Venganza

Capítulo 3: William

—Acompáñame, cariño. Te daré el uniforme y las instrucciones. Si sigues todo al pie de la letra… no morirás.

—¿Morir? —era de esperarse que en este palacio gobernaran con despotismo—. No le temo a la muerte.

La mujer me miró y sonrió de forma inquietante.

—Toma, cámbiate.

El uniforme era un vestido de tela fina y mangas largas.

—Con esto moriré de frío en invierno.

—Esa es una de las muchas formas que usan para castigarnos.

—¿A qué te refieres?

—Espero que no lo averigües, querida. Después de todo… morir es lo menos doloroso aquí dentro.

Pese a que ya no me importaba demasiado mi vida, esta mujer me daba escalofríos.

Me llevó a recorrer las distintas zonas del palacio. Era inmenso. Demasiado para mi gusto. Más que un hogar familiar, parecía una prisión cuidadosamente dividida para que nadie se cruzara con nadie.

—Aquí es donde trabajarás. Por allí están las habitaciones del servicio del primer príncipe. Y, por ese otro pasillo... —bajó la voz, deteniéndose— está la habitación del segundo príncipe.

Me tomó de las manos con firmeza.

—Nunca, bajo ninguna circunstancia, vayas hacia allí. Nunca.

—¿Qué hay allá?

—El segundo príncipe.

—¿Y por qué no puedo acercarme?

—Porque quieres seguir con vida. Ahora, ven. Vamos a conocer al resto de las sirvientas.

Ahora quiero ir. Maldito bicho de curiosidad.

—Buenos días —anunció—. Ella es Cristina, desde hoy trabajará con ustedes. No se aprovechen de ella y ayúdenla a cumplir con las expectativas del primer príncipe.

Las demás asintieron en silencio y la mujer se retiró.

—Hola —dijo una de ellas—. ¿Estás aquí para reemplazar a Marnie?

—¿Marnie?

—Sí. Ayer cometió un error y… bueno, ya sabes. Murió.

—¿Qué error?

Se acercó y me susurró al oído:

—Le sirvió fresas al príncipe… y él las odia. Lo tomaron como una ofensa. Zas, decapitada.

—Parece que te alegra.

—Marnie era una mala persona. Se lo merecía.

—No creo que nadie merezca morir así.

—Y eso que no sabes —se sumó otra sirvienta, de cabello rojizo—. Hace unas semanas, el rey asesinó a su propio hermano y a todos los que le eran fieles.

—¡Ortencia, cállate! —la regañó otra—. ¿Quieres terminar como Marnie?

—Pero es la verdad, Marina. Aquí somos solo piezas, nos mueven por conveniencia. Y si no servimos… nos sacrifican.

—¿Quién es el segundo príncipe? —pregunté.

—No te acerques a él si quieres seguir respirando —respondió Marina, tajante.

—Da miedo —agregó Ortencia, abrazándose a sí misma.

Más tarde, ellas me enseñaron lo necesario: qué le gustaba al príncipe, qué no, cómo verificar el veneno en las comidas, los tipos de vestimenta que debía usar… y hasta cómo apartar la mirada si él leía algo.

—Cuando esté leyendo, por mas que no sepas leer, no lo mires —dijo Marina—. Le molesta sentirse observado.

—Sé leer, Marina.

—¿Sabes leer? —Ortencia se acercó con los ojos brillantes.

—Claro que sé leer.

—¿Y bordar? ¿Escribir? ¿Tocar el piano? ¿Bailar?

—Sí. Mi padre trabajó muy duro para que yo pudiera recibir una buena educación.

—Eres casi como una princesa —Ortencia se colgó de mi brazo.

—No —reí—. Estoy muy lejos de serlo.

Ellas saben leer y escribir… —murmuró Ortencia.

—Puedo enseñarte, si quieres.

—¡Eso sería tan genial!

—¡Basta! —interrumpió Marina—. No se te ocurra decirle a nadie que sabes leer o acabarás muerta. Nos tienen aquí porque creen que somos analfabetas. Un sirviente que piensa… es un problema.

Asentí.

—Tienes suerte —dijo Marina, más suave—. Es raro que una mujer haya estudiado tanto.

—Sí. Tuve suerte. Mi padre fue un gran hombre.

Esa noche, cuando todos dormían, salí a recorrer el palacio. En uno de los jardines encontré un árbol de cerezos en flor. Era hermoso. Irreal.

—¿Qué haces aquí?

—¿Tú otra vez?

—No me dijiste tu nombre —dijo, acercándose. Era el mismo joven del encuentro anterior.

—Ni tú el tuyo.

—¿Te gusta? —señaló el árbol.

—Sí. Es precioso.

—Puedo regalártelo, si me dices cómo te llamas.

Solté una risa.

—¿Me lo juras?

—Claro. No miento. Dime tu nombre y será tuyo.

—Cristina. ¿Y el tuyo?

—William —respondió, haciendo una exagerada reverencia.

—¿No tienes que levantarte temprano?

—Sí. Mañana es mi primer día trabajando.

—¿No quieres hacerlo?

—¿Tú lo harías?

—No —rió—. Seguro acabaría decapitado.

Sonreí con sinceridad por primera vez en días.

—Hasta luego, William. Descansa.



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En el texto hay: romance, vengannza

Editado: 01.07.2025

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