A la mañana siguiente me di cuenta de que casarse con este tipo tenía una desgracia que ninguno de nuestros acuerdos había podido evitar: ahora tenía que verlo incluso antes de haber siquiera imaginado tomarme un café. Abrí los ojos lentamente y durante unos segundos permanecí inmóvil todavía intentando acostumbrarme al lugar, al techo que no reconocía, al silencio extraño que había reemplazado el ruido de los empleados rondando los pasillos durante la noche y sobre todo a la presencia de otra persona dentro de aquella habitación, justo a mí ladi en la cama. Entonces recordé dónde estaba y por qué había una persona más en aquella cama. Giré ligeramente la cabeza y encontré a Nikolas en el otro extremo (exactamente donde había dicho que dormiría) de espaldas a mí y con una de sus manos debajo de la almohada, dejándome prácticamente todos los puntos de acceso vitales para acabar con su vida tan rápido como un parpadeo.
No sabía si aquello era una costumbre suya o simplemente él era un pendejo de primera categoría, pero ninguna de las dos posibilidades me tranquilizaba demasiado así que permanecí observándolo durante unos segundos antes de incorporarme con cuidado procurando no hacer movimientos innecesarios y despertarlo y que eso arruinara mi mañana antes de siqiera haber salido de la habitación. Al menos había cumplido su palabra y no había invadido mi espacio durante la noche lo cual era algo que me dejaba relativamente "tranquila", aunque no lo suficiente como para bajar la guardia, porque una noche respetando nuestras condiciones no significaba que pudiera confiar en él o que las seguiría respetando los siguientes días, semanas, o los desgraciados siguientes meses.
Unos segundos después Nikolas se movió como si realmente no hubiese estado dormido y abrió los ojos girando lentamente el rostro hacia mí mientras su expresión todavía mostraba el cansancio y una sombra de una diversión que no sabia de donde venia, era irritante.
—Buenos días —murmuró con la voz ligeramente adormecida mientras se acomodaba contra el cabecero y yo lo observé durante unos segundos antes de apartar las sábanas.
Ni siquiera lo voltee a ver mientras me levantaba de la cama y recogía mi cabello con una mano, sin intención alguna de fingir amabilidad a esa hora. Su ceja se arqueó ligeramente mientras me seguía con la mirada.
—¿No? —preguntó, como si realmente necesitara una explicación mientras se estiraba ligeramente.
Segui sin mirarlo mientras caminaba hacia el baño, porque todavía no había tomado café y no tenía ninguna intención de fingir amabilidad antes de hacerlo. Ni siquiera mis hermanas tenían ese privilegio.
—¿Necesitas algo antes de hablar con las personas? —preguntó mientras se incorporaba lentamente y apoyaba la espalda contra el cabecero, todavía observándome con aquella expresión tan tranquila y juguetona que comenzaba a resultarme irritante.
—Necesito cafeina antes de tolerarlas —respondí sin saber porque le contestaba siquiera, mientras abría la puerta del baño y entraba, aunque antes de cerrarla pude escuchar una pequeña risa detrás de mí.
—Anotado —dijo con tranquilidad. Me detuve durante un segundo y giré ligeramente la cabeza para mirarlo por encima del hombro.
—Y deja de sonreír —advertí mientras sostenía todavía el pomo de la puerta.
—Ni siquiera estoy sonriendo —respondió intentando mantener una expresión seria, aunque la ligera curva de sus labios lo delataba. Lo observé con los ojos entrecerrados. Este hombre tenía algo que no me gustaba, aunque todavía no conseguía decidir exactamente qué era. Tal vez era aquella aura despreocupada que parecía acompañarlo a todas partes, como si absolutamente nada pudiera alterarlo lo suficiente como para perder el control o quizás era su irritante actitud de no me importa nada que por alguna razón nunca terminaba de parecer del todo real. Nikolas Asteriadis observaba demasiado para ser un hombre despreocupado, escuchaba incluso cuando parecía distraído y tenía esa costumbre de sonreír ligeramente en momentos en los que cualquier otra persona habría permanecido seria, como si el mundo entero fuera algo que le resultaba ligeramente entretenido o quisiera parecer lo suficientemente idiota para que bajen la guardia con él y asi obtener tus mas oscuros secretos en un momento.
Y eso me desconcertaba.
No confiaba en él, ni siquiera un poco. No confiaba en los hombres en general, mucho menos en los que podían ocultar sus pensamientos detrás de una expresión relajada y muchisimo menos en alguien que había crecido dentro de una organización como la suya. Sabía perfectamente que detrás de aquellos modales elegantes y de aquella aparente tranquilidad existía el heredero del Syndicato Asteriadis, un hombre capaz de mover mercancías y personas a través de medio mundo sin dejar demasiadas huellas, alguien que conocía rutas que podían hacer desaparecer prácticamente cualquier cosa.
O a cualquier persona.
Sin embargo había otra cosa que tampoco me gustaba admitir. Su apariencia. Porque Nikolas Asteriadis era para mi desgracia, un hombre ridículamente atractivo y eso resultaba todavía más irritante cuando lo tenía cerca. Con su metro ochenta y ocho tenía que levantar ligeramente la mirada para observarlo por completo cuando estabamos frente a frente, su cabello castaño oscuro siempre parecía cuidadosamente acomodado incluso cuando acababa de despertar y su barba perfectamente cuidada hacía que su rostro pareciera demasiado definido. Pero eran sus ojos los que más me molestaban, de un azul profundo y extraño, demasiado claros en contraste con su piel bronceada por el sol.
A veces bajaba la guardia durante apenas un segundo y cometía el error de observarlo demasiado.
Entonces mi mente dejaba de analizarlo como debía.
Dejaba de pensar en eltrabajo, en el trato, en las reglas que debia seguir, en sus intenciones y en todas las razones que tenía para desconfiar de él y solamente conseguía ver el rostro de aquel hombre guapo demasiado cerca del mío.
#61 en Ciencia ficción
#369 en Thriller
matrimonio por contrato y secretos, mentiras tratos contratos mafia, drama convivencia forzada
Editado: 31.08.2026