Veneno

CAPÍTULO 1

La nieve había comenzado a caer sobre Shanghái mucho antes de que Xue Ning Zhao aprendiera a llamar hogar a aquella ciudad.

Veinte años atrás, una niña de siete años había llegado a las puertas de la residencia principal de La Puerta de Jade con las manos pequeñas, las rodillas cubiertas de suciedad y una muñeca rota entre los brazos. No había llorado cuando los hombres la encontraron, tampoco había preguntado por sus padres ni había intentado escapar de ellos como cualquiera con sentido común hubiera hecho cuando unos hombres enormes, fornidos y llenos de cicatrices la tomaban en brazos para subirla a un auto. Simplemente había permanecido sentada en silencio, observando cada rostro desconocido con una seriedad impropia de su edad, como si ya hubiera comprendido que las personas que la rodeaban no estaban allí para salvarla, sino para decidir qué ocurriría con ella. Pero eso era mejor que continuar bajo la nieve, sentada en una calle que apenas podía reconocer, con el frío atravesándole la ropa y sin absolutamente nada que pudiera llamar suyo.

Tenía los dedos entumecidos, las mejillas enrojecidas por el frío y algunos mechones de cabello pegados al rostro debido a la humedad, pero aun así no había soltado aquella muñeca rota. La mantenía apretada contra su pequeño pecho como si fuera lo único que todavía podía conservar después de haber perdido todo lo demás. No sabía cuánto tiempo había permanecido allí, ni cuánto había recorrido antes de llegar a aquella residencia, solamente sabía que el frío comenzaba a doler y que las piernas ya no le respondían de la misma manera, por eso cuando aquellos hombres aparecieron frente a ella no tuvo fuerzas para correr, aunque durante los primeros segundos pensó que quizá debía hacerlo.

Los observó acercarse uno por uno, intentando comprender cuál de ellos representaba el mayor peligro, pero todos parecían iguales desde su pequeña perspectiva, demasiado altos, demasiado fuertes y con rostros que no mostraban ninguna expresión que pudiera tranquilizarla. Algunos tenían cicatrices visibles en el rostro y en las manos, otros llevaban abrigos oscuros que parecían absorber la poca luz que quedaba en aquella calle y ninguno se parecía a las personas que una niña esperaría encontrar si alguien hubiera ido a buscarla para llevarla a un lugar seguro. Cuando uno de ellos se agachó frente a ella y extendió los brazos, Xue Ning retrocedió apenas unos centímetros, abrazando con más fuerza la muñeca contra su cuerpo.

No gritó.

No lloró.

Ni siquiera preguntó quiénes eran.

Simplemente los observó con aquellos ojos oscuros y serios mientras intentaba decidir si debía confiar en ellos o esperar a que se marcharan y desvanecerse bajo la nieve.

Al final, el hombre terminó tomándola en brazos porque ella ya no tenía fuerzas suficientes para levantarse por sí misma. Xue Ning permaneció rígida contra su pecho, con los brazos alrededor de su muñeca y la mirada fija en la puerta del vehículo que se encontraba frente a ellos. No sabía hacia dónde la llevarían, no sabía quién la esperaba al otro lado y tampoco sabía si volvería a ver alguna vez el lugar del que había salido, pero ya había aprendido que algunas preguntas no tenían respuesta.

Así que no preguntó.

Se limitó a guardar silencio mientras el hombre la acomodaba en el asiento trasero y cerraba la puerta.

Afuera, la nieve continuó cayendo.

Y mientras el vehículo se alejaba lentamente de aquella calle, Xue Ning miró por última vez hacia el lugar donde había permanecido sola durante quién sabía cuánto tiempo, sin comprender que aquella sería la última vez que tendría que preocuparse por sobrevivir completamente sola.

Porque aquella noche no encontró una familia, todavía no.

Encontró una puerta para sobrevivir. Y detrás de ella había un hombre que cambiaría para siempre el rumbo de su vida.

Nadie habría imaginado que aquella niña terminaría convirtiéndose en una de las mujeres más temidas del continente.

A los veintisiete años, Xue Ning ya no tenía nada de aquella pequeña que había llegado durante el invierno. Había aprendido a caminar sin hacer ruido, a escuchar conversaciones desde habitaciones contiguas y a reconocer una mentira antes de que terminara de ser pronunciada. Había aprendido que una persona podía revelar mucho más con la manera en que sostenía una copa que con cualquier palabra, que el miedo tenía diferentes formas y que los hombres peligrosos no siempre eran los que llevaban un arma visible. También había aprendido a observar antes de hablar, a pensar antes de actuar y, sobre todo, a no permitir que las emociones decidieran por ella.

Durante los primeros años dentro de La Puerta de Jade había sido solamente una niña intentando comprender las reglas de un lugar que no se parecía en nada al mundo que había conocido antes, pero con el tiempo aquellas reglas dejaron de parecerle extrañas y comenzaron a formar parte de ella.

Shen Guowei nunca intentó ocultarle la verdad sobre la vida que tendría dentro de aquella casa. No le prometió que todo sería sencillo ni intentó convencerla de que el mundo era un lugar amable, porque sabía que tarde o temprano ella tendría que enfrentarse a la realidad. Primero le enseñó a leer, a escribir y a hablar correctamente, después llegaron los idiomas, la historia, la política, la economía y las reglas que gobernaban las relaciones entre familias y organizaciones, y mientras Xue Ning crecía, también comenzó a comprender que cada conocimiento tenía una utilidad. Aprendió que una conversación podía ser más importante que una pelea, que una firma podía causar más daño que una bala y que conocer la debilidad de una persona podía ser suficiente para destruirla sin necesidad de tocarla.

Durante aquellos primeros años tampoco estuvo sola. Las otras dos niñas llegaron después de ella, aunque Xue Ning no entendió inmediatamente qué significaría tenerlas en su vida. Al principio solamente fueron dos desconocidas que aparecieron en momentos diferentes, dos niñas que también habían perdido demasiado para comprender por qué aquel hombre había decidido llevarlas a su casa. Xue Ning las observó desde cierta distancia durante los primeros días, de la misma manera en que había observado a todos cuando llegó, intentando entender quiénes eran y qué podían significar para ella. No sabía cómo acercarse, tampoco sabía cómo compartir una habitación, una mesa o la atención de un adulto con alguien más, porque durante sus primeros meses había aprendido a sobrevivir dependiendo únicamente de sí misma.




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