Un mes y medio después
Nunca había pensado que una boda pudiera sentirse tanto como una negociación, quizá porque, durante toda mi vida, había visto suficientes celebraciones como para saber que al menos en apariencia aquel día debería estar lleno de emoción, música, flores y personas sonriendo mientras felicitaban a los recién casados, pero nada de aquello se sentía particularmente romántico cuando uno sabía que la persona que estaba a punto de convertirse en su esposa había negociado con él la duración del matrimonio, sus límites y hasta la posibilidad de terminarlo antes de que llegaran a conocerse realmente. Habíamos hablado de cada una de esas cosas con la misma seriedad con la que dos personas discutirían las condiciones de un acuerdo comercial, habíamos establecido qué podía hacer cada uno, qué debía respetar y qué cosas no permitiríamos bajo ninguna circunstancia, así que resultaba extraño pensar que, unas semanas después de aquella conversación, estaríamos a punto de convertir todo aquello en un matrimonio legal.
Y aun así allí estaba yo frente al espejo, vestido de blanco. Esperando a que alguien viniera a decirme que era momento de bajar, mientras observaba mi propio reflejo y trataba de acostumbrarme a la idea de que, después de aquella noche, dejaría de ser simplemente Nikolas Asteriadis para convertirme públicamente en el esposo de Xue Ning Zhao. El apellido no cambiaría, mis responsabilidades tampoco y mi posición dentro del Syndicato seguiría siendo exactamente la misma pero habría una diferencia que no podía ignorar, a partir de aquella noche existiría una mujer cuyo nombre estaría unido al mío frente a nuestras familias, nuestras organizaciones y cualquier persona que tuviera suficiente interés en nosotros.
El traje había sido elegido por mi madre, aunque no había discutido demasiado al respecto. Era un traje blanco perfectamente ajustado, sobrio y elegante, con una chaqueta de corte limpio que se acomodaba sobre mis hombros y una camisa blanca debajo, la corbata era también blanca y estaba perfectamente ajustada alrededor de mi cuello, mientras que los pantalones caían de manera impecable hasta los zapatos. Mi reloj descansaba sobre mi muñeca y los gemelos tenían el escudo de los Asteriadis grabado discretamente en la superficie, un detalle pequeño que probablemente nadie notaría a menos que supiera exactamente qué estaba buscando.
No llevaba nada más.
Siempre había preferido las cosas sencillas cuando se trataba de vestir y aquella noche no era diferente, no necesitaba adornos innecesarios ni demasiados detalles para recordar quién era o de dónde venía. El apellido que llevaba hacía suficiente ruido por sí solo y además aquella boda no necesitaba que yo pareciera más importante de lo que ya era, porque la presencia de ambas familias y todo lo que representábamos hablaba por nosotros.
La ceremonia se celebraría en una propiedad privada perteneciente a ambas familias, elegida precisamente porque permitía mantener la privacidad necesaria para una unión de aquel nivel. No habría demasiados invitados, solamente personas importantes para ambas organizaciones, familiares cercanos, algunos aliados y unos cuantos hombres cuya presencia tenía más relación con la seguridad que con la celebración, porque incluso en un día que debería pertenecer únicamente a dos personas, nuestras posiciones hacían imposible olvidar que detrás de nosotros existían dos organizaciones enteras observando cada movimiento.
Sabía que muchos de los presentes no estarían allí para felicitarnos.
Estarían allí para comprobar que el acuerdo funcionaba.
Para observarnos.
Para analizar nuestra relación.
Para comprobar que la unión entre los Asteriadis y La Puerta de Jade era realmente sólida.
Y nosotros tendríamos que demostrarlo, no era una boda para enamorados, era una boda para herederos.
Dos personas preparadas desde niños para ocupar lugares de poder, unidas no por una historia compartida ni por años de sentimientos, sino por una decisión tomada mucho antes de que cualquiera de los dos tuviera la oportunidad de elegir. Todo lo que ocurriría aquella noche tendría un propósito, las palabras, las fotografías, las sonrisas, los gestos y hasta la manera en que Xue Ning y yo nos miraríamos frente a los demás.
Y eso explicaba bastante bien la tensión que podía sentirse incluso antes de que comenzara.
No era miedo. Tampoco nervios. Era la sensación de saber que cuando aquella puerta se abriera y yo caminara hacia el lugar de la ceremonia, ya no habría forma de fingir que aquello seguía siendo solamente una propuesta.
Aquella noche nos convertiríamos oficialmente en marido y mujer.
—¿Nervioso?
La voz de mi madre llegó desde la puerta, tranquila y suave, aunque por la manera en que me observaba parecía estar intentando descubrir si realmente estaba tan tranquilo como aparentaba.
Me giré.
Eleni estaba allí, observándome con una sonrisa serena, con una mano apoyada sobre el marco de la puerta mientras sus ojos recorrían mi traje y después regresaban a mi rostro.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Su sonrisa se hizo un poco más evidente, como si no terminara de creerme pero no insistió inmediatamente. Entró en la habitación y se acercó a mí, acomodando ligeramente la solapa de mi chaqueta, después pasó los dedos por el borde de la tela para asegurarse de que todo estuviera en su lugar.
—Te ves muy bien.
—Gracias.
Me observó durante unos segundos, esta vez con una atención diferente, como si estuviera intentando reconocer al niño que había visto crecer dentro del hombre que tenía delante. Finalmente su expresión se suavizó.
—¿Has hablado con ella hoy?
—No.
—¿No?
—No desde anoche.— asentí, mi madre arqueó ligeramente una ceja.
—¿Y eso no te preocupa?
—¿Debería?— dije genuinamente intrigado.
—No lo sé.
Sonreí ligeramente porque tampoco tenía una respuesta demasiado clara para aquello. No habíamos hablado aquella mañana, pero tampoco era algo extraño entre nosotros, durante las últimas semanas habíamos mantenido una distancia bastante cómoda, hablábamos cuando era necesario, discutíamos los detalles relacionados con la boda cuando alguno de los dos necesitaba hacerlo y después volvíamos a nuestras respectivas vidas.
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Editado: 11.08.2026