Jan sostenía el teléfono de Lara con tanto cuidado como si fuera una bomba que pudiera explotar con un solo movimiento en falso.
—Solo... toca la pantalla y dispara —instruía Lara—. No es complicado.
—Para ti —gruñó él.
—Para cualquiera que haya nacido después de 1990.
—¡Nací en 1995!
—Entonces eres más joven que yo y no tienes excusa —le guiñó un ojo.
Algo en esa broma —la ligereza, la juguetona complicidad— hizo que Jan sonriera de verdad.
—Está bien. ¿Qué quieres que fotografíe?
—A mí. Obviamente. —Lara adoptó su clásica pose de Instagram: mano en la cadera, una pierna ligeramente adelantada, cabeza inclinada y, como guinda del pastel, una sonrisa deslumbrante.
Jan la miró a través de la pantalla.
—Dispara —dijo ella.
Él no presionó el botón.
—¿Qué pasa? —Lara se sorprendió.
—Te ves... fingida.
—Es una pose. Así lo hacen los influencers.
—Pero no eres tú. —Bajó el teléfono, mirándola ahora directamente—. No la verdadera tú.
Ahora Lara parecía desconcertada.
—¿Qué quieres decir?
Jan se acercó más, todavía sosteniendo el teléfono.
—En la cocina, cuando cocinábamos. Cuando reías, cubierta de harina, en el suelo. —Su voz era suave—. Te veías... viva. Real. No como TravelWithLara. Solo como Lara.
Algo se apretó en la garganta de ella.
—Eso no es lo que se publica.
—¿Por qué no?
—Porque la gente quiere lo ideal. El sueño. No...
—¿No a la persona? —la interrumpió—. Pero tú eres una persona, Lara. Con imperfecciones, desastres, risas reales. Y eso... —se detuvo, buscando las palabras—. Eso es más hermoso que cualquier pose.
Ella lo miró, sintiendo que algo en su pecho se derretía con esas palabras.
—Jan...
—¿Puedo intentarlo? —pidió él—. ¿Fotografiarte? ¿A la verdadera tú?
Ella asintió.
—Pero sin poses —dijo él—. Solo sé.
—Solo ser —repitió ella—. Lo más difícil.
—Inténtalo.
Lara respiró hondo, bajó las manos, relajó los hombros. Se quedó de pie, simplemente, sin teatralidad, sin planificación.
Se sentía desnuda. Vulnerable.
—Mira hacia allá —Jan señaló los árboles, donde la luz se filtraba a través de las hojas.
Ella se giró, mirando la luz.
—¿En qué piensas? —preguntó él en voz baja.
—¿Ahora?
—Sí.
Ella pensó en la honestidad. En lo que él había dicho sobre ser real.
—Pienso en lo aterrador que es esto —susurró—. Ser yo misma sin filtros. Sin protección.
Clic.
—Sigue —su voz detrás de la cámara.
—Pienso en que durante siete años he creado una versión de mí que los seguidores querían ver. Y ahora no estoy segura de cuál es la verdadera yo.
Clic.
—Pienso en que tú me ves. Realmente me ves. Y eso es lo más aterrador y lo mejor al mismo tiempo.
Clic.
Ella se giró hacia él, con los ojos húmedos.
—¿Por qué me haces decir estas cosas?
Él bajó el teléfono, mirándola directamente.
—Porque quiero conocerte. No a la marca. A ti.
La distancia entre ellos —metros, pero se sentía como milímetros.
Detrás de ellos, Mía le susurraba a Félix:
—Ya no están actuando.
—Lo sé —susurró Félix en respuesta, sosteniendo su cámara—. Y es lo más hermoso que he visto hoy.
Más tarde, cuando estaban sentados en un banco y Mía y Félix les dieron un "momento", yéndose a comprar café, Jan le mostraba a Lara las fotos que había tomado.
Ella deslizaba la galería, su corazón latía más rápido con cada imagen.
No eran fotos de Instagram. No eran posadas, sin filtros.
Era ella. La verdadera ella.
En una, miraba la luz, su perfil suave, los ojos pensativos.
En otra, hablaba, la boca ligeramente abierta, la vulnerabilidad en su rostro.
En la última, lo miraba a la cámara (a él), y la expresión... Dios, la expresión.
Realmente parecía enamorada.
—Jan —susurró ella—. Estas fotos...
—¿Demasiado personales? —él retiró el teléfono rápidamente—. Lo siento, no debí...
—No. —Ella detuvo su mano—. Son... hermosas.
Él la miró, sorprendido.
—¿De verdad?
—No me reconozco —confesó—. Pero en el buen sentido. Me veo... feliz. Real.
—Lo eres.
—¿Cuándo?
—Cuando dejas de intentar ser alguien más —dijo suavemente—. Cuando olvidas las cámaras y las reglas, y lo que la gente piensa. Cuando simplemente... eres.
Lara miró las fotos de nuevo.
—Tal vez deberías publicar fotos como estas —dijo Jan en voz baja.
—¿Qué?
—Reales. Sin poses. Sin filtros. —Se giró hacia ella—. Tal vez la gente ame a la verdadera tú más que a la versión.
—O tal vez la odien.
—O tal vez la amen más —insistió él—. No lo sabrás hasta que lo intentes.
Ella miró sus ojos —marrón oscuro, sinceros, llenos de fe en ella.
—¿De dónde sacas tanta fe?
—Porque te veo —dijo simplemente—. Y si yo veo esta belleza, otros también la verán.
Algo en Lara se rompía y se reconstruía al mismo tiempo.
Ella se inclinó y apoyó la cabeza en su hombro.
Jan se quedó inmóvil por un segundo, luego, con cuidado, puso una mano en su espalda.
Se quedaron así, en el tranquilo parque, con la luz jugando entre las hojas, el tiempo ralentizándose.
—Gracias —susurró ella.
—¿Por qué?
—Por verme.
Su mano apretó su hombro...