración exagerada, como si allí hubiera una respuesta. Nadie se ofrece. Nadie propone turnarse. Nadie pregunta qué implica exactamente quedarse.
El latido en mi cabeza se vuelve errático. Un dolor breve atraviesa la visión y se disuelve. Aprieto los dientes. No quiero caer ahora. No frente a ellos.
Podría avanzar.
Nada me lo impide. Mis piernas todavía responden. El sistema no ha dicho que avanzar sea incorrecto. No ha prometido que quedarse salve a alguien. Solo ha establecido que uno debe hacerlo.
Pienso en la mujer que dejé atrás.
En el hombre que desapareció sin ruido.
En mí, caminando siempre un paso más adelante de cualquier decisión.
No siento culpa como algo concreto. No es un peso definido. Es una ausencia. Un espacio donde debería haber algo y no lo hay.
Doy un paso hacia adelante.
El brazalete vibra.
No duele. No amenaza. Solo recuerda que sigo siendo observado.
Me detengo.
No porque ahora sea valiente. No porque quiera compensar nada. Simplemente entiendo que si avanzo, nadie habrá elegido quedarse. Y esa idea, sin saber por qué, me resulta peor que cualquier consecuencia individual.
—Yo me quedo —digo.
Mi voz sale más débil de lo que esperaba, pero es suficiente.
Nadie responde. Nadie se acerca. Algunos me miran apenas un segundo antes de apartar la vista. Otros ya están girando el cuerpo, preparándose para irse.
La voz no comenta mi decisión.
—Pueden avanzar —dice—. El registro ha sido iniciado.
El grupo se aleja sin despedidas. No hay prisa. Tampoco alivio. Uno a uno desaparecen entre los árboles, absorbidos por el mismo bosque que nunca dejó de ser tranquilo.
Me quedo solo.
El silencio es distinto ahora. No es tenso. Es definitivo.
La presión en la cabeza se intensifica de golpe. Me llevo una mano al rostro. El mundo se inclina. Apoyo la espalda contra un árbol y dejo que el cuerpo se deslice hasta el suelo. Respirar se vuelve un acto consciente, deliberado.
El brazalete vibra por última vez.
No hay pinchazo. No hay dolor agudo. Solo una sensación de expansión lenta, como si algo se derramara con paciencia dentro de mí. Los pensamientos pierden bordes. Las palabras se vuelven difíciles de sostener. Intento recordar algo —cualquier cosa— y no encuentro ni siquiera el espacio vacío de antes.
El bosque sigue igual.
Las hojas se mueven con el viento. La luz atraviesa las ramas sin dificultad. Todo continúa como si yo no fuera necesario para que el mundo funcione.
Me pregunto, sin demasiada fuerza, si esto cuenta cómo sobrevivir.
La respuesta no llega.