Cuando regresaron, Mía anunció la última serie de fotos.
—Bien, el último set. Algo natural, espontáneo.
—Todo lo que hemos hecho ha sido escenificado —señaló Jan.
—Por eso esta es la última oportunidad de hacer algo real. —Mía pensó un momento—. Bien. Ustedes dos. Mesa junto a la ventana. Solo hablen. No daré instrucciones. Solo sean ustedes mismos.
Lara y Jan se sentaron de nuevo en la mesa. El sol se estaba poniendo, la luz dorada entraba por la ventana.
Mía se alejó con la cámara. Félix también.
El silencio entre Lara y Jan de repente se sintió diferente.
—¿Cansada? —preguntó Jan con un toque de preocupación en la voz.
—Un poco. —Ella sonrió—. ¿Y tú?
—Me duelen las mejillas de tanto sonreír. No estoy acostumbrado a sonreír tanto.
—¿De verdad?
—En la cocina, normalmente gritamos o nos concentramos. —Inclinó la cabeza—. Pero esto no ha sido... terrible.
Se miraron, y algo pasó entre ellos. Reconocimiento. Comprensión. Un nuevo nivel de conexión. Algo pequeño, pero real.
Jan, de repente, extendió la mano sobre la mesa y tocó su muñeca.
—Gracias —dijo en voz baja—. Por darle una oportunidad a todo esto. Incluso cuando es raro y escenificado.
Su toque era ligero, cálido. Lara giró la mano, sus dedos se entrelazaron. Naturalmente. Sin instrucciones de Mía.
—Gracias a ti —respondió ella—. Por también darle una oportunidad.
Luz dorada. Dedos entrelazados. Sonrisas sin tensión.
Y Mía, conteniendo el aliento, presionó el botón.
Clic.
La foto perfecta.
***
Dos horas después, Lara estaba en casa, acostada en el sofá con su portátil. Mía le había enviado las fotos para su aprobación.
La mayoría estaban... bien. Escenificadas, pero lindas. Internet debería creerlas.
Pero la última foto. Esa en la que estaban con los dedos entrelazados, bajo la luz dorada, con sonrisas reales...
Lara la amplió. Miró su rostro, el rostro de Jan. La forma en que se miraban.
No parecía fingido.
Parecía... real.
Su teléfono sonó. Jan.
—Hola —respondió, sin siquiera sorprenderse por su llamada.
—Hola. —Su voz sonaba... extraña—. ¿Viste las fotos?
—Sí. Acabo de verlas.
—La última... —se detuvo—. Es...
—Lo sé.
Ambos sabían lo que significaba. Lo que internet vería. Lo que la gente creería.
Que incluso ellos mismos, por un momento, olvidaron que era un juego.
—¿La publicamos? —preguntó Lara finalmente.
Una larga pausa.
—Sí —dijo Jan—. Si estás de acuerdo.
—Estoy de acuerdo.
Otra pausa. Luego:
—Lara... regla número cinco.
Su corazón dio un vuelco.
—¿Qué pasa con ella?
—Nada de sentimientos reales. —¿Seguimos de acuerdo con eso?
Ella miró la foto. Sus manos entrelazadas. La expresión en su rostro, que no reconocía.
—Sí —susurró—. Por supuesto. Nada de sentimientos reales.
—Bien. —Su voz no sonaba muy convincente—. Entonces, hasta el próximo encuentro.
—Hasta el próximo.
Colgó.
Lara bajó el teléfono y volvió a mirar la foto.
Su dedo se detuvo sobre el botón de "Publicar".
Una foto. Una publicación. Comenzar la mayor mentira de su vida.
O... ¿tal vez... la más verdadera?
Cerró los ojos, respiró hondo.
Pulsó "Publicar".
El pie de foto era simple:
"A veces, los encuentros más inesperados traen los momentos más valiosos"
En treinta segundos, su teléfono explotó con notificaciones. En un minuto, cientos de comentarios. En tres minutos, tendencia en Twitter.
#LaraAndJan
#UnexpectedLove
#FromEnemiesTo...
Internet lo creyó.
La pregunta era: ¿lo creían ellos mismos?
***
En el otro extremo de la ciudad, Jan miraba la misma publicación, la misma foto, su mano sosteniendo la de ella, y sentía algo que aún no entendía.
Algo que dolía, que violaba la regla número cinco. Y sabía que ambos estaban en serios problemas. Porque la mentira más peligrosa es la que empieza a convertirse en verdad.