La carpeta permaneció sobre el escritorio durante varios segundos, Nikolas no volvió a tocarla. Sus ojos continuaban sobre el nombre que aparecía en la primera página, como si esperara encontrar alguna explicación adicional entre aquellas letras que justificara la expresión seria de su padre. Xue Ning Zhao. Veintisiete años. Heredera de La Puerta de Jade. Una mujer de la que hasta unos minutos atrás, apenas había escuchado hablar.
Había leído suficiente información para comprender que no se trataba de una heredera cualquiera.
La Puerta de Jade era una organización antigua, poderosa y extremadamente reservada. Sus operaciones se extendían por diferentes regiones de Asia y mantenían conexiones que alcanzaban mercados internacionales, redes de información y rutas que incluso el Syndicato Asteriadis había evitado tocar durante años. No era una organización con la que se pudiera negociar a la ligera y mucho menos una con la que Konstantinos hubiera decidido establecer una alianza sin una razón suficientemente importante.
Aun así, nada de aquello explicaba por qué su padre acababa de decirle que el precio de aquella alianza era él.
Nikolas cerró lentamente la carpeta.
—No.— dictaminó con firmeza, Konstantinos no reaccionó.
Eleni en cambio dejó la taza sobre la mesa y observó a su hijo con una expresión que mezclaba preocupación y una ligera tristeza. Ella había permanecido en silencio durante prácticamente toda la conversación, escuchando a ambos hombres mientras intentaba no intervenir antes de tiempo. Conocía demasiado bien a su esposo para saber que aquella conversación no había comenzado aquella mañana y también conocía demasiado bien a su hijo para saber que la primera respuesta de Nikolas siempre sería una negativa cuando sentía que alguien intentaba decidir por él.
—Nikolas...
—No.— Esta vez su voz fue más firme.
No había levantado el tono pero la tranquilidad habitual había desaparecido de su expresión. La ligera sonrisa que casi siempre parecía acompañarlo había desaparecido por completo, dejando únicamente una mirada frívola mientras observaba a su padre. Konstantinos entrelazó las manos sobre el escritorio y se recostó ligeramente en su silla sin mostrar la menor intención de ceder ante la reacción de su hijo.
—Ni siquiera has escuchado las condiciones.
—No necesito escucharlas.
—Sí las necesitas.
Nikolas soltó una risa breve, aunque no había humor en ella.
—Papá, acabas de decirme que quieren casarme con una mujer a la que nunca he visto en mi vida.
—Has visto su fotografía.
—Eso no cuenta.
—Para algunas personas sería suficiente.
—Entonces cásala con esas personas.
Eleni bajó la mirada durante un instante para esconder una sonrisa que desapareció rápidamente cuando Konstantinos la observó. No quería reírse de la situación, pero conocía demasiado bien el carácter de su hijo como para no encontrar cierto parecido entre aquella discusión y muchas otras que habían tenido a lo largo de los años.
—No estamos hablando de una negociación cualquiera —dijo el hombre.
—Lo sé.
—Entonces compórtate como el heredero que eres.
Aquella frase consiguió que Nikolas dejara de sonreír otra vez. Durante unos segundos padre e hijo se observaron en silencio. Era una frase que Konstantinos había utilizado muchas veces durante su infancia.
« Compórtate como el heredero que eres. »
Nikolas la había escuchado cuando tenía quince años y cometía errores durante sus primeras reuniones. La había escuchado cuando tenía dieciocho y quería abandonar una negociación que consideraba innecesaria. La había escuchado incluso cuando era demasiado joven para comprender por qué ser el heredero significaba tener que comportarse de una manera determinada incluso cuando nadie más lo hacía.
La había escuchado después de equivocarse, después de perder la paciencia y después de tomar decisiones que Konstantinos consideraba demasiado arriesgadas. Siempre significaba lo mismo: recordarle que no podía permitirse actuar únicamente como Nikolas porque, detrás de su nombre, existía un apellido que representaba a cientos de personas y un imperio que algún día tendría que proteger.
Pero aquella vez era diferente, aquella vez no estaban hablando de una negociación. No estaban hablando de una ruta, no estaban hablando de una decisión empresarial. Estaban hablando de su vida.
—Ser el heredero no significa que pueda casarme con cualquiera que ustedes decidan —respondió finalmente.
—No es cualquiera.
—No la conozco.
—Ella tampoco te conoce.
—Eso no mejora las cosas —dijo con desdén.
Konstantinos tomó la carpeta y la abrió nuevamente. Sus dedos pasaron por algunas de las páginas mientras Nikolas permanecía sentado frente a él, esperando que terminara de justificar una decisión que para él, seguía siendo absurda.
—La Puerta de Jade controla rutas terrestres y redes de información que podrían complementar nuestras operaciones marítimas. Nosotros controlamos puertos, transporte y rutas internacionales que ellos necesitan para expandirse fuera de Asia. Durante años hemos mantenido una relación comercial indirecta, pero las circunstancias están cambiando.
Nikolas permaneció sentado.
—¿Qué circunstancias? —cuestionó arqueando una ceja. Su padre no respondió inmediatamente, eso fue suficiente para que Nikolas comprendiera que existía algo más.
Konstantinos no era un hombre que dejara una pregunta sin responder por accidente. Si había guardado silencio significaba que estaba decidiendo cuánto podía contarle y cuánto consideraba que debía descubrir por su cuenta, Nikolas lo conocía demasiado bien.
—¿Quién nos está presionando?
—Nadie.
—Entonces ¿qué está cambiando? —exigió esta vez, Konstantinos sostuvo su mirada.
—El equilibrio.
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Editado: 11.08.2026